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Andrea del Castagno de Mugello y Domenico Veneziano, pintores
¡Cúan censurable es en una persona excelente el vicio de la envidia, en que nadie debiera incurrir, y cuán infame y horrible cosa es buscar, bajo las apariencias de una amistad simulada, privar a los demás no sólo de la fama y la gloria, sino de la vida misma, no creo yo ciertamente que sea posible expresarlo con palabras, pues la infamia del hecho vence a toda virtud y fuerza de la lengua, aunque ésta sea elocuente! Por lo cual, sin extenderme más en este discurso, diré solamente que en tales actos anida un espíritu, no diré inhumano y feroz, sino del todo cruel y diabólico, tan alejado de toda virtud que quienes los cometen no son ya hombres, ni siquiera animales, ni dignos de vivir. Mientras la emulación y la competencia que, obrando virtuosamente, busca vencer e imponerse a los mejores, para conquistar gloria y honor, es cosa loable y digna de ser estimada como necesaria y útil para el mundo, por el contrario merece censura y vituperio la malvadísima envidia que, no soportando que los demás gocen de honores y alabanzas, se dispone a privar de la vida a quienes no puede despojar de la gloria, como lo hizo el desgraciado Andrea del Castagno, la pintura y el dibujo del cual fueron, por cierto, excelentes, aunque mucho más grande era el rencor y la envidia que él abrigaba contra los demás pintores. De modo que con las tinieblas del pecado soterró y ocultó el esplendor de su talento. Este artista, por haber nacido en un pueblito llamado Il Castagno, en el Mugello, en la comarca de Florencia, adoptó ese apellido cuando fue a vivir en la ciudad, cosa que acaeció del siguiente modo: habiendo quedado huérfano de padre en su temprana niñez, Andrea fue recogido por un tío suyo, que durante muchos años lo tuvo guardando su ganado, pues lo encontró activo y despierto y tan enérgico que sabía hacer respetar no sólo sus animales sino los pasturajes y todas las demás cosas relativas a su interés. Dedicado, pues, a tales actividades, ocurrió que un día, para evitar la lluvia, se refugió en una casa en que uno de esos pintores de campaña, que hacen trabajos baratos, estaba pintando un tabernáculo para un campesino. Andrea, que nunca había visto cosa semejante, se maravilló instantáneamente y se puso a mirar con gran atención y observar cómo se hacía ese trabajo. Y de pronto le vino un deseo tan grande y una voluntad tan violenta de dedicarse a ese arte, que sin pérdida de tiempo empezó, en las paredes y las piedras, con carbones o a punta de cuchillo, a grabar y dibujar animales y figuras, con tanto acierto que causaba no poco asombro a quien lo veía. Empezó, pues, a difundirse entre los campesinos la fama de esta nueva actividad de Andrea y ello (por quererlo así su buena suerte) llegó a oídos de un gentilhombre florentino llamado Bernardetto de Médicis, que en esa región tenía sus propiedades y que quiso conocer al muchacho. Y cuando lo vio y lo oyó razonar con mucha viveza, le preguntó si le gustaría ser pintor. Andrea le contestó que no podría ocurrirle cosa más grata ni que le agradara más. Y, para que estudiara el arte, Bernardetto lo llevó a Florencia y lo puso a trabajar en el taller de uno de los maestros más reputados de la época. De esta manera aprendió Andrea el arte de la pintura y,
dedicándose enteramente al estudio, mostró la mayor inteligencia en las
dificultades del arte y, en particular, del dibujo. No tuvo el mismo acierto en
el colorido de sus obras, que era algo crudo y duro, y disminuyó en gran parte
la bondad y la gracia de sus pinturas, ya que en su color no se encuentra
determinada hermosura. Era muy hábil para dar movimiento a las figuras, y sus
cabezas de hombres y mujeres son impresionantes, de rostros enérgicos y buen
dibujo.
En su juventud primera, pintó al fresco en el claustro de
San Miniato al Monte, donde se baja de la iglesia para ir al convento, la
escena en que San Miniato y San Cresci se separan de sus padres.
En San Benedetto, bellísimo monasterio allende la Puerta
de Pinti, hay muchas pinturas de la mano de Andrea en un claustro y en la
iglesia, pero no es necesario describirlas porque fueron destruidas durante el
asedio de Florencia. Dentro de la ciudad, en el monasterio de los Angeli, en el
primer claustro frente a la puerta principal, pintó la Crucifixión, que aún se
encuentra allí, con la Virgen, San Juan, San Benito y San Romualdo. En la
extremidad del claustro, sobre el jardín, hizo otra Crucifixión similar,
modificando solamente las cabezas y algunas cosas más.
En Santa Trinità, al lado de la capilla del Maestro Luca
pintó un San Andrés.
