Leonardo da Vinci Aforismos
(Saburía y proverbios)
Moral
53.- Todos los males presentes y pasados puestos por el hombre en
acción no satisfarían el deseo de su ánimo inicuo. Yo no podría, aunque
dispusiera de largo tiempo, describir su naturaleza.
54.- Digamos, para no salir de las cosas humanas, una suma crueldad,
que no se observa en los animales terrestres, por cuanto entre ellos no los hay
que devoren, otros de su propia especie, salvo por extravío del instinto, cosa
que solamente ocurre entre los animales rapaces: leones, leopardos, panteras,
lobos, gatos y otros animales semejantes, que a veces devoran a sus hijos.
55.- Pero tú no sólo comes a tus hijos, sino también a tu padre, a tu
madre, a tus hermanos, a tus amigos; y como eso no te basta, vas a lejanas
islas a la caza de otros hombres, los castras para que engorden y los matas
para satisfacer tu gula. ¿No produce acaso la naturaleza vegetales en cantidad
suficiente, y no puedes, mezclándolos, preparar platos compuestos como los que
describe Platina y otros autores de gastronomía?
56.- Los ambiciosos que no se contentan con el beneficio de la vida y
la belleza del mundo, tienen por castigo el no comprender la vida y el quedar
insensibles a la utilidad y belleza del universo.
57.- La sabiduría es hija de la experiencia.
58.- ¡Oh, dormilón!, ¿qué cosa es el sueño? Es la imagen de la muerte.
¿Por qué, pues, no conduces a buen fin alguna obra que, después de muerto, te
dé una semblanza de vida perfecta, a ti, que mientras vives te asemejas por el
sueño a los míseros muertos?
59.- Una vida bien cumplida el siempre larga.
60.- Como un día bien empleado procura un dulce sueño, así una vida
bien utilizada conduce a una dulce muerte.
61.- ¡Oh, tiempo!, por tu causa los duros dientes de la vejez, poco a
poco y con lenta muerte, consumen todas las cosas. Elena, mirando al espejo las
marchitas arrugas de la vejez en su rostro, dolíase y pensaba que había sido
raptada dos veces.
62.- Los hombres buenos son naturalmente deseosos de saber.
63.- La adquisición de cualquier conocimiento es siempre útil al
intelecto, que sabrá descartar lo malo y conservar lo bueno.
64.- Es imposible amar algo ni odiar algo, sin empezar por conocerlo.
65.- Adquiere en tu juventud de qué compensar el perjuicio de la
vejez. Si comprendes que la vejez tiene por sustento la sabiduría, te
esforzarás durante tus jóvenes años para que, en los últimos, no carezcas de
alimento.
66.- Cornelio Celso: «El soberano bien es la sabiduría; el soberano
mal es el dolor del cuerpo.» Pero compuestos como estamos de dos cosas: alma y
cuerpo, de las cuales la primera es la mejor y la segunda la peor, y la sabiduría
perteneciendo a la parte mejor y el sumo mal a la peor, será óptima cosa la
sabiduría y pésima cosa el dolor del cuerpo. Por consiguiente, así como el sumo
mal es el dolor corpóreo, la sabiduría es el sumo bien del alma en el hombre
consciente: nada hay que pueda serle comparado.
67.- El conocimiento del tiempo pasado y del estado de la Tierra en él
son el ornato y el alimento del espíritu humano.
68.- El renombre del rico termina con su vida; se recuerda el tesoro,
pero no al atesorador. Muy otra es la gloria de la virtud de los mortales que
la de sus tesoros.
69.- Cuántos emperadores y príncipes han pasado sin dejar recuerdo.
Sólo se propusieron conquistar Estados y riquezas para que les sobreviviera su
memoria. Cuántos, al contrario, vivieron pobres de dinero, para poder adquirir
virtudes: y su deseo se ha cumplido en tanto cuanto la virtud sobrepasa a la
riqueza.
70.- ¿No ves tú que el tesoro no honra a su acumulador, después de su
vida, como hace la ciencia, que atestigua y proclama a su creador, porque es
hija de quien la genera y no hijastra como la pecunia?
71.- Demetrio solía decir que no hay diferencia entre las palabras y
la voz de los tontos ignorantes y los ruidos del vientre que provienen del
exceso de gases.
72.- La lujuria es causa de la generación. La gula mantiene la vida.
El miedo o el temor la prolongan. El dolor es la salvación del organismo.
73.- Así como la animosidad entraña peligro para la vida, el miedo es
causa de seguridad para ella.
