EGIPTO ANTIGUO
El arte en el valle del Nilo
Egipto, situado en el nordeste de África, es una tierra sin apenas
lluvias, que sería un gran desierto si no estuviese atravesada por
el río Nilo, un gran eje que recorre el país de sur a norte, y cuyo
cieno y agua son fuente de vida. De ahí que el historiador griego
Herodoto afirmase que «Egipto es un regalo del Nilo». En este valle
tuvo lugar en la Antigüedad una floreciente civilización, la egipcia,
en la que se llevó a cabo un complejo y original universo artístico,
cuyas manifestaciones más espectaculares son, sin duda, las colosales
pirámides.
Los orígenes de esta civilización, que se desarrolló a lo largo de
unos tres milenios, se remontan a fines del IV milenio a.C. La historia
del antiguo Egipto se divide en diversos períodos: Imperio Antiguo,
Medio y Nuevo, durante los cuales se sucedieron treinta y una dinastías,
según la lista de faraones de Manetón, un sacerdote egipcio del
siglo III a.C. Esta lista, procedente de la obra Historia de
Egipto, es admitida, en general, como válida por los especialistas
actuales.
El valle del Nilo es como un largo oasis de mil kilómetros de longitud,
que va desde la primera catarata hasta la desembocadura del río
en el Mediterráneo. Tiene unos límites naturales bastante restringidos:
al oeste del río está el desierto de Libia, al este el desierto
arábigo y al norte el mar Mediterráneo. En el sur, la primera catarata
impide remontarlo navegando. Este determinismo geográfico ha comportado
el que sólo se pueda optar o bien por la explotación de los recursos
que el Nilo ofrece o bien por la vida nómada en el desierto hostil.
Por otro lado, las barreras desérticas proporcionan seguridad y
actúan como protección natural frente a la entrada de otros pueblos.
De hecho, todas las invasiones de pueblos extranjeros se adentraron
desde la península del Sinaí, la zona de unión con Asia Occidental
y única frontera desprotegida.
El Nilo posee un gran caudal gracias a las intensas lluvias tropicales
que riegan sus fuentes, en el sur, durante los meses de verano.
En el resto del país las lluvias son escasas y no posibilitan las
cosechas. Durante el estío se produce una crecida sorprendente de
las aguas, que sobrepasa el lecho del río inundando las márgenes.
Desde septiembre las aguas empiezan a decrecer de forma paulatina
hasta el mes de abril. Al retirarse las orillas del río quedan cubiertas
de un limo fértil que propicia los cultivos. La crecida y posterior
inundación del Nilo -que se repite sin fin desde la Antigüedad-
se convierten, así, en el acontecimiento más importante y esperado
del año. De esta forma, las tareas agrícolas de siembra y recolección
se ajustan a los ciclos del río, forjándose la idea de una zona
de tierra «negra» fértil, la de los depósitos del río, y otra zona
de tierra «roja» estéril, la del desierto. Este ciclo regular del
río fue la referencia más importante de la cultura egipcia, que
muy pronto se identificó a la epopeya mítica de Osiris. Cada año
la crecida del Nilo fertilizaba la tierra y cada año se retiraba
dejando sus campos vacíos, un ciclo que se repetía con una frecuencia
y puntualidad asombrosa en el que la tierra nacía y moría, de la
misma manera que Osiris, dios de la fertilidad, se enfrentaba con
Seth, dios del desierto, para morir en sus manos y volver a nacer
indefinidamente.
La medida del tiempo era indispensable en una sociedad agrícola que
debía prevenir las cosechas. Así fue como se consolidó una autoridad
capaz de prever exactamente la crecida del río, para aprovechar
mejor sus aguas, y se organizó el primer calendario, que fijaba
en trescientos sesenta y cinco días la periodicidad de la crecida.
La cultura egipcia hizo del Nilo su referencia básica. El río era
la fuente de vida que no tenía principio ni fin, el eje que separaba
el mundo de los vivos, situado al este, del mundo de los muertos,
al oeste. El Nilo era además el medio navegable que facilitó la
comunicación entre zonas alejadas, propiciando una organización
unificada.
El poder y la organización social en el antiguo Egipto
En Egipto la organización política surgió de la necesidad de administrar,
eficazmente, la construcción de canales de riego para el cultivo.
El primer rey fue a su vez el primer constructor de diques y embalses.
Tras las inundaciones periódicas se debían trazar de nuevo los límites
de las tierras. Era el rey quien personalmente marcaba las líneas
y cavaba la tierra, tal como se advierte en la escritura de los
monumentos más antiguos.
El mayor rango social lo ostentaba el rey, quien estaba dotado de
los poderes que garantizaban la prosperidad del territorio. Tras
la unificación de las Dos Tierras y la concentración de autoridad
monárquica, fue necesaria la delegación de cargos que hiciesen efectiva
la administración. Los representantes directos del rey en los asuntos
civiles eran los visires, uno por cada Tierra. Los sacerdotes eran
los delegados para el servicio diario de culto religioso en los
templos. Se organizó un aparato burocrático con un cuerpo de funcionarios,
estrictamente jerarquizado, y se creó una amplia red administrativa,
que articulaba todas las actividades del estado. No quedó práctica
alguna que no estuviese bajo una fórmula de control administrativo.
La vida del rey (faraón) estaba regida por un ceremonial fastuoso.
Era la encarnación suprema del dios. La idea cosmogónica de la creación,
mediante la intervención de un espíritu que ordenaba la materia,
fue transferida al faraón, quien personificaba el orden del cosmos
frente al caos. El mantenimiento del ciclo vital, entendido como
una sucesión temporal repetida hasta el infinito, quedaba garantizado
por el rey. Con cada nuevo reinado empezaba el «año uno», un nuevo
período que restauraba tres acontecimientos fundamentales: el restablecimiento
del orden, el triunfo de Horus sobre el enemigo y la unificación
de los dos Egiptos.
