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Andrea Mantegna, pintor mantuano
Aquellos que trabajan con maestría y han recibido su
parte de recompensa, saben cuán renovado vigor les infunde el aliento, pues
cuando los hombres esperan honor y recompensas no sienten el trabajo y la
fatiga, y sus talentos se vuelven cada día más notables. La verdadera habilidad
no siempre encuentra el reconocimiento y el premio que recibió Mantegna. Nacido
en una familia muy humilde del país de Mantua, y aunque cuando niño solía
guardar ganados, se elevó por sus propios méritos y por su buena estrella a la
jerarquía de caballero, como referiremos oportunamente. Era muy jovencito
cuando lo llevaron a la ciudad, donde estudió pintura con Jacopo Squarcione, un
pintor de Padua, quien llevó al muchacho a su casa y, al descubrir su gran
talento, lo adoptó, como lo refiere Messer Girolamo Campagnuola en una carta en
latín dirigida a Messer Leonico Timeo, un filósofo griego, en la cual cita a
varios viejos pintores que sirvieron a los Carrara, señores de Padua.
Squarcione, consciente de que no era el más hábil de los pintores imaginables,
con el propósito de que Andrea pudiera aprender más de lo que sabía su maestro,
le hizo estudiar copias de yeso de estatuas antiguas y algunas pinturas sobre
tela, que mandó buscar a varios lugares, especialmente a Toscana y Roma. De
este modo y otros, Andrea aprendió mucho en su juventud. Asimismo, la rivalidad
con Marco Zoppo de Bolonia, Dario de Treviso y Niccolò Pizzolo de Padua,
discípulos de su maestro y padre adoptivo, le deparó no escasa ayuda y
estímulo. No contaba diecisiete años cuando hizo la pintura para el altar mayor
de Santa Sofía, en Padua, que más bien parece la obra de un veterano experto y
no de un simple muchacho. Luego, le asignaron a Squarcione la decoración de la
capilla de San Cristóbal, en la iglesia de los frailes Ermitaños de San
Agustín, en la misma ciudad, y éste confió el trabajo a Niccolò Pizzolo y a
Andrea. Niccolò hizo al Padre Eterno, sentado majestuosamente en medio de los
Doctores de la Iglesia, pintura considerada ni un ápice inferior a las que Andrea
ejecutó allí. En verdad, aunque Niccolò realizó pocas obras, todas eran buenas,
y si hubiera sentido tanta afición por la pintura como por las armas, se habría
destacado y posiblemente hubiera podido gozar de una vida más larga, pero
siempre iba armado y, como tenía muchos enemigos, un día que regresaba de su
trabajo fue atacado y muerto traicioneramente. No dejó otras pinturas de que yo
tenga noticias, salvo otro Padre Eterno en la capilla del Urbano Perfetto.
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De este modo, Andrea quedó solo y pintó en la
capilla los cuatro Evangelistas, que fueron considerados muy hermosos. Debido a
estos y otros trabajos, Andrea despertó grandes esperanzas y, como el éxito
trae el éxito, Iacopo Bellini, el pintor veneciano, padre de Gentile y
Giovanni, y rival de Squarcione, le concedió su hija en matrimonio. Enterado
Squarcione, se enojó con Andrea y desde entonces se convirtieron en enemigos.