74.- La paciencia obra contra la s injurias como los vestidos contra
el frío. Si multiplicas los abrigos según la intensidad del frío, éste no podrá
perjudicarte. Así, frente a las injurias, redobla la paciencia, y ellas no
podrán alcanzarte.
75.- Nuestro juicio no aprecia las cosas hechas en distintos períodos
de tiempo ni en distancia relativa; porque los hechos ocurridos antes nos
parecen próximos y casi actuales, y otras muchas cosas muy vecinas en el tiempo
nos parecen lejanas, porque tienen por antigüedad la época de nuestra juventud.
76.- He aquí una cosa que rechazamos cuanto más la necesitamos: el
consejo. De mala gana lo escucha quien más lo necesitaría, a saber: el
ignorante.
77.- He aquí otra cosa que más nos persigue cuanto más huimos de ella:
la miseria, que en la medida que pretendemos evitarla nos agobia sin darnos
reposo.
78.- Cuando la obra satisface al juicio, es una triste señal para el
juicio; cuando la obra supera al juicio, éste es pésimo, como ocurre cuando
alguien se maravilla de su trabajo; pero cuando el juicio supera a la obra, he
ahí un signo perfecto; y si un joven se halla en tal disposición, llegará sin
duda a ser un excelente artista, aunque sólo compondrá pocas obras, pero llenas
de cualidades que detendrán a los hombres para admirar sus perfecciones.
79.- Quien no pone freno a su voluptuosidad, desciende al nivel de los
brutos.
80.- El placer y el dolor pueden representarse aparejados, porque
jamás están separados uno del otro: vueltos de espaldas, porque son contrarios
uno al otro, y colocados sobre un mismo cuerpo, pues tienen el mismo
fundamento, desde que el placer está en el esfuerzo contra el desagrado, y este
último se halla en el fondo de todos los placeres. Y lo figuramos con una caña
en la mano, símbolo de la vanidad sin fuerza, pero cuyos pinchazos son, no
obstante, venenosos. Se emplean las cañas en la Toscana para soporte de los
lechos, significando que ellos son el teatro de vanos ensueños, que en ellos se
consume gran parte de la vida y se pierde mucho tiempo útil, especialmente en
la mañana, cuando la mente está sobria y reposada, y el cuerpo apto para nuevas
fatigas; y allí, en fin, nos entregamos a muchos vanos placeres, ya con la
mente, imaginando cosas imposibles, o gozando con el cuerpo de placeres que
disminuyen la vitalidad. Es por estos motivos por los que la caña se emplea a
tales fines.
81.- Si tú me dices que la visión impide la fija y sutil cogitación
mental que penetra en las divinas ciencias, y que tal impedimento condujo a un
filósofo a privarse de la vista, responderé que el ojo, como señor de los
sentidos, cumple con su deber impidiendo las disputas confusas y engañosas, que
nada tienen que ver con la ciencia y que van siempre acompañadas de ruidosas
exclamaciones y grandes gestos; y el mismo deber incumbiría al sentido del
oído, que sufre, más aún que el de la vista, de aquellas disputas; porque ellas
malogran su deseo de concordancia entre los dos sentidos. Y si aquel filósofo
se arrancó los ojos para razonar mejor, tal acto fue digno de fruto de su
cerebro enfermo y de aquellas vanas disputas; porque todo ello fue locura. ¿No
podía, en efecto, al entrar en semejante frenesí, haber cerrado los ojos y no
abrirlos de nuevo hasta que el furor se calmase? ¡Pero el hombre estaba sin
duda loco, y loco era su razonamiento que lo llevó estúpidamente a privarse de
la vista!
82.- La parte tiende a reunirse con su todo para huir de su
imperfección. El alma desea permanecer unida al cuerpo, porque, sin los
instrumentos orgánicos del mismo, no puede obrar ni sentir.
83.- La cosa amada atrae al amante como lo sensible al sentido, hasta
que se unen en un solo objeto. La obra es lo primero que nace de esa unión. Si
la cosa amada es vil, el amante se torna vil. Cuando la unión conviene al que
la realiza, resulta para él deleite, placer, satisfacción. Cuando el amante se
une a la cosa amada, reposa en ella.
84.- De oscuras y tenebrosas cavernas saldrá una cosa que infundirá a
toda la especie humana grandes inquietudes y peligros mortales. A muchos que lo
buscarán, el oro dará, tras múltiples afanes, algunos placeres, y el que esté
privado de él morirá entre sufrimientos y calamidades.
85.- Inspirará infinitas traiciones; arrastrará a todos los hombres a
cometer asesinatos, robos y perfidias; sembrará la sospecha entre los
partidarios, arrebatará el estado a las ciudades libres, quitará a muchos la
vida, enemistará a los hombres entre sí con muchos artificios, engaños y
traiciones.
