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Leonardo da Vinci Aforismos
(Saburía y proverbios)
Alegorías
Paisajes
581.- (I). Un efecto de nubes sobre el Lago Mayor. He visto ya tales
condensaciones de nubes en la atmósfera; y sobre Milán, cerca del Lago Mayor,
he visto una nube en forma de grandísima montaña, llena de peñascos
incendiados, porque el sol, que ya tocaba el horizonte, la teñía de su color
rojizo. Y esta nube atraía a sí todas las nubecillas que la rodeaban; y la nube
grande no se movía de su lugar; antes bien, conservó en su cumbre la luz del
sol hasta una hora y media después de anochecer, ¡tan inmensa era! Y hacia las
dos horas de la noche se levantaron grandes vientos de una fuerza estupenda e
inaudita.
582.- (II). Variadas coloraciones del mar. El mar undoso no tiene un
color único. Para quien lo ve de tierra firme es de un color oscuro, y tanto
más oscuro cuanto más vecino al horizonte, observándose en él algunas manchas
claras o lustrosas que se mueven con lentitud como blancas ovejas en medio de una
tropa de ganado. Para quien lo ve desde alta mar, parece azul; y esto viene de
que, desde la tierra, sus ondas reflejan la oscuridad de la tierra, mientras
que, observado de alta mar, se ve el aire azul reflejado como en un espejo
sobre la superficie de sus olas.
583.- (III). La isla de Chipre. De las costas meridionales de la
Cilicia se ve, hacia el sur, la bella isla de Chipre, que fue el reino de la
diosa Venus. Muchos, atraídos por su belleza, han destrozado los cascos y
obenques de sus naves contra los escollos que la rodean y en medio de las olas
vertiginosas. La hermosura del suave collado invita a los navegantes vagabundos
a recrearse entre sus floridas verduras que, agitadas por los vientos
juguetones, llenan de suaves olores la isla y el mar que la circunda... ¡Oh,
cuántos barcos naufragados en sus costas!, ¡cuántos despedazados en sus
escollos! Aquí podrían verse innumerables navíos deshechos y medio cubiertos de
arena, unos mostrando sólo la popa fuera del agua, otros la proa, o la carena,
o las cuadernas: espectáculo que hace soñar con un juicio final de buques
muertos, prontos a resucitar. ¡Tan grande en la multitud de los que cubren toda
la ribera septentrional! Aquí los aquilones resuenan con varios horribles
estruendos.
584.- (IV). Una ascensión al Monte-Rosa. Afirmo que el azul que el
aire muestra no es su color propio, sino que es causado por la humedad
caliente, evaporada en diminutos átomos insensibles, la cual absorbe los rayos
solares que la hieren y se hace luminosa bajo la oscuridad de las inmensas
tinieblas de la región del fuego que la recubren.
585.- Y esto verá, como lo vi yo, el que suba al Monteroso
(Monte-Rosa), cima de los Alpes que divide Francia de Italia. Esta montaña da
nacimiento en su base a cuatro ríos, que riegan en cuatro direcciones
contrarias toda la Europa; y ninguna montaña tiene su base a tanta altura.
586.- Su altura es tal, en efecto, que casi está por encima de todas
las nubes; y rara vez nieva sobre ella, sino únicamente granizo de verano,
cuando las nubes ascienden a mayor altura; y este granizo se conserva de modo
que, si no fuera porque rara vez cae y rara vez suben tan alto las nubes (cosa
que solamente ocurre un par de veces por generación), el hielo formado por
capas sucesivas de granizo alcanzaría grandísima altura. Ellas aparecen más
espesas a mediados de julio. Pude observar sobre mí la oscuridad tenebrosa del
aire, y comprobar que el sol hería aquí, más luminoso, la montaña, que en las
bajas llanuras; porque se interponía menos aire entre la cima de la montaña y
el sol mismo.
587.- (V).- La vegetación sobre una colina. Sus hierbas y plantas
serán de color tanto más pálido cuanto más árido y escaso, de humor sea el
terreno que las nutre; y el terreno es más árido y pobre sobre las piedras de
que se componen los montes. Los árboles serán tanto más pequeños y delgados
cuanto más próximos estén a las cumbres de los montes, pues el terreno es tanto
más estéril cuanto más vecino a dichas cumbres, y tanto más rico en humores
cuanto más se acerca a la concavidad de los valles.
588.- Mostrarás, por consiguiente, ¡oh, pintor!, en lo alto de los
montes, las piedras de que están constituidos, desprovistas de tierra en su
mayor parte; y las hierbas que allí nacen, pequeñas, delgadas, pálidas y secas
por falta de savia; y dejarás entrever el arenoso y magro terruño por entre las
pálidas hierbas, y las menudas plantas, fatigadas, envejecidas, de ínfimo
tamaño, con cortas y espesas ramificaciones y pocas hojas, descubriendo en gran
parte las raíces áridas y carcomidas, agarradas a las lajas y grietas de las
rugosas peñas, así como los troncos mutilados por los hombres y los vientos.
Aparezcan también por doquiera, superando montes y collados, peñascos vestidos
de sutil y pálido musgo, y sólo en partes luciendo su verdadero color, que el
rayo puso de manifiesto, hiriéndolos para vengarse del obstáculo opuesto por
ellos a su trayectoria.
589.- Y a medida que desciendas hacia la base de los montes, las
plantas serán más vigorosas y mejor provistas de ramos y hojas, y su verdor diferirá
de una a otra de las especies que forman la selva; siendo además diversa de una
a otra especie, la ramificación, tanto en la ordenación de los ramos como en su
frondosidad. Las hojas estarán a diferentes alturas y afectarán contornos
diferentes; ciertos árboles tendrán ramos rectos, como el ciprés; otros ramos
esparcidos y dilatados, como el castaño, la encina y sus semejantes. Algunos
tienen pequeñísimas sus hojas; o escasas, como el enebro y el plátano. En fin,
hay plantas que nacen separadas unas de otras; pero las hay también que crecen
unidas, sin espacios intermedios.
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