La sociedad estaba organizada de forma jerárquica y compuesta por
diversos grupos. La nobleza, altos funcionarios de la administración
y sumos sacerdotes percibían rentas en especies y gozaban de los
favores de una vida cortesana. Además, eran los dueños de las tierras.
Constituían la oligarquía gobernante y podían garantizarse una resurrección,
gracias a la construcción de lujosos sepulcros. Ocupaban un rango
inferior los funcionarios subalternos, los técnicos, los escribas,
los sacerdotes, los superintendentes, los obreros especializados
y los artesanos. El nivel social más bajo estaba compuesto por los
campesinos. Existían, por último, diferentes formas de servidumbre,
que limitaban la libertad individual. Una práctica normal, realizada
bajo contrato, era la servidumbre de una familia completa comprada
para el servicio de una casa noble.
La esclavitud, entendida como la posesión de personas, se practicó
con los prisioneros de guerra, en especial durante el Imperio Nuevo.
La religión en el antiguo Egipto
La religión egipcia se basaba en la observancia de unos ritos de
culto a los dioses y en la fe absoluta sobre la eficacia de los
mismos. La doctrina importaba menos y ni siquiera estaba compendiada
en un dogma sagrado. Lo definitivo era la liturgia en torno al panteón,
cuyos dioses eran los propietarios absolutos de la tierra de Egipto.
También tenía un carácter práctico-mágico que satisfacía la necesidad
de emplear los poderes superiores al hombre en beneficio de unos
fines temporales concretos.
A lo largo de la historia de Egipto, la elaboración del pensamiento
teológico y mitológico adquirió una gran complejidad, ya que unas
ideas se sobreponían a otras, sin que una nueva argumentación invalidase
las precedentes.
Los sacerdotes
Los sacerdotes eran quienes organizaban la práctica de los ritos,
los oficiantes del culto diario y los intermediarios en la relación
con lo sagrado. Formaban parte de la jerarquía estatal como funcionarios.
Dentro de sus obligaciones no se incluía la asistencia espiritual
a los creyentes, pero sí las actuaciones de carácter mágico, pues
eran depositarios de los secretos de la vida y la muerte.
Los templos dedicados a las divinidades formaban parte de la religión
oficial del Estado. El culto era dirigido por el faraón y tenía,
en realidad, carácter privado, ya que solamente el monarca tenía
acceso a la cella en la que estaba la estatua divina. Como
no podía presidir el culto en todos los templos, un sumo sacerdote
le representaba y realizaba el oficio en su nombre.
El pueblo no tenía acceso al templo, únicamente los más privilegiados
podían acceder hasta el patio mientras duraba la ceremonia. Las
celebraciones y rituales oficiales tenían un aire espectacular.
Las estatuas de las divinidades eran transportadas en barcas desde
centros religiosos locales, donde tenían su santuario principal,
para visitar otros templos. Estos traslados constituían grandes
acontecimientos en los que el pueblo era espectador y partícipe
del cortejo, aunque no podía ver las estatuas, que permanecían ocultas
durante todo el recorrido. Las fiestas reafirmaban la desigualdad
social y el rango de los faraones. No obstante, el pueblo participaba
de la religión oficial venerando a los mismos dioses en capillas
familiares, donde podían establecer un contacto más cercano.
Los dioses egipcios
Los dioses surgen de un espíritu ordenador que les da la vida y esta
idea se aplica a todas las manifestaciones de la naturaleza. Este
dios a quien se atribuye la fuente de toda vida es Ra, el Sol, quien
controla el ciclo del río Nilo.
Osiris es el dios que asume el ciclo vital de nacimiento, muerte
y resurrección. Siendo en un principio el dios de la vegetación,
fue asesinado por su hermano Seth, personificación del desierto,
quien, envidioso de su prosperidad, lo despedazó. Pero Isis, esposa
y hermana de Osiris, tras una larga búsqueda y la realización de
prácticas mágicas, reconstruyó el cuerpo y le devolvió la vida.
Una vez resucitado, Osiris fecundó a Isis, sin intervención carnal,
dándole un hijo: Horus, el dios con cabeza de halcón. Este luchó
contra su tío Seth, venciéndole y restituyendo el poder sobre todo
Egipto. Con la adopción de este mito, los reyes se consideraron
hermanos de Horus, descendientes directos del dios y con poder vitalicio
sobre Egipto. Osiris se convirtió en el dios de los muertos, ya
que representaba el Sol poniente y su reino se situaba en el oeste
del Nilo. Durante la noche moría para volver a nacer. Horus era
el Sol naciente. El culto a Osiris se difundió desde los inicios
del período histórico y más tarde alcanzó una gran aceptación popular.
Osiris fue el dios más próximo y accesible a los hombres sin rango
divino. Éstos podían disfrutar de un más allá similar al del rey
a través de la figura de Osiris. Su leyenda se evocó con múltiples
variantes por todo Egipto. Los sucesivos cultos -en función de los
cambios políticos- se fueron yuxtaponiendo. La supremacía de un
dios sobre los otros dependía de las dinastías reinantes, quienes
daban prioridad al dios de su ciudad.
Muerte y vida de ultratumba
La muerte en el Egipto antiguo estaba considerada como un pasaje
hacia una segunda vida y esto le daba un sentido positivo. Tras
ella, el espíritu entraba en el mundo cósmico, un más allá eterno
e inmutable. El ser humano estaba compuesto por un soporte material,
el cuerpo, al que están ligados elementos inmateriales: el ba,
que corresponde al alma o a la personalidad, y el ka, o doble
de la persona, idéntico a su cuerpo pero sin forma material. Para
representar a un dios o a un faraón con su ka, se reproducían
dos figuras idénticas cogidas de la mano.