En Legnaia pintó para Pandolfo Pandolfini a cierto número
de hombres ilustres en una sala, e hizo un estandarte para la Compañía del
Evangelista, destinado a ser llevado en las procesiones y muy hermoso. Para los
Servitas de esa ciudad hizo al fresco tres nichos chatos en otras tantas
capillas: una es la de San Julián, donde hay episodios de la vida de este
Santo, con numerosas figuras y un perro en escorzo, que ha sido muy admirado.
Encima de ésta, en la capilla dedicada a San Jerónimo, pintó a este Santo,
enjuto y sin barba, con buen dibujo y mucha prolijidad. Arriba pintó una
Trinidad, con un Crucifijo en escorzo, tan bien hecho que Andrea merece ser
alabado por ello. Hizo los escorzos de un modo mucho mejor y más moderno que
sus predecesores. Pero esta pintura ya no puede verse, porque la familia de
Montaguti hizo poner encima una tabla.
En la tercera capilla, que está al lado de la situada
debajo del órgano, y que hizo hacer Messer Orlando de Medici, pintó a Lázaro,
Marta y Magdalena. Para las monjas de San Giuliano hizo al fresco un Crucifijo,
una Nuestra Señora, un Santo Domingo, un San Julián y un San Juan, pinturas que
se clasifican entre las mejores que ejecutó Andrea y han sido universalmente alabadas
por todos los artistas.
En Santa Croce, en la capilla de los Cavalcanti, pintó un
San Juan Bautista y un San Francisco que son considerados como buenísimas
figuras. Pero lo que llenó de estupor a los artistas fue que en el claustro
nuevo de dicho convento, es decir precisamente frente a la puerta, pintó al
fresco un bellísimo Cristo atado a la Columna. Lo puso en una galería con
columnas en perspectiva, en que la bóveda esquifada va disminuyendo y cuyas
paredes, de compartimientos ovalados, están pintadas con tanto arte y tanto
cuidado, que demostró su dominio, tanto de la perspectiva como de la
composición pictórica. En la misma obra son bellas y violentísimas las
actitudes de los que flagelan a Cristo: ellos revelan el odio y la rabia en sus
rostros, mientras Jesucristo muestra paciencia y humildad. En su cuerpo,
agarrotado a la columna, parece que Andrea intentó expresar el padecimiento de
la carne, pero también mostró que la divinidad encerrada en ese cuerpo conserva
cierto esplendor de nobleza que conmueve a Pilatos, el cual, sentado al lado de
sus consejeros, parece buscar el modo de libertar a Cristo. Y, en suma, está
hecha esta pintura de tal manera que si -por no habérsela cuidado bastante- no
hubiera sido echada a perder por los niños y otras personas simples, que
arañaron todas las cabezas, los brazos y casi todo el resto de las figuras de
los judíos (como si con eso hubiesen vengado los sufrimientos que infligieron a
Nuestro Señor), sería por cierto bellísima entre todas las obras de Andrea.
Si la naturaleza hubiera dado a éste suavidad del
colorido, tal como le dio invención y dibujo, habría sido verdaderamente un
artista maravilloso. Pintó en Santa Maria del Fiore la efigie de Niccolò da
Tolentino a caballo, y porque un chiquillo, al pasar, movió la escalera
mientras estaba trabajando, montó tan violentamente en cólera -como individuo
brutal que era- que bajó y lo corrió hasta la esquina de los Pazzi.
En el cementerio de Santa Maria Nuova, debajo del Osario,
hizo también un San Andrés, el cual gustó tanto, que le encargaron luego pintar
en el refectorio, en que comen los criados y otros ministros, una Cena de
Cristo con los Apóstoles, que le mereció el favor de la familia de los
Portinari y del director del Hospital.
Entonces le encargaron pintar una parte de la capilla
mayor, habiendo sido atribuida otra a Alesso Baldovinetti y una tercera al
entonces muy célebre pintor Domenico de Venecia, que había sido llevado a
Florencia porque conocía un nuevo método para pintar al óleo. Cada cual se
dedicó a su trabajo, y Andrea sintió enorme envidia de Domenico, pues sabía que
superaba a éste en dibujo, y le caía mal que, siendo forastero, los florentinos
lo agasajaran y mantuvieran. Y tanta fuerza tuvieron en él la cólera y la rabia,
que se puso a pensar en la forma de deshacerse de él de algún modo.
Andrea no era menos sagaz simulador que excelente pintor,
de rostro alegre, cuando quería, de lengua suelta, de espíritu orgulloso y
decidido en los actos físicos como resuelto en pensamiento. Estaba animado por
el mismo espíritu contra otros artistas, igual que contra Domenico, y tenía la
costumbre de marcar disimuladamente con un golpe de uña los errores que
encontraba en las obras de los demás. Y cuando, en su juventud, se criticó
algún detalle en sus obras, con golpes e injurias hizo saber a quienes lo
criticaban que siempre era capaz de vengarse y estaba dispuesto a hacerlo.