86.- ¡Oh, animal monstruoso, cuánto mejor sería para los hombres que
volvieses al infierno! ¡Por tu culpa las grandes selvas quedarán desnudas de
sus vegetaciones e infinitos animales perderán la vida!
87.- Y tú, hombre, que consideras en este trabajo mío las obras
admirables de la naturaleza, si admites que sería cosa nefanda destruirlo,
piensa qué cosa nefandísima sería quitar la vida al hombre. Si juzgas que su
composición corpórea es un maravilloso artificio, has de reconocer, sin
embargo, que ella es nada, comparada con el alma que habita en semejante
arquitectura; y, a la verdad, tal como es, es cosa divina. Déjala, pues, ocupar
su obra a su gusto, y no quieras que tu cólera o malignidad destruya tan
hermosa vida, pues quien no la estima no la merece. Es contra su voluntad como
el alma se separa del cuerpo; y cuando lo hace, su queja y su dolor no son sin
causa.
88.- Los médicos nos atribuyen enfermedades que ellos mismos no
conocen.
89.- Si quieres conservar tu salud, lo conseguirás en la medida que
sepas evitar a los médicos, porque sus remedios son del mismo género que la
Alquimia, la cual ha producido tantos tratados como la Medicina.
90.- ¡Oh, Naturaleza negligente! ¿Por qué eres tan parcial y no tratas
a tus hijos como una buena madre, sino como una cruel e implacable madrastra?
Veo a tus hijos entregados al servicio ajeno, sin ninguna ventaja para ellos,
recibiendo por remuneración del bien que nos hacen cruelísimos martirios, y
agotando su vida en beneficio de su verdugo. (Acémilas.)
91.- Los más duros trabajos, recompensados por el hambre, la sed, el
dolor, los garrotazos, los puñetazos, las maldiciones y vil trato. (Los asnos.)
92.- ¿La belleza y la utilidad no pueden, acaso, ir juntos como en los
castillos y en los hombres?
93.- Las bellezas y las fealdades aparecen más potentes las unas por
las otras.
94.- ¡Oh, miseria humana, a cuántas cosas te sometes por el dinero!
95.- Tanto da hablar bien del malvado como hablar mal del bueno.
96.- La constancia no está en empezar, sino en perseverar.
97.- Un vaso de arcilla cruda, si se rompe puede repararse, pero no el
de arcilla cocida.
98.- No siempre es bueno lo que es bello... Ejemplo de este error dan
los que hablan con elegancia, pero sin doctrina.
99.- Debes reprender en secreto a tu amigo y alabarlo en público.
100.- Pide consejo al que sabe corregirse a sí mismo.
101.- El mal que no me perjudica es como el bien que no me aprovecha.
102.- No reneguemos del pasado.
103.- Las amenazas sólo son armas para el amenazado.
104.- Quien no castiga el mal ordena que se haga.
105.- El que pretende enriquecerse en un día, se verá apremiado
durante un año.
106.- He aquí una cosa que cuanto más se necesita menos se estima: el
consejo.
107.- Mal haces si alabas, y peor si reprendes una cosa que no
entiendes bien.
108.- La justicia requiere poder, inteligencia y voluntad, y se
asemeja al águila.
109.- No existe mayor ni menor señorío que el sí mismo.
110.- Se expone a daños quien se gobierna por el consejo de los
jóvenes.
111.- Donde entra la ventura, la envidia le pone asedio y la combate.
Cuándo nos abandona, nos deja el dolor y el arrepentimiento.
112.- Quien no estima la vida no la merece.
113.- Cosa bella mortal pasa y no dura.
114.- La hiedra tiene larga vida.
115.- Cuando la fortuna viene, tómala a mansalva y por delante, pues
por detrás es calva.
116.- Las palabras que no satisfagan al oyente, le causan fastidio y
disgusto; ello se manifiesta generalmente por copiosos bostezos. Cuando hables,
pues, a hombres cuya benevolencia quieres captarte, si observas en ella tales
muestras de aburrimiento, abrevia tu discurso o cambia de tema; si no lo haces,
recogerás en vez de la benevolencia que deseas, odio y enemistad.
117.- Y si quieres saber lo que a uno deleita, sin necesidad de que te
lo diga, háblale de diversos asuntos, y cuando lo observes escuchando atento,
sin bostezos ni fruncimiento de cejas, ni otros signos semejantes, puedes estar
seguro de que la cosa de que hablas es la que le deleita.