Así como Squarcione anteriormente había elogiado las pinturas de Andrea, ahora
las criticaba públicamente, sobre todo las de la capilla de San Cristóbal,
diciendo que eran malas porque eran una simple imitación de mármoles antiguos,
en los cuales es imposible aprender a pintar con propiedad, ya que la piedra
posee siempre cierta rigidez y nunca tiene la suavidad peculiar a la carne y
los objetos naturales, que son flexibles y hacen diversos movimientos. Agregaba
que las figuras hubieran mejorado notablemente si las hubiese pintado del color
del mármol y no con tantos matices, puesto que sus figuras pintadas se parecían
a las estatuas de mármol antiguas y otras cosas semejantes, y no eran como los
seres vivientes. Estas críticas severas hirieron a Andrea, mas, por otra parte,
le hicieron mucho bien, puesto que reconoció que en ellas había mucho de verdad
y, en consecuencia, se puso a dibujar figuras del natural. Hizo tales progresos
en este sentido, que en la última composición de la capilla se mostró tan capaz
de aprender de la Naturaleza como de los objetos de arte. Empero, Andrea
siempre sostuvo que las buenas estatuas antiguas eran más perfectas y hermosas
que cualquier cosa de la naturaleza. Pensaba que los maestros de la Antigüedad
habían combinado en una figura las perfecciones que rara vez se encuentran
reunidas en un solo individuo y, de esta suerte, obtenían ejemplares de
incomparable belleza. Consideraba que las estatuas ponían de manifiesto los
músculos, venas y nervios de una manera más acentuada que los modelos
naturales, los cuales están cubiertos por la carne mórbida que los redondea,
salvo en el caso de personas de edad o delgadas que los artistas suelen
descartar como modelos. Se aferró obstinadamente a esta opinión y ello influyó
en su estilo, que es un tanto rígido y se parece más a la piedra que a la carne
viviente. Empero, su última composición fue muy alabada; en ella Andrea
representó a Squarcione como un hombre grueso y bajo que sostiene una lanza y
una espada. También pintó allí los retratos de sus íntimos amigos: Noferi, hijo
de Messer Palla Strozzi de Florencia; de Messer Girolamo dalla Valle, médico
excelente; de Messer Bonifazio Fuzimeliga, doctor en leyes; de Niccolò, el
orfebre del Papa Inocencio VIII; y de Baldassarre da Leccio, todos cubiertos de
blancas armaduras resplandecientes, realizados con un estilo admirable. También
representó al caballero Messer Bonramino y a un obispo de Hungría, hombre
excéntrico, que vagabundeaba todo el día por las calles de Roma y, a la noche,
dormía como los animales en los establos. Asimismo, hizo el retrato de Marsilio
Pazzo, representándolo como el verdugo que corta la cabeza de Santiago, y su
autorretrato. En suma, este trabajo, por su excelencia, aumentó
considerablemente su reputación. Mientras estaba trabajando en la capilla,
pintó un cuadro destinado al altar de San Lucas, en Santa Justina, y un fresco
en el arco encima de la puerta de San Antonio, donde puso su nombre. En Verona,
hizo una tabla para el altar de San Cristóbal y de San Antonio, y unas figuras
en el ángulo de la plaza de la Paglia. Para los frailes de Monte Oliveto,
ejecutó el cuadro del altar mayor de Santa Maria in Organo, hermosa obra, y
también el de San Zeno. Durante su estada en Verona, realizó pinturas que envió
a diversos lugares, una de las cuales pertenece a su amigo y pariente el abad
de la abadía de Fiesole. Esta última representa una Virgen de medio cuerpo, con
el Niño y ángeles cantando, hechos con una gracia encantadora. Esta pintura se
guarda actualmente en la biblioteca de esa casa y ha sido siempre altamente
valorada.

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Mientras residió en Mantua, Andrea estuvo al
servicio del marqués Ludovico Gonzaga, señor que siempre apreció y favoreció su
talento. Pintó para éste una pequeña tabla para la capilla del castillo de
Mantua, la cual contiene algunas escenas con figuras de no gran tamaño, pero
muy hermosas. En el mismo lugar hay una cantidad de figuras en escorzo, vistas
desde abajo, que eran muy admiradas, pues aunque los paños son rígidos y
crudos, y la manera un tanto seca, el conjunto está ejecutado con gran
habilidad y diligencia.