El espíritu tomaba la forma del cuerpo difunto y convivía con él
hasta volver a integrarse en el universo una vez el cuerpo había
desaparecido. Con una imagen o doble del difunto y a través de la
celebración de un ritual, el ka pasaba a la imagen.
La muerte significaba la separación de estos elementos y, si el ser
humano quería comenzar su segunda vida, era imprescindible que el
cuerpo se reuniera con los elementos espirituales que le habían
animado, el ba y el ka. Había, por tanto, que preservarlo
a la hora de su muerte; de ahí la importancia de los ritos funerarios
y de los lugares de enterramiento como moradas imperecederas. Los
rituales de momificación e inhumación eran más importantes, incluso,
que la propia existencia, dado que el otro mundo se imaginaba como
un lugar de renovación de la vida terrenal, adquiriendo así una
importancia primordial.
Para garantizar la continuidad en la otra vida se debían construir
tumbas seguras en las que habitaría el espíritu de los difuntos,
a quienes había que asegurar el mismo bienestar que habían disfrutado
en la vida terrenal. Para ello se depositaba un rico ajuar y se
realizaban ofrendas de alimentos, de las que se ocupaban los vivos.
Los alimentos eran indispensables, pues si faltaban el alma tenía
que vagar en su búsqueda.
El reino de los muertos se situaba en el oeste del valle del Nilo,
en el Sol poniente, donde se encuentran las más importantes tumbas
funerarias. Osiris era el dios tutelar de la vida de los muertos,
a quienes acogía a cambio de ciertos trabajos. Los espíritus vagaban
recorriendo el cosmos al igual que Ra, el dios solar, quien con
su barca surcaba el firmamento durante el día, atravesando por la
noche las doce regiones del mundo subterráneo de Osiris.
El Libro de los Muertos
Durante la época del Imperio Nuevo se impuso la costumbre de depositar
en el sarcófago de los difuntos el Libro de los Muertos,
recopilación de fórmulas mágicas para ayudar a superar los peligros
que acechaban a los difuntos en su viaje hacia el mundo de Osiris.
Al comenzar su segunda vida, el difunto debía pasar la prueba del
juicio ante un tribunal de cuarenta y dos representantes del otro
mundo, presididos por Osiris. Dicho juicio se celebraba en la sala
de Maat, diosa de la verdad y la justicia, y empezaba con el peso
del corazón.
En el platillo de la balanza, el corazón del difunto debía ser ligero
como una pluma. En caso contrario, si éste tenía un peso excesivo,
es decir, si sus malas acciones superaban las buenas, la persona
sería devorada por demonios y se produciría su segunda muerte, la
definitiva. Si salía triunfador, el alma sería libre de vagar por
cielo, tierra y mundo inferior; podría sentarse en la barca de Ra
y disfrutar de la conversación con todos los dioses.
Por estas razones, desde los primeros tiempos, los egipcios procuraron
mantener los cuerpos de los difuntos en buenas condiciones pues,
guardando el cuerpo, prolongaban la vida del alma indefinidamente.
Los alimentos del ajuar funerario estaban destinados al ka.
Entre los rituales diarios ejecutados por los sacerdotes, uno de
los más importantes era el de la transmisión del espíritu de los
alimentos al alma del difunto. Estas ideas se aplicaban a todo lo
vivo, ya que la materia se animaba con el espíritu.
Los orígenes de Egipto: el Imperio Antiguo
Alrededor del año 3000 a.C. se produjo en el antiguo Egipto el paso
de la prehistoria a la historia, con el desarrollo de una serie
de importantes cambios, tales como el nacimiento de la escritura,
la mejora del sistema de riego, que comportó cosechas más abundantes,
y la unificación política del país, con la fusión del Alto y Bajo
Egipto.
Generalmente se identifica a Narmer con el legendario Menes, que
según la tradición se convirtió en el primer faraón de Egipto. El
rey Menes, procedente del sur, estableció la capital en una ciudad
de esta zona, en Tinis, por lo que las dos primeras dinastías se
denominan tinitas. Durante este período se llevaron a cabo obras
de irrigación que hicieron habitable la zona de El Fayum, en el
norte. En las paletas conmemorativas y de tocador se encuentran
las primeras imágenes que relatan las luchas entre los diferentes
nomos. Al primer rey Menes le sucedieron otros reyes procedentes
de Tinis, que gobernaron durante casi cuatro siglos. De este período
no conocemos más que el nombre de los reyes y algún relato mítico,
como el que atribuye la muerte de Menes al hambre voraz de un hipopótamo.
Durante esta época se consolidó la prosperidad del país. Éste estaba
organizado por una administración burocrática, que era controlada
por el faraón.
Durante las primeras dinastías, periodo tinita, se perfilaron las
principales características de la civilización egipcia. El momento
más esplendoroso del Imperio Antiguo tuvo, sin embargo, lugar más
tarde, en el transcurso de las dinastías III, IV, V y VI, aproximadamente
entre el 2700 y 2160 a.C.
El rey Djoser de la III dinastía (h. 2640-h. 2575 a.C.) trasladó
la capital a Menfis, en el delta, iniciándose entonces la primacía
del Bajo Egipto. Djoser intentó legitimar el poder de su gobierno
con una centralización férrea de la administración y el refuerzo
de la divinidad solar, el dios Ra, en detrimento de Horus, que había
sido la divinidad tinita primordial. Los reyes fueron considerados
desde entonces hijos directos de Ra, dios absoluto.
La dinastía más significativa fue la IV, período de gran apogeo,
durante el cual se construyeron las colosales pirámides de los faraones
Cheops, Chefren y Micerino, consideradas una de las Siete Maravillas
del Mundo. Se establecieron además contactos comerciales con la
costa oriental del Mediterráneo y, a través del Mar Rojo, con Arabia
y las costas de Somalia.