Pero diré algo acerca de Domenico, antes de ocuparnos de
su obra en la capilla. Antes de ir a Florencia, había pintado en la sacristía
de Santa Maria de Loreto, en compañía de Piero della Francesca, algunas cosas
llenas de gracia que le habían dado fama, aparte de lo ya realizado en otros
lugares (por ejemplo, en Perugia, una habitación en la casa de los Baglioni,
que ahora está destruida). Llamado a Florencia, hizo ante todo, al fresco, en
un tabernáculo, una Virgen rodeada de Santos en la esquina de los Carnesecchi,
allí donde forman ángulo las calles que conducen, una a la nueva, y la otra a
la vieja plaza de Santa Maria Novella. Esa Virgen gustó y fue muy elogiada por
los ciudadanos y los artistas de la época, lo cual motivó mayor furia y envidia
en el maldito ánimo de Andrea contra el pobre Domenico. Por lo tanto, decidido
a hacer por engaño y traición lo que sin evidente peligro para sí no podía
ejecutar abiertamente, se fingió muy amigo de Domenico. Éste era una buenísima
persona, muy cordial, que cantaba y se deleitaba tocando el laúd. Se mostró muy
dispuesto a dar su amistad a Andrea, que le pareció persona ingeniosa y
entretenida. Y así continuó esta amistad, sincera por un lado, fingida por
otro. Todas las noches, los dos pintores se reunían para divertirse y dar
serenatas a sus novias, con lo cual gozaba mucho Domenico, el cual,
sinceramente encariñado con Andrea, le enseñó el método de pintar al óleo, que
aún no se conocía en Toscana.
Pero, para referir las cosas por orden, diré que Andrea
hizo en su lienzo de pared de la capilla de Santa Maria Novella una Anunciación
que se considera bellísima, porque pintó al Ángel en el aire, cosa que hasta
entonces no se había hecho. Pero se considera mucho mejor la obra en que puso a
Nuestra Señora subiendo las gradas del templo, en las cuales representó a
muchos pordioseros, entre los cuales hay uno que da a otro un golpe en la
cabeza con un jarro. Y no sólo esta figura, sino las demás son, por cierto,
hermosas, pues las ejecutó con mucho esfuerzo y amor, para competir con
Domenico. También se ve allí, trazado en perspectiva, en medio de una plaza, un
templo octogonal, aislado y lleno de pilares y nichos; la fachada delantera
está hermosamente adornada con figuras de mármol y, en torno de la plaza, hay
gran variedad de bellísimos edificios, sobre los cuales, de un lado, la luz del
sol proyecta la sombra del templo, con muy notable, difícil y artístico efecto.
En otra parte hizo el maestro Domenico, al óleo, a Joaquín visitando a Santa
Ana, su consorte y, debajo, el nacimiento de Nuestra Señora, presentado en una
habitación muy llena de adornos; hay allí un niño que con mucha gracia golpea
con el llamador la puerta de esa pieza. Debajo pintó Andrea las Bodas de la
Virgen, con buen número de retratos del natural, entre los cuales están los de
Messer Bernardetto de Medici, condestable de los florentinos -con un bonete
rojo-, Bernardo Guadagni, que era Gonfaloniero, Folco Portinari y otros
miembros de esa familia. También hizo a un enano que rompe una maza, muy
viviente, y algunas mujeres con vestidos bellos y graciosos en sumo grado, como
lo eran las modas de aquel tiempo. Pero esta obra quedó inconclusa por los
motivos que luego se dirán.
Entre tanto, Andrea había pintado al óleo, en su pared,
la muerte de Nuestra Señora, en que, a causa de dicha rivalidad con Domenico y
para ser apreciado en su verdadero valor, puso increíble diligencia en hacer en
escorzo el ataúd en que yace muerta la Virgen. Éste, aunque no mide más de un
braccio y medio de largo, parece medir tres braccia. En torno están los
Apóstoles, pintados de tal modo que, si bien se conoce en su rostro la alegría
que sienten de ver llevada a Nuestra Señora al cielo por Jesucristo, también se
advierte su tristeza por permanecer en la tierra sin ella. Entre esos Apóstoles
hay algunos Ángeles con luces encendidas, de rostros expresivos y tan bien
ejecutados que demuestran que Andrea sabía manejar el óleo tan bien como
Domenico, su competidor. En esta pintura, Andrea retrató del natural a Messer
Rinaldo degli Albizzi, a Puccio Pucci, a Falganaccio -instrumento de la liberación
de Cosme de Médicis- y a Federigo Malevolti, que guardaba las llaves del
Alberghetto. También retrató a Messer Bernardo di Domenico della Volta,
director de aquella institución, de rodillas y con todas las apariencias de la
vida. En un medallón se puso a sí mismo, en el personaje de Judas Iscariote, al
cual se parecía por el aspecto y los actos.