Para el mismo marqués, Andrea pintó el Triunfo de César en una sala del palacio de San Sebastián en Mantua, y ésta es la mejor obra que hizo jamás. En esta excelente composición se manifiesta la belleza y el decorado del carro, un hombre maldiciendo al vencedor, los parientes, perfumes, incienso, sacrificios, sacerdotes, toros coronados para ser sacrificados, prisioneros, botín arrebatado por los soldados, la formación de los escuadrones, elefantes, despojos, victorias, ciudades y fortalezas representadas en varios carros triunfales, con una cantidad de trofeos sobre lanzas y armas para la cabeza y el pecho, peinados, ornamentos y vasos innumerables.
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Entre los espectadores hay una mujer que lleva a un niño de la
mano, quien se ha clavado una espina en el pie y, llorando, la muestra a su
madre con mucha gracia y naturalidad. Andrea, como creo haberlo indicado en
otro lugar, tuvo en esta obra la feliz idea de colocar el plano en el cual se
apoyan las figuras, más alto que el punto de vista, y mientras deja ver los
pies de las figuras del primer plano, oculta los de las que se encuentran más
atrás, como lo exige la naturaleza del punto de vista. Aplica el mismo método a
los despojos, vasos y otros utensilios y ornamentos. Andrea degli Impiccati
puso en práctica el mismo procedimiento en su Última Cena, de Santa Maria
Nuova. Así vemos cómo en esa época los hombres de genio estaban activamente
ocupados en investigar e imitar las verdades de la Naturaleza. Y, en una
palabra, el conjunto de la obra no podía ser mejor ni hacerse más hermosamente,
y si antes el marqués apreciaba a Andrea, ahora su afecto y estimación
aumentaron considerablemente. Más aún, Andrea ganó tal fama, que su renombre
llegó a oídos del Papa Inocencio VIII, quien, enterado de la excelencia de su
pintura y de sus otras buenas cualidades, pues estaba maravillosamente dotado,
le mandó llamar junto con otros artistas para que adornara con pinturas las
paredes del Belvedere, recién terminado. Andrea llegó a Roma colmado de favores
y honores por el marqués, quien le otorgó el título de caballero, y fue cordialmente
recibido por el Papa; inmediatamente le encargaron la decoración de una pequeña
capilla en el lugar mencionado. Realizó este trabajo con gran diligencia y
cuidado, y tan minuciosamente que la bóveda y las paredes más parecen cubiertas
de miniaturas que de pinturas. Las figuras más grandes, pintadas al fresco como
las demás, están sobre el altar y representan a San Juan bautizando a Cristo,
mientras otros personajes se desvisten como si quisieran ser bautizados. Uno de
ellos, queriendo sacarse una media pegada a la pierna por el sudor, la vuelve
del revés, con la pierna cruzada sobre la otra, mientras su expresión indica
claramente el esfuerzo y la molestia. Esta fantasía despertó gran admiración en
todos los que la vieron en aquella época. Se dice que el Papa, debido a sus
numerosos compromisos, no pagaba a Mantegna con la regularidad que las
necesidades del artista lo requerían, de suerte que este último, al pintar en
grisalla algunas de las Virtudes en dicha obra, representó entre ellas a la Discreción.
Un día en que el Papa fue a ver el trabajo, preguntó quién era esa figura, y al
enterarse de que representaba a la Discreción, replicó: «Debiste ponerle
acompañada de la Paciencia». El pintor comprendió lo que quería decir y nunca
dijo una palabra más. Cuando terminó la obra, el Papa lo envió de vuelta al
duque de Mantua colmado de honores y ricos presentes.
Mientras Andrea estaba trabajando en Roma pintó,
además de la capilla, un pequeño cuadro de Nuestra Señora con el Niño
durmiendo. En el último plano se ve una montaña con picapedreros, ejecutados
con gran trabajo y paciencia, a tal punto que parece poco menos que imposible
hacer tan delicado trabajo con el pincel. Esta pintura está actualmente en
posesión de Don Francesco Médicis, príncipe de Florencia, quien la guarda como
uno de sus bienes más preciados. En nuestro Libro hay un medio folio con un
dibujo en grisalla de Andrea, que representa a Judith poniendo la cabeza de
Holofernes en un saco que le presenta una esclava mora. Está realizado en claroscuro,
en un estilo ya en desuso, pues ha dejado la hoja en blanco en los lugares
correspondientes a las luces, perfilando así tan netamente, que los cabellos y
otros detalles delicados pueden verse tan cuidadosamente ejecutados como si se
los hubiera pintado con pincel, de suerte que se podría decir que es más bien
trabajo de pintor que de dibujante.