Durante la VI dinastía, la última del Imperio Antiguo, el rey Pepi
emprendió campañas contra tribus semíticas en Palestina y, en el
sur, la frontera se amplió hasta la segunda catarata. Pese a los
éxitos militares, el poder de la nobleza fue aumentando y afianzándose
como queda de manifiesto en la progresiva suntuosidad de las tumbas.
Durante el reinado de Pepi II el Imperio quedó desintegrado, iniciándose
el denominado Primer Período Intermedio, etapa histórica muy poco
conocida, caracterizada por las luchas intestinas entre la nobleza
que gobernaba el país.
La dispersión de Egipto: el Imperio Medio
El faraón Amenemhet a inicios del Imperio Medio sometió a la nobleza
y restableció el orden. Fue un período de gran prosperidad económica,
colonizándose el lago de El Fayum. Sesostris I (la lectura de este faraón es importante porque en la figura de Mentuhotep se establece la identidad del José Bíblico, como se profundizará en alguna otra parte). Este faraón llevó a cabo una
expansión territorial hacia tierras extranjeras y amplió la frontera
hacia el sur hasta la segunda catarata, en el país de Nubia, territorio
denominado «la tierra dorada» por sus ricas vetas de oro. El santuario
de Karnak, cerca de la capital tebana, se erigió en centro religioso
con Amón como dios principal. Tuvo lugar también un gran desarrollo
literario, diversificándose la producción escrita y apareciendo
una literatura secular, uno de cuyos relatos ha llegado hasta nuestros
días. Se trata de Sinuhé el egipcio, que ha sido considerada
la narración más antigua de la literatura profana egipcia. La historia
de Sinuhé es un cuento del antiguo Egipto, que se basó en hechos
reales.
Narra la historia de un cortesano de la XII dinastía, que a la muerte
del rey Amenemhet se encontró mezclado involuntariamente en intrigas
palaciegas, que pretendían apartar del trono al príncipe heredero
Senusret. Por ese motivo, Sinuhé huyó a Siria y vivió entre beduinos.
Más tarde regresó a Egipto. La historia fue arreglada y continuada
por un escriba y deleitó durante siglos a los antiguos egipcios.
El valor de esta cuidada composición radica en ser la obra más representativa
de la literatura narrativa. Las siguientes dinastías, XIII y XIV,
volvieron a dividir el país, gobernando por separado el norte y
el sur. Hacia mediados del 1700 a.C. se produjo una invasión de
pueblos procedentes de Asia, los hicsos, que debilitó el poder egipcio.
Los hicsos gobernaron durante las dinastías XV y XVI y se establecieron
en la zona oriental del delta, donde fundaron una nueva capital
(Avaris). No obstante, toleraron el gobierno de otros reyes en el
Alto Egipto y en el delta. Mantuvieron sus propios dioses durante
su gobierno, lo que significó un agravio insostenible para los egipcios.
En el sur, Tebas se fue fortaleciendo hasta reclamar su soberanía
e iniciar la reconquista.
El esplendor de Egipto: el Imperio Nuevo
Aproximadamente en el año 1552 a.C. el faraón Amosis fundó la XVIII
dinastía, consiguió dominar Avaris y expulsó a los hicsos. Se inició
así un período de expansión territorial, que fue el de máxima potencia
económica y cultural de Egipto. Amenofis I amplió las fronteras,
hacia el oeste, adentrándose en Libia y, hacia el sur, en Nubia.
Su sucesor Tuthmosis I, continuó la expansión hasta alcanzar la
cuarta catarata. Gobernó después su hija Hatshepsut, quien llevó
a cabo una política pacífica, dedicada a los intercambios comerciales
y a la construcción de uno de los templos más bellos y originales
de Egipto en Deir-el-Bahari. Tuthmosis III, que sucedió a Hatshepsut,
intentó borrar cualquier vestigio material que la recordara, destruyendo
numerosas estatuas de la reina. Con su iniciativa el Imperio egipcio
alcanza su máxima expansión militar, extendiéndose desde la cuarta
catarata hasta las orillas del río Éufrates, territorio arrebatado
al reino de Mitani. Sus sucesores: Amenofis II, Tuthmosis IV y Amenofis
III trataron de conservar la herencia territorial e incluso realizaron
políticas de connivencia con los territorios sometidos, casándose
con princesas mitanis.
El arte proliferó, enriquecido por influencias asiáticas, con hermosas
manifestaciones de pintura mural. La actividad arquitectónica recibió
un gran empuje como consta en el templo de Amón, en Karnak, y en
el templo de Luxor.
El reinado de Amenofis IV
Amenofis IV, sucesor de Amenofis III, emprendió una reforma religiosa de culto monoteísta al disco solar (Atón) que impondría un nuevo gusto en el arte. Fundó una nueva capital lejos de Tebas, Tell-el-Amarna, donde construyó los templos del nuevo culto y los palacios residenciales. Sin embargo, a su muerte, Tutankhamón reinstauró de nuevo el culto politeísta con la preeminencia de Amón y abandonó la capital, de donde proceden la mayor parte de obras de arte de este momento. Con la XIX dinastía se inicia el período ramésida. Sethi I recobra los territorios asiáticos que se habían perdido durante el
período
de Tell-el-Amarna. Su sucesor, Ramsés II, fue un faraón imperial
emblemático. Más que por sus conquistas territoriales, se le conoce
por las abundantes construcciones colosales que legó a la posteridad,
como puede verse en la sala hipóstila del templo de Amón, en Karnak.
Esta política la aprovechó también para ampliar la capital tebana
hacia el otro lado del Nilo, en la parte occidental.