Habiendo llevado Andrea su obra a excelente fin,
enceguecido por la envidia que le causaban los elogios tributados al talento de
Domenico, decidió deshacerse de él y luego de haber pensado en muchos medios,
puso en ejecución el siguiente: Una noche de verano, según su costumbre,
Domenico tomó su laúd y salió de Santa Maria Nuova, dejando a Andrea en su habitación,
donde se quedó dibujando, pues no aceptó la invitación de ir a pasear con su
colega, pretextando tener que realizar un trabajo de importancia. Fuese, pues,
Domenico solo a sus placeres y Andrea, sin dejarse reconocer, se puso a
esperarlo en una esquina. Cuando Domenico pasó por allí, al regresar a su casa,
Andrea le destrozó el laúd y el estómago al mismo tiempo, golpeándolo con un
plomo. Y como no le pareció bastante, con el mismo plomo lo golpeó en la
cabeza. Luego, dejándolo tendido en el suelo, volvió a su pieza de Santa Maria
Nuova y, cerrando la puerta, se puso a dibujar como cuando Domenico lo había
dejado. Entre tanto, como se había oído el ruido, acudieron los criados al
lugar del atentado y al ver lo que había ocurrido corrieron a dar la mala
noticia al mismo Andrea, homicida y traidor, el cual volvió al sitio en que los
demás estaban reunidos en torno de Domenico y rechazó todo consuelo, repitiendo
continuamente: «¡Ay, hermano mío! ¡Ay, hermano mío!». Finalmente, Domenico
expiró en sus brazos y no se pudo saber, por muchas averiguaciones que se
hicieron, quién lo había matado. Si Andrea, a la hora de su muerte, no lo
hubiese manifestado en confesión, aún hoy no se sabría.
En San Miniato, entre las torres de Florencia, Andrea
pintó una tabla en que hay una Asunción de la Virgen, con dos figuras. Y en un
tabernáculo, en la Nava a Lanchetta, fuera de la Puerta de la Croce, hizo una
Nuestra Señora. Trabajó también en la casa de los Carducci, que hoy es de los
Pandolfini, donde hizo algunos hombres célebres, en parte imaginados y en parte
tomados del natural. Entre ellos figuran Filippo Spano degli Scolari, Dante,
Petrarca, Boccaccio y otros.
En la Scarpería de Mugello pintó sobre la puerta del
palacio del vicario una Caridad desnuda, muy hermosa, que después se ha echado
a perder. En 1478, cuando Julián de Médicis fue muerto, y su hermano Lorenzo
herido en Santa Maria del Fiore por los Pazzi, sus adictos y otros conjurados,
la Señoría decidió que todos los participantes de la conspiración fueran
pintados, como traidores, en la fachada del palacio del Podestá. Este trabajo
fue ofrecido a Andrea quien, como servidor agradecido a la casa de los Médicis,
lo aceptó muy gustoso y lo realizó tan hermosamente que causó maravilla, no
siendo posible decir hasta qué punto evidenció su arte y su comprensión en esas
figuras, tomadas casi todas del natural, que representó colgadas por los pies,
en extrañas, diversas y notabilísimas actitudes. Esa obra gustó a toda la
ciudad y, particularmente, a los entendidos en las cosas de la pintura, motivo
por el cual, desde entonces, el artista ya no fue llamado Andrea del Castagno
sino Andrea degli Impiccati.
Vivió Andrea rodeado de honores, mas como gastaba
bastante, particularmente para vestir y tener casa bien puesta, dejó poca
fortuna cuando pasó a mejor vida a la edad de setenta y un años. Pero como poco
después de su muerte se conoció la crueldad con que había tratado a Domenico,
quien tanto lo quería, fue sepultado con exequias ignominiosas en Santa Maria
Nuova, donde también había sido enterrado el infeliz Domenico, fallecido a la
edad de cincuenta y seis años. Y la obra que había empezado en Santa Maria
Nuova quedó inconclusa. Pero poco antes de morir, había concluido finalmente,
en forma perfecta, la tabla del altar mayor de Santa Lucia de Bardi, en que
representó con gran cuidado a Nuestra Señora con el Niño en brazos y a San Juan
Bautista, San Nicolás, San Francisco y Santa Lucía. Discípulos de Andrea fueron
Iacopo del Corso, maestro razonablemente bueno, Pisanello, el Marchino, Piero
del Pollaiuolo y Giovanni da Rovezzano.
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