A Andrea, como a Pollajuolo, le gustaba grabar en
cobre y, entre otras cosas, reprodujo de ese modo sus Triunfos. Estos grabados
eran muy apreciados, pues hasta entonces no se habían visto mejores. Entre sus
últimas obras, figura una tabla que se encuentra en Santa Maria della Vittoria,
una iglesia construida, según proyectos de Mantegna, por el marqués Francesco,
general veneciano, para celebrar su victoria sobre los franceses en el río
Taro. Está pintada al temple y fue colocada en el altar mayor. Representa a
Nuestra Señora con el Niño, sentada en un trono; debajo están San Miguel
Arcángel, Santa Ana y San Joaquín presentando al marqués, quien está retratado
con gran naturalidad, mientras la Virgen le tiende la mano. Esta pintura, que
agrada a todo el mundo, encantó tanto al marqués, que recompensó generosamente
el talento y el esfuerzo de Andrea, y el pintor retuvo hasta el fin su
honorable rango de caballero, siendo sus obras admiradas en todas partes por
los príncipes. Lorenzo da Lendinara, un rival de Andrea, era considerado en
Padua como un excelente pintor, y realizó algunos trabajos en arcilla para la
iglesia de San Antonio, y otros de menor valía. Andrea era amigo íntimo de
Dario da Trevisi y Marco Zoppo de Bolonia, pues habían sido condiscípulos en el
taller de Squarcione. Marco pintó, para los Hermanos Menores de Padua, una
galería que sirve de sala capitular para estos religiosos, y un cuadro que actualmente
se encuentra en la nueva iglesia de San Juan Evangelista, en Pésaro. Asimismo,
hizo el retrato de Guidobaldo da Montefeltro, cuando éste era capitán de los
florentinos. Otro amigo de Mantegna era Stefano, pintor de Ferrara, cuyas
obras, aunque escasas, eran meritorias. Él ejecutó la ornamentación del
relicario de San Antonio, en Padua, así como la Virgen María, llamada Virgen
del Pilar.
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Pero volvamos a Andrea. Éste construyó y pintó para
su uso personal una hermosa casa en Mantua, en la cual residió toda su vida.
Andrea murió en 1517, a los sesenta y seis años de edad y fue enterrado con
todos los honores en San Andrea, y sobre su tumba, en la cual se colocó su
efigie en bronce, se grabó el siguiente epitafio:
Esse parem hunc noris, si non præponis, Apelli, Ænea
Mantineas qui simulacra vides .
Andrea era tan gentil y amable en todos sus actos,
que siempre será recordado, no sólo en su propio país, sino en el mundo entero.
Así, merece la mención de Ariosto, tanto por sus modales corteses como por su
pintura. Me refiero al pasaje del comienzo del Canto XXXIII donde, al enumerar
a los pintores más famosos de la época, el poeta dice:
Lionardo, Andrea Mantegna, Gian Bellino.
Andrea mejoró el método para dibujar figuras en
escorzo, vistas desde abajo, lo cual fue un invento difícil y admirable.
También le gustó, como se ha dicho, copiar pinturas grabándolas en cobre, lo
que resulta un procedimiento muy útil, gracias al cual todo el mundo ha podido
ver la Bacanal, la Batalla de los monstruos marinos, la Deposición de la Cruz,
el Entierro de Cristo y la Resurrección, con Longino y San Andrés -obras todas
ellas de Mantegna-, así como las producciones de todos los artistas que han
existido.