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Claude Lorrain
(1600 – 1682)
Claude Gellée, llamado
Claude Lorrain o, en español, Claudio de Lorena, pintor francés establecido en Italia, perteneciente al periodo
del arte Barroco, cabe enmarcarlo en la corriente denominada Clasicismo.
Claude Gellée nació el
1600 en Chamagne, cerca de Lunéville, al sur de Nancy, en el ducado de Lorena,
por aquél entonces una región independiente. Huérfano desde 1612, pasó una
breve estancia con su hermano mayor en Friburgo de Brisgovia; éste, escultor en
madera especializado en marquetería, le enseñaría los rudimentos del dibujo. En
1613 viaja a Roma, donde trabaja de pastelero, oficio tradicional lorenés, y
entra al servicio de Agostino Tassi, pintor paisajista tardomanierista, del que
posteriormente sería discípulo. En los años 1619-21 se establece en Nápoles,
donde estudia pintura junto a Gottfried Wals, pintor originario de Colonia. En
1625 inicia un viaje por Loreto, Venecia, Tirol y Baviera, y vuelve a su lugar
de origen, estableciéndose en Nancy por año y medio. Aquí colaborará como
ayudante de Claude Deruet, pintor de la corte ducal, trabajando en los frescos
de la iglesia de los Carmelitas de Nancy (hoy perdidos). Por último, en 1627
regresa a Roma, ciudad donde permanecerá el resto de sus días.
En la década de 1630 empieza a consolidarse como pintor, haciendo paisajes inspirados en la campiña romana, de aire bucólico-pastoril. Firma sus cuadros como “le lorrain” (el lorenés), por lo que empieza a ser conocido como Claude Lorrain.
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En Roma contacta con Joachim von Sandrart y otros extranjeros establecidos en la capital italiana (Swanevelt, Poelenburgh, Breenbergh), con los que se introduce en la pintura paisajista; también hace amistad con Nicolas Poussin, otro francés afincado en Roma. Hacia 1630 pintó frescos en los palacios Muti y Crescenzi, técnica que ya no volvería a emplear. Su nombre empieza a ser conocido en los círculos artísticos de Roma, recibiendo diversos encargos: es favorecido por el cardenal Bentivoglio, quien le introducirá al papa Urbano VIII.
Durante toda su vida pintará para la nobleza, recibiendo encargos de toda
Europa. Su fama es tal que empiezan a surgirle imitadores –en especial
Sébastien Bourdon–, por lo que en 1634 inicia el Liber Veritatis (British
Museum), cuaderno de dibujos donde dejaba constancia de todas sus
composiciones, para evitar las falsificaciones; consta de 195 dibujos, donde
copiaba la composición de sus obras, describiendo con toque magistral las
menudencias del cuadro, para quién se había pintado y sus honorarios. En 1634
ingresa en la Accademia di San Luca y, en 1643, en la Congregazione dei
Virtuosi, sociedad literaria fundada en 1621 por el cardenal Ludovisi.
En 1636 debió realizar
un breve viaje a Nápoles, y al año siguiente se publica una serie de aguafuertes,
los Fuegos Artificiales, encargada por el marqués de Castel Rodrigo, embajador
de España en Roma. Quizá por recomendación de éste, Lorrain recibió un encargo
de Felipe IV para el Palacio del Buen Retiro en Madrid, para decorar la Galería
de Paisajes. Claude realizó ocho cuadros monumentales, en dos grupos, cuatro de
formato longitudinal (1635-38), y cuatro de formato vertical (1639-41); el
programa iconográfico, tomado de la Biblia e Historias de los Santos, debió ser
desarrollado conforme a las instrucciones del conde-duque de Olivares, que
dirigía las obras. En 1654 se le ofrece el puesto de rector principal de la
Accademia di San Luca, que rechaza, prefiriendo vivir dedicado a la pintura.
Aquejado de gota desde 1663, en sus últimos años ejecuta cada vez menos
cuadros, derivando hacia un estilo más sereno, personal y poético. Fallece en
Roma en 1682, siendo enterrado en la iglesia de la Trinità dei Monti, en medio
del general respeto y la estima de sus contemporáneos.