Ramsés III, de la XX dinastía, es el último faraón relevante del
Imperio Nuevo. El Mediterráneo Oriental se hallaba sometido a las
incursiones de los aqueos que llegaron a Egipto por el norte, desde
el mar. Aunque los rechazó, sin embargo, no pudo impedir la pérdida
de la zona costera de Fenicia y Palestina. A partir de entonces
empezó un período de anarquía y desunión, sucediéndose los faraones
ramésidas e iniciándose una nueva etapa intermedia, que se prolongó
durante cuatro siglos (h. 1070-656).
La decadencia del imperio egipcio: la Baja Época
Este momento de la historia egipcia abarcó, aproximadamente, del
siglo VII al I a.C. Fue una época de decadencia en la que el país
estuvo sucesivamente dominado por pueblos extranjeros: libios, etíopes,
persas, macedonios, griegos y romanos. El último momento de esplendor
egipcio correspondió a la época saíta, durante la XXVI dinastía,
cuyos faraones conseguirían recuperar algunos de los valores del
Imperio Antiguo para hacer frente a la constante amenaza de los
pueblos asiáticos y mediterráneos. Este momento concluyó con la
dominación persa, a la que siguieron gobiernos indígenas, débiles
e inestables, que fueron dominados por Alejandro Magno a fines del
siglo IV a.C. Los siglos III y II a.C. correspondieron a la época
de los lágidas o ptolomeos, sucesores de Alejandro Magno, quienes
enlazaron la historia de Egipto con el dominio de Roma, en el año
31 a.C., cuando la flota romana de Octavio venció a Cleopatra en
la batalla de Accio (Actium).
El
arte del Egipto predinástico: cerámica, relieves y tumbas
Entre el V y el IV milenio a.C. se desarrollaron diversas culturas
neolíticas dispersas entre el delta y el valle del río Nilo, conocidas
por los abundantes restos arqueológicos encontrados en localidades
del norte del país como El Fayum, Merimde y El Omari, o del sur,
como Badari, Amrah y Gerzeh. Se trata de culturas agrícolas que,
sin embargo, conocían los metales. Esporádicamente se utilizaba
el cobre e incluso el hierro, aunque en este caso trabajado en su
forma natural, sin un proceso de fundición.
La cerámica
En esta etapa tuvo lugar un gran desarrollo de la cerámica, en un
principio lisa, roja, negra o parda, con decoración incisa. Posteriormente,
se decoró también los recipientes con pintura de color blanco y
representaciones figurativas: animales, vegetales, figuras humanas
y motivos abstractos (líneas cruzadas en su mayoría). Para las composiciones
se distribuyeron las figuras animales (hipopótamos, cocodrilos,
leones, elefantes o bueyes), pintadas con trazos rectos muy sencillos,
inspirados en los trabajos de cestería y trenzado de tejidos.
Hacia mediados del IV milenio a.C. se extendió por todo el valle
un tipo de cerámica que perduraría hasta la época de las primeras
dinastías. Se trata de alfarería característica de la cultura de
Negade II, procedente del sur, con motivos trazados en líneas de
color rojo sobre un fondo claro tostado. Este tipo de cerámica representa
motivos geométricos (círculos, retículas y líneas sinuosas), ocupando
toda la superficie de las vasijas, o combinaciones con figuras humanas
o animales muy esquemáticas, de trazos lineales muy simples. Abundan
también las representaciones de embarcaciones con numerosos remos
navegando en las aguas del río. Los barcos tienen cabinas, estandartes
y abanicos en forma de palma que debían ser los distintivos de los
diferentes poblados. La proliferación de escenas con embarcaciones
demuestra tanto la importancia del Nilo -cuyo tráfico fluvial fue
intenso desde los primeros asentamientos- como el interés por plasmar
escenas cotidianas en vasijas de uso corriente. Junto a estas representaciones
hubo, sin duda, pinturas parietales pero, la ausencia de restos,
no permite establecer una comparación que complete los primeros
repertorios de formas. Sólo ha sobrevivido una pintura en Hieracómpolis
(ciudad del sur), en la que se plasmaron los mismos motivos que
en alfarería.
La estilización de los motivos
Lo que caracteriza a estas cerámicas es la estilización en las formas
decorativas; así los barcos se reducen a esquemas y de los animales
se representan sólo los rasgos mínimos (pico, patas). La figura
humana se plasma también con simples líneas y son muy abundantes
las figuras con ambos brazos levantados en actitud de ejecutar una
danza. En los objetos de uso cotidiano de marfil (cucharas, peines)
abundan las decoraciones de figurillas talladas con formas humanas
y animales (muy esquemáticas), que se adaptan a los mangos de los
utensilios. También hay figuras femeninas exentas de marfil y arcilla,
que presentan un tamaño reducido.
Las extremidades están separadas del tronco. El triángulo púbico,
fuertemente inciso, queda muy acentuado y es de un tamaño enorme,
si se compara con la proporción de la figura en la que se halla
inscrito. Son representaciones de carácter simbólico en relación
con la fertilidad. Otro tipo de figuras realizadas en barro representan
cuerpos femeninos con el torso desnudo y los brazos alzados acabados
en punta.
Los primeros relieves
A las primeras manifestaciones artísticas de pintura en cerámica,
hay que añadir las decoraciones en relieve sobre piedra en objetos
de uso cotidiano y ritual, que proliferaron hacia fines del IV milenio
a.C. desde la cultura de Negade II. Se trata de paletas de tocador,
cuchillos, mazas votivas y estelas conmemorativas. En estas piezas
se sigue la paulatina transformación de los medios de expresión
heredados desde el Paleolítico, a los que se incorporarán nuevos
logros formales. Finalmente, tras una progresiva sistematización
de las soluciones plásticas, se constituyeron los códigos fijos
de representación que se mantuvieron a lo largo de todo el arte
egipcio.