118.- Bien sé que por no ser yo literato, algún presuntuoso podrá
razonablemente reprocharme mi falta de letras. ¡Gente necia! Ignoran los tales
que yo podría, como Mario a los patricios romanos, contestarles que los que a
sí mismos se adornan con ajenos trabajos, son los que se niegan a concederme el
mérito de los míos.
119.- Dirán que, por carecer de letras, no podré expresar bien lo que
deseo. No saben ellos que mis cosas valen más por ser fruto de la experiencia y
no de palabras ajenas, experiencia que fue maestra de los buenos escritores y
que yo por tal la reconozco y no cesaré de alegarla en todos los casos.
120.- ¡Oh, tontería humana! ¿No echas de ver que aunque has pasado
toda tu vida contigo mismo, no has logrado reconocer lo que mejor posees, a
saber: tu locura? Siguiendo la multitud de los sofistas, te engañas y engañas a
los otros. Desprecias las ciencias matemáticas, que contienen la verdadera
noción de las cosas que son de tu dominio; pasas luego a tratar de los
milagros, pretendiendo saber cosas que escapan a la capacidad de la mente
humana y no pueden demostrarse con ningún ejemplo natural; y piensas haber
realizado un milagro cuando has deteriorado la obra de algún ingenio
especulativo, sin advertir que incurres en el mismo error que el que despoja
una planta del ornamento de sus ramos, llenos de hojas, de olorosas flores y de
frutas.
121.- Tal hizo Justino, abreviador de las Historias escritas por Trogo
Pompeyo, que había relatado con admirable ornamento de arte las grandes hazañas
de sus antepasados. Compuso una obra desnuda y digna tan sólo de los espíritus
impacientes, para quienes es perder el tiempo emplearlo útilmente en el estudio
de las obras de la naturaleza y de las cosas humanas.
122.- Pero quédense ellos en compañía de las bestias; háganles cortejo
los perros y otros animales rapaces, y corran junto con éstos tras los
inocentes animales que, obligados por el hambre, en la época de las grandes
nieves, se acercan a tu casa a pedirte limosna como a su tutor.
123.- Felices los que prestan oído a los muertos: leamos los buenos
libros y pongamos en práctica sus enseñanzas.
124.- Ninguna investigación puede ya permitirnos escribir algo nuevo.
125.- Las ciencias imitables son aquellas en que los discípulos
igualan al maestro y pueden producir frutos semejantes. Éstas son útiles al
imitador, pero no alcanzan tanta excelencia como aquéllas, que no pueden
dejarse en herencia como otras sustancias.
126.- Entre las ciencias inimitables está en primer lugar la pintura.
Ella no se enseña a quien no tiene don natural, al contrario de las
matemáticas, en las que el discípulo recibe tanto cuanto el maestro le enseña;
ni se copia como las letras, en las que tanto vale la copia como el original;
ni se modela como en la escultura en la que el objeto modelado equivale al
original; y en cuanto a la fecundidad de la obra, ésta no produce infinitos
hijos como ocurre con los libros impresos. Sólo ella conserva su nobleza, sólo
ella honra a su autor, y queda preciosa y única sin parir hijos iguales a ella.
127.- Como se ve a los soberanos reyes del Oriente andar velados y
cubiertos, pensando que disminuiría su fama si publicaran y divulgaran su
presencia, así vemos con frecuencia las pinturas que representan las divinas
deidades, cubiertas con preciosos cortinados, y no se las descubre sin previas
solemnidades eclesiásticas de diversas músicas y cantos. Y apenas descubiertas,
la gran multitud del pueblo congregado se prosterna adorando y pidiendo el
restablecimiento de la salud perdida o la salvación eterna, ni más ni menos que
si el Ser figurado por la pintura estuviera allí presente y vivo.
128.- Esto no pasa con ninguna otra ciencia u obra humana. Y si
pretendieras que no es la fuerza del pintor la que entonces opera, sino la
propia virtud de la cosa imitada, te responderé que, si así fuera, la
imaginación podría satisfacerse quedándonos cómodamente en cama, en vez de
emprender difíciles y peligrosos peregrinajes, como los que vemos hacer
continuamente.
129.- Pero, si a pesar de todo, esos peregrinajes se realizan con
tanta frecuencia, ¿qué motivo los decide sin necesidad? Ciertamente confesarás
que ese motivo no es otro que el simulacro o pintura que representa en efigie y
potencia la idea de la divinidad, y que tal resultado podrían alcanzar todas
las escrituras imaginables. Parecería, pues, que esa idea ama tal pintura y a
quienes la aman y veneran, y que se complace más en ser adorada en esa que en
otra manera de imitación, y, en fin, que por ella concede gracias y dones de
salud -según creen los que a tal lugar concurren.
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