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El paisaje clásico
La especialidad
indiscutible de Lorrain fue el paisaje, de ambientación frecuentemente
religiosa o mitológica. Claude tenía una visión idealizada del paisaje, donde
el culto a la Antigüedad, la serenidad y placidez de mar y cielo, del sol, de
las figuras, reflejan un espíritu evocador, idealizador de un pasado mítico,
perdido pero recordado en una ideal perfección. Integrado desde joven en la
pintura paisajística por sus maestros Tassi y Wals, recibió también la
influencia de otros dos pintores nórdicos afincados en Roma: Adam Elsheimer y
Paul Brill. Ambos autores habían creado en el entorno romano el interés por el
paisaje terrestre y la marina, que aparecían como protagonistas de frescos o
lienzos, mientras que los personajes poseían un papel secundario. Claude
aprendió de sus maestros una tradición de paisaje lírico, con un gusto por los
panoramas amplios, los puertos de mar, el análisis de la luz y los recuerdos de
un pasado clásico prestigioso. Asimismo, Lorrain se inspira en la tradición
paisajista italiana inmediatamente anterior a él: pintores venecianos como
Giorgione, Tiziano y Veronese, que se nutren de las fuentes clásicas para crear
una primera visión clasicista del paisaje; Annibale Carracci, Domenichino y
otros Incamminati de la Escuela Boloñesa, junto a conceptos rafaelescos,
aportarán a Lorrain una visión enaltecida de la antigüedad; de educación
primaria, la traducción que estos autores hacen de los ideales del pasado en
clave moderna será esencial para su formación.
Claude Lorrain se
enmarca así en un estilo de paisaje muy específico: el “paisaje ideal”, el cuál
refleja la realidad de manera más intelectual, a través de un contacto
emocional con la naturaleza, a la que se corrige en aras de una nueva
perfección, imponiéndole un sentido de la belleza, un ritmo cadencioso, una
sensación de reposo y equilibrio. Lorrain toma sus referencias de la literatura
clásica romana: las Églogas y Geórgicas de Virgilio, Las Metamorfosis de
Ovidio, etc. Más tarde, amplía su repertorio de la mitología clásica a la
iconografía cristiana, la hagiografía y las escenas bíblicas. Para sus paisajes
Lorrain se inspira en la campiña romana, en las panorámicas de Ostia, Tivoli y
Civitavecchia, en los palacios urbanos y las ruinas latinas, en las colinas
samnitas y el litoral tirreno, en la costa del golfo de Nápoles, desde Sorrento
hasta Pozzuoli, y en las islas de Capri e Ischia.
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En pocos años Lorrain se
convirtió en uno de los más famosos paisajistas, honrado por soberanos como
Urbano VIII y Felipe IV; las obras pintadas para este último son de las de
mayor dimensión hasta ese momento, y su concepción monumental marca el punto
álgido en la madurez del artista. A partir de 1650 deriva hacia un estilo más
sereno, de corte más clásico, influido por Carracci y Domenichino; aumenta la
amplitud y la complejidad del planteamiento escénico, el paisaje alude cada vez
más a la campiña romana, y encuentra nuevos repertorios temáticos en las
representaciones bíblicas. En los últimos años de su existencia el formato
monumental prosigue en las escenas del Antiguo Testamento, mientras los temas
mitológicos asumen una nueva pureza: La Eneida pasa a ser su principal fuente
de inspiración, originando una serie de obras con misteriosas escenificaciones
de un mundo desaparecido: Palanteo, Delfos, Cartago, el Parnaso. La figura
humana queda reducida hasta lo insignificante, se convierten en marionetas,
dominadas completamente por el paisaje que les rodea.
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La luz como elemento
estético
Una de las
características principales en la obra de Lorrain es su utilización de la luz,
no una luz difusa o artificial como en el naturalismo italiano (Caravaggio) o
el realismo francés (La Tour, hermanos Le Nain), sino una luz directa y
natural, proveniente del sol, que sitúa en medio de la escena, en amaneceres o
atardeceres. Claude Lorrain supone un punto álgido en la representación de la
luz en la pintura, que adquiere cotas máximas en el Barroco con artistas como
Velázquez, Rembrandt o Vermeer, aparte del propio Lorrain. El artista lorenés
consigue reflejar como nadie las distintas horas del día, a través de las
sutiles matizaciones del colorido; según la orientación de la luz podemos
distinguir entre mañana y tarde: la luz procedente de la izquierda significa la
mañana, con tonos fríos para el paisaje y el cielo; la luz procedente de la
derecha será la tarde, con tonalidades cálidas y un uso más abundante de tintas
parduscas en el paisaje. La colocación directa del disco solar suele efectuarse
en marinas, en escenas situadas en puertos, que sirven de pretexto para dar una
cierta acción a la temática figurativa; en cambio, los paisajes en el campo
suelen ser de una luz más difusa, generalmente lateral, que ilumina con más
suavidad. Lorrain imprime a su cromatismo un fuerte sentido simbólico: todo lo
que se refiere a la naturaleza divina o implica un concepto de serenidad está
hecho con la gama azul; la potencia del amor, con el rojo; la magnificencia con
el amarillo; la sumisión con el morado; la esperanza con el verde. Para Lorrain
la luz cumple un factor plástico, al ser la base con la que organiza la
composición, con la que crea el espacio y el tiempo, con la que articula las
figuras, las arquitecturas, los elementos de la naturaleza; y en segundo lugar,
un factor estético, al destacar la luz como principal elemento sensible, que
atrae y envuelve al espectador, conduciéndolo a un mundo de ensueño, un mundo
de ideal perfección.