Las paletas de tocador o de aceites eran placas rectangulares de
piedra (pizarra, caliza o alabastro) con un depósito circular central
que servía para disolver el polvo de malaquita utilizado para el
maquillaje de ojos o cualquier otro tipo de cosmético. Estas paletas
se decoraban con relieves de motivos figurativos, animales y humanos,
que cubrían toda la superficie.
En la denominada Paleta de Hieracómpolis la composición mantiene
la tradición arcaica en la que se adosan las figuras una al lado
de la otra, sin seguir una dirección concreta. Todos los animales
se representan con detalle, plasmando su perfil característico.
Otras escenas representan acontecimientos inmediatos como la Paleta
del León vencedor (Museo Británico, Londres), introduciendo
el relato con la intención de evocar y fijar para la posteridad
un hecho importante para la colectividad. Son paletas en las que
aparecen luchas entre los diferentes clanes.
El león encarna simbólicamente al jefe, quien con su poder y astucia
vence al clan rival. El espacio, por su parte, está totalmente cubierto
por figuras que no siguen un orden estricto. Los cuchillos de piedra
con mango de marfil eran objetos de uso ceremonial. Se conserva
un magnífico ejemplar, procedente de Djebel-el-Arak, en el Museo
de Louvre (París), con escenas grabadas en las dos caras del mango.
Pertenece a una época posterior a las paletas citadas y refleja
importantes modificaciones en el método de representación de las
figuras. En una de ellas aparecen grupos humanos en una batalla
en la que intervienen barcos, en la otra cara una serie de animales
(leones y gacelas) aparecen coronados por un personaje flanqueado
por dos leones rampantes. Las figuras humanas están de pie, ordenadas
formando hileras a lo largo de la superficie.
En esta etapa protohistórica el arte servirá para constatar el prestigio
y poder de los reyes. Así, se crean diferentes emblemas de la realeza,
entre los que se hallan las mazas votivas decoradas con relieves.
Una de las más significativas es la Maza del rey Escorpión (Ashmolean Museum, Oxford). En ella se representa al rey con los
atributos propios de su rango -corona del Alto Egipto y cola de
perro- y una azada en la mano en el acto ritual de la siembra vegetal.
La figura real se impone sobre las demás por su mayor tamaño, por
la inscripción del rey Escorpión y por el estandarte de Horus en
forma de halcón, que indica que es hijo del dios.
La novedad que aporta la maza estriba en que por primera vez se graba
en caracteres jeroglíficos el nombre del rey con la intención de
constatar para la posteridad la primacía de un jefe concreto.
Las tumbas
Las primeras tumbas eran pozos circulares u oblongos, donde se inhumaba
a los difuntos en postura fetal, de modo análogo a como el hombre
paleolítico disponía a sus muertos.
Más tarde, en las zonas del norte habitadas por agricultores, las
tumbas tomaron la misma forma que tenían las casas con el objeto
de que el difunto se sintiese mejor acogido. Sin embargo, en el
sur, una región ocupada por pastores nómadas, las moradas de los
muertos se indicaban con un conjunto de piedras que dio, finalmente,
origen a los túmulos. La posterior evolución de las construcciones
funerarias es una conjugación de estos dos tipos de tumbas.
Así, el simple hoyo excavado en la tierra se cubre exteriormente
con piedras y arena, formando de este modo un bloque macizo rectangular
sostenido por muros de ladrillo en talud. Esta estructura exterior
rectangular evolucionó, siendo el origen de la posterior mastaba,
la estructura funeraria que antecedió a las colosales pirámides.
El arte egipcio en los albores de la etapa histórica
En los albores de la historia, las diversas aldeas primitivas se
unificaron en nomos que serían las primeras divisiones políticas
y administrativas. Se organizaron dos grandes regiones bajo la tutela
común de un rey para los nomos del delta y otro para los del valle.
Se formaron dos países, el Bajo y el Alto Egipto, que eran, respectivamente,
la gran extensión del delta y el valle fluvial.
Hacia el año 3100 a.C., los diferentes nomos del norte y del sur
se unificaron, definitivamente, bajo la tutela de un sólo rey, Menes,
momento en que realmente comienza la historia de Egipto con una
sociedad jerarquizada que desarrolló un gran imperio agrícola.
La representación de la Paleta del rey Narmer (Museo Egipcio,
El Cairo) se ha identificado con el rey Menes, fundador de la I
dinastía y primer gobernante que unificó el país, imponiéndose sobre
el Bajo Egipto. Se trata de un relieve que muestra los principios
figurativos del dibujo y la composición. La representación se ha
sometido a una ordenación total, distribuyendo el espacio en registros
horizontales sobre los que se sitúan las figuras. En el anverso,
se ha aprovechado el hueco de la cazoleta central para situar a
dos animales que rodean con su largo cuello el depósito de ungüentos.
En el registro superior el rey, con la corona del Bajo Egipto, desfila
precedido por los estandartes del dios Horus. Las líneas verticales
de los estandartes destacan sobre la horizontal que sirve de apoyo
a las figuras. En un extremo de la misma escena, los cuerpos de
los prisioneros decapitados están perfectamente alineados formando
dos hileras en sentido vertical. En el reverso, se ha dejado un
gran registro central para la figura triunfante del rey, que está
representado de mayor tamaño que las demás figuras, con la corona
del Alto Egipto y sacrificando a un prisionero. En esta paleta se
esbozan pues los principios de representación que se impondrán con
posterioridad.
La arquitectura egipcia
La cultura egipcia está profundamente ligada a la naturaleza, de
manera que la arquitectura convive en armonía con el marco geográfico.
El valle del Nilo ofrece un paisaje de llanuras en las proximidades
del río formando terrazas y, más allá de los desniveles, está la
inmensa planicie desértica.
La ausencia de madera y piedra determinan que la construcción de
la vivienda, incluso los palacios más grandiosos, sean de ladrillos
de adobe sin cocer. Por el contrario, las construcciones sagradas,
templos y tumbas, se realizaban en piedra. Construidas para la eternidad,
son las únicas estructuras arquitectónicas que han llegado a nuestros
días.
La arquitectura sagrada no está pensada como espacio habitable, sino como forma volumétrica pura, que se sitúa en la inmensidad de un territorio. La articulación del espacio en el interior de las construcciones sigue una ordenación que depende del trazado de un eje. Las diferentes dependencias se disponen alineadas, configurando una trayectoria que se prolonga desde el exterior profano al interior sagrado más recóndito del templo. Toda la arquitectura está pensada conforme a las necesidades de los dos rituales fundamentales en la vida egipcia: el funerario y el culto a los dioses.
El arte egipcio:
la representación del dios-soberano
Las gigantescas construcciones de la civilización egipcia, las pirámides,
reflejan también, sin duda, la estructura jerárquica de esta sociedad. En una civilización donde la figura del soberano coincidía con la
de Dios, las características que se otorgaban al arte eran, principalmente,
aquellas que glorificaban al soberano, al faraón. La mayor parte
de la producción artística se destinaba, por lo tanto, al servicio
del templo y también del palacio. El tradicionalismo del antiguo arte oriental se caracteriza por la
lentitud de su evolución y la longevidad de sus singulares tendencias
estilísticas. En efecto, en un mundo donde la tierra y la riqueza
estaban concentradas en pocas manos y la estabilidad social estaba
permanentemente amenazada por la clase social mayoritaria, compuesta
por pobres o esclavos, se intentaba evitar las innovaciones artísticas,
del mismo modo que se temía cualquier otro tipo de cambios o reformas. Los sacerdotes, por su parte, divinizaban a los reyes, para que quedasen
en el ámbito de su propia autoridad; al mismo tiempo los reyes ofrecían
templos a los dioses y a los sacerdotes: todos buscaban en el arte
un aliado para la conservación del poder.
Tradición y academicismo
Para poder aproximarse a lo divino, este arte evitaba el carácter transitorio de los individuos y plasmaba una forma estereotipada y atemporal.
Incluso las escenas que reproducían momentos de la
vida cotidiana estaban en relación con la fe en la inmortalidad
y, por supuesto, con el culto a los muertos.
La reforma de Akhenatón
Un único intento de rebelarse a la tradición fue llevado a cabo por Akhenatón (Amenofis IV) en el siglo XIV a. C.
Autor de una reforma
religiosa, Akhenatón, impulsó en el arte, durante un breve período
de tiempo, una gran variedad de formas naturalistas. En esta etapa
artística el realismo se manifestó libremente, destacando una delicadísima
introspección psicológica, como puede observarse en los retratos
de Akhenatón y Nefertiti. Tras esta etapa se volvió de nuevo a la
estilización normativa de la tradición.
Entre todos estos principios formales del Próximo Oriente y especialmente
de Egipto, el de la frontalidad era sin duda el más característico.
Si la crítica de arte positivista tendía a interpretar esta disposición
como impericia técnica, en la actualidad se sabe que el principio
de la frontalidad respondía a un tabú social: no se quería cortar
la figura (en especial la del faraón). Por este mismo principio,
si una figura se concebía lateralmente, se disponía con la cabeza
de perfil, el busto de frente y las piernas nuevamente de perfil.
Durante la dinastía saíta (siglos VII-VI a.C.), una etapa que se
desarrolló entre la invasión asiria de Asurbanipal y la invasión
persa de Cambises, el arte perdió todos los valores de la tradición
egipcia.
Apareció, finalmente, el retrato realista, pero, en realidad, ello
fue más el resultado de una habilidad técnica que el de un cambio
estético.
Construcciones
funerarias: primeras manifestaciones de la arquitectura egipcia
Las
tumbas de las primeras dinastías se encuentran en Abydos. Son
tumbas de madera y ladrillo excavadas en fosos que tienen falsa
bóveda de piedra. A estas construcciones se añaden cámaras para
colocar las ofrendas y el ajuar funerario, compuesto de numerosos
y variados artículos: armas, vasijas, ornamentos y espátulas talladas
con formas animales. Además, se incluyen alimentos (grano, cerveza,
aceite) para atender a las necesidades del difunto.
El rey era el representante de todo el pueblo, el intermediario entre los hombres y los dioses.
Si se garantizaba la supervivencia del rey, quedaba pues resguardada también la vida de todos los demás grupos y la continuidad, por tanto, del ciclo anual del Nilo con el desbordamiento de sus aguas. Los ritos funerarios cobraron importancia a medida que los administradores y nobles desearon tener también un enterramiento semejante al del rey, que les asegurase la vida eterna. Este es el origen y desarrollo de las mastabas, forma habitual de la arquitectura funeraria de las clases altas. Si en un principio los cementerios estaban en el interior de las ciudades, con la adopción del culto destinado a la vida eterna, las mastabas se agruparon formando calles de trazado regular. Éstas constituían auténticas ciudades de los muertos alejadas del casco urbano. Al mismo tiempo, cristalizaron tres principios que regirían en el futuro las prácticas funerarias y que se mantendrían inalterables a lo largo de toda la historia de Egipto: el mantenimiento permanente del cuerpo del difunto, la necesidad de que el material de la sepultura fuese imperecedero y la alimentación del ka para que éste pudiese subsistir.