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Técnica
Claude Lorrain se basa
en la observación directa de la naturaleza: se levantaba a primera hora de la
mañana y se iba al campo, permaneciendo a veces hasta la llegada de la noche;
allí tomaba apuntes, bocetos a lápiz, y de vuelta al taller pasaba sus
hallazgos al cuadro. La técnica más corriente de Lorrain es el dibujo a pluma o
a la aguada, sobre un esbozo rápido a la piedra negra. Para los dibujos
compuestos, el artista suele utilizar papeles entintados, sobre todo en color
azul. Claudio era un dibujante espontáneo e infatigable, que se deleitaba con
los efectos inmediatos de la pluma, el pincel o la tiza sobre el papel.
Trabajaba con fluidez en todo tipo de técnica: pluma y tinta diluida, esfumados
a la aguada, carboncillo, sanguina, sobre papel blanco, azul o colorado.
Lorrain abandonó la realización de paisajes al fresco en beneficio del óleo, ya
que la nueva técnica le permitía expresar más eficazmente las posibilidades estéticas
de la luz sobre el ambiente. La calidad de su obra se basa en la belleza de la
ejecución, la naturaleza compacta de la pincelada hasta el detalle, la rica
sustancia cromática; a pesar del notable nivel del pulimento, siempre puede
advertirse el rasgo del pincel. El dominio de las infinitas tonalidades, hechas
a base de una sutil coloración iluminada, informa sobre su fidelidad a la
técnica pictórica y su agudeza en revelar los más íntimos detalles de la
naturaleza.
Claude realizaba de
cuatro a ocho dibujos preliminares, donde diseñaba la composición de la
pintura; algunos dibujos presentan un cuadriculado que regula la exactitud de
las proporciones. Una vez en el cuadro, calcula cada línea importante, los
límites de las formas, las intersecciones y las posiciones de las figuras según
proporciones geométricas elementales, sobre todo mediante la sección áurea,
pero también subdividiendo la altura y la anchura en tercios y cuartos. Al
hacer un dibujo de paisaje, empezaba por establecer la línea del horizonte, que
estaba a dos quintos de altura del cuadro; la disposición suele ser ortogonal,
fugando hacia el horizonte, generalmente hacia donde está el sol.
Repercusión de la obra
de Lorrain
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Claude Lorrain sólo tuvo
un discípulo, llamado Angeluccio, del que se sabe poco. Sin embargo, su estilo
creó escuela dentro del clasicismo francés, influenciando a artistas como
Gaspard Dughet, Jean Lemaire, etc. Fuera del ambiente clasicista, los paisajes
de Claude inspiraron a Van Goyen y Ruysdael. Su influencia perduró en el siglo
XVIII, sobre todo en el Reino Unido, inspirando a artistas como Reynolds,
Constable, y sobre todo Turner: en su cuadro Dido construye Cartago, o el auge
del reino cartaginés (1815) Turner despliega una composición casi idéntica a
las más típicas de Lorrain; el artista inglés donó este cuadro a la National
Gallery con la condición de que fuera colgado junto al Puerto con el embarque
de la Reina de Saba de Lorrain. En el siglo XIX su influencia se vislumbra en
paisajistas como Corot, Daubigny, Théodore Rousseau y Hans Thoma, mientras que
sus investigaciones en el campo de la luz tendrán eco en el impresionismo. Por
último, incluso en el siglo XX vemos la huella loreniana en un cuadro de
Salvador Dalí, La mano de Dalí levantando un velo de oro en forma de nube para
mostrar a Gala la aurora desnuda, muy lejos detrás del sol (1977), versión
surrealista del cuadro de Lorrain El puerto de Ostia con el embarque de Santa
Paula Romana.
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Maria de Cervelló |
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Paisaje con mercaderes
– El molino - Vista del Monte Mario
sobre el valle del Tíber - Puerto con el desembarco
de Cleopatra en Tarso - Paisaje campestre con el
Puente Milvio - Marina con Apolo y la
Sibila de Cumas - Paisaje con Paris y
Enone - Ariadna y Baco en Naxos - Paisaje con el padre de
Psique sacrificando en el templo de Apolo - Paisaje con Psique en el
exterior del palacio de Cupido - Herminia y los pastores - Paisaje con la ninfa
Egeria llorando a Numa - Paisaje nocturno con la
lucha de Jacob y el ánge - Marina con Perseo y el
origen del coral - Paisaje con el
desembarco de Eneas en el Lacio - Apolo y las Musas en el
Monte Helión (Parnaso) - Paisaje con el Cristo
jardinero - Marina con Ezequiel llorando sobre las ruinas de Tiro - El Puerto de la Bahía con Apolo y la Sibila de Cumas .
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