Las mastabas
A
partir de la III dinastía se construyó la necrópolis de Saqqarah
o Sakkara, al oeste de la ciudad de Menfis, en el Delta, donde
estaban enterrados los altos funcionarios. Se implantó entonces
la mastaba como modelo de tumba, aumentando progresivamente el
tamaño y la complejidad. Las mastabas son sepulturas excavadas
en el suelo rocoso, sobre las que se construye una sala con muros
de ladrillo en talud, decorados en su interior con bajorrelieves.
En general constaban de dos zonas independientes, una capilla
funeraria y una cámara sepulcral. Debajo de la capilla se situaba
la cámara funeraria que, posteriormente, se incorporó al interior.
Al ser un espacio subterráneo, el acceso a la cámara sepulcral
se realizaba a través de un foso vertical, que atravesaba el túmulo
de piedra y era cegado tras el enterramiento. El sarcófago con
el ajuar funerario y las ofrendas, indispensables para la vida
de ultratumba del difunto, quedaban así protegidas.
En
sus comienzos la estructura exterior de la mastaba era totalmente
maciza y la capilla se adosaba en la parte oriental del túmulo.
Cuando ésta se incorporó al interior, a partir de la III dinastía,
la mastaba se convirtió paulatinamente en una edificación más
compleja. La cámara funeraria se multiplicó en diversas cámaras
de ofrendas hasta alcanzar un gran número de aposentos.
En
las cercanías de las mastabas se encontraban otros cementerios
secundarios. En ellos se han hallado tumbas de sirvientes, que
fueron sacrificados para que siguieran sirviendo a sus señores
en la otra vida. El mayor número de mastabas se agrupa en Saqqarah
y también Gizeh, aunque en su desarrollo histórico y tipológico
no presentan una morfología única y existen múltiples variantes
con una estructura similar.
La
existencia de mastabas perpetúa incluso después de la muerte las
diferencias sociales existentes en la sociedad egipcia. En contraste
con las pobres construcciones funerarias de la mayoría de la población
egipcia, las mastabas de los funcionarios de alto rango eran verdaderas
mansiones funerarias con multitud de cámaras de culto, lujosamente
decoradas con pinturas cubriendo los muros. En ellas se relataban
los títulos y dignidades que poseía el difunto y se reproducían
escenas de la vida cotidiana. Se multiplicaron también las estatuas
del difunto, repartidas en las cámaras, para que los visitantes
pudiesen admirarlas.
El primer gran recinto funerario
Construido
por Imhotep para albergar la tumba de faraón Djoser -fundador
de la III dinastía- este gran recinto funerario acogía en un sólo
conjunto todos los edificios y salas necesarios para celebrar
los rituales que tenían lugar para continuar la vida más allá
de la muerte. Se trata de la primera vez en que la idea de vida
eterna encuentra traducción arquitectónica. Así, muchas de las
soluciones adoptadas sirvieron de modelo para las construcciones
funerarias posteriores. El rey Zoser consiguió imponerse sobre
el clero y organizar una política centralizada, de carácter absolutista,
sobre todo el territorio egipcio. Impuso la adopción del culto
al Sol, Ra, con superioridad total sobre los demás dioses. La
divinización del monarca se transformó. El rey ya no era hijo
o representante del dios, sino parte de la misma divinidad.
El
conjunto arquitectónico es un recinto rectangular, rodeado por
un perímetro de muralla de dos kilómetros. Encierra en su interior
una pirámide escalonada junto a otras edificaciones que acogían
las salas ceremoniales y los almacenes, así como un conjunto de
tumbas. La muralla, de diez metros de altura, presenta en todo
su recorrido acanaladuras verticales de ángulos rectos, que son
la transcripción en piedra caliza de los muros realizados con
ladrillos de adobe de épocas anteriores. Tiene catorce puertas
falsas y una única verdadera, de pequeñas dimensiones. A través
de ella se accede a un corredor estrecho, pasadizo procesional,
por el que se penetra en una sala cubierta, que consta de tres
naves separadas por columnas acanaladas. Las columnas transcriben
en piedra los haces de cañas que constituían los soportes en las
construcciones predinásticas. La nave central es más elevada que
las laterales, lo que permite la abertura de pequeños vanos para
la entrada de luz natural. En las naves laterales las columnas
están adosadas a la pared, ya que en las primeras construcciones
los egipcios no adoptaron las posibilidades de la sustentación
libre. Por ese motivo las columnas tienen una función simbólica
y no tectónica.
La sala hipóstila
La
sala hipóstila es uno de los espacios originales con mayores logros
artísticos por la belleza y variedad de sus columnas. En el complejo
de Zoser se encuentran formas de columnas, que perdurarán en
la arquitectura de todos los períodos históricos, como las que
se hallan adosadas a los muros del edificio del lado norte, que
imitan los tallos de papiros con fustes de sección triangular
y capiteles acampanados. Dentro del recinto hay un conjunto de
patios, a modo de plazas, a ambos lados de la pirámide. En el
lado sur, el patio más grande está concebido para celebrar la
carrera ritual del faraón en la que demuestra a sus súbditos que
todavía está en plena forma y tiene energía para prolongar su
mandato. Dentro del patio, situados en los dos extremos del eje
longitudinal, hay varias construcciones: en el norte, un pequeño
altar con rampa y un templo; en el sur, un edificio con planta
en forma de B. La pirámide escalonada, construida para cobijar
el ka del rey, no es sino una superposición de seis mastabas
para dar mayor monumentalidad y guardar una proporción de escala
armónica frente a la gran muralla. Con posterioridad, se rellenaron
los huecos entre las diferentes terrazas, dando origen a la forma
característica de las pirámides. Bajo la pirámide se encuentra
la cámara sepulcral, en la que se guardaba el sarcófago y el ajuar
funerario, con otras cámaras adyacentes unidas por un corredor
laberíntico.
Las pirámides egipcias
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