Leonardo da Vinci Aforismos
Alegorías
Chistes
691.- De un fraile y un mercader.- Los hermanos mínimos acostumbraban observar la cuaresma en sus conventos absteniéndose de comer carne; pero cuando van de viaje, como viven de limosnas, les está permitido alimentarse de todo lo que les ofrecen. Entrando pues, en una posada dos de esos religiosos, en compañía de cierto mercachifle, se sentaron los tres a la misma mesa. Sirviéronles, como único manjar, un pollo hervido, que otra cosa no había disponible en la mísera posada. Viendo el mercader que este único plato apenas bastaba para él solo, se volvió a los religiosos y les dijo: -Si mal no recuerdo, vosotros no coméis en vuestros conventos y en días como éstos, ninguna clase de carne. A estas palabras los religiosos, de acuerdo con su
regla, hubieron de contestar sin ambages, que tal era la verdad, con lo que el
mercachifle, muy satisfecho, se comió el pollo; y los hermanos tuvieron que
conformarse como pudieron.
692.- Partiéronse luego en compañía y sucedió que después de andar un
trecho, llegaron a un río de bastante anchura y profundidad. Como los tres iban
a pie -los hermanos por pobreza, y el otro por avaricia- fue necesario para
comodidad de la compañía, que uno de los frailes se descalzara y cargara sobre
sus hombros al mercachifle, y así lo hizo, dándole a guardar sus zuecos entre
tanto.
693.- Cuando el fraile se encontró en la mitad del río, le vino a la memoria una de las reglas de su orden, y este nuevo San Cristóbal, alzando la cabeza, preguntó al hombre que cargaba: -Dime, antes de seguir adelante, ¿llevas contigo algún dinero? -Sin duda -contestó el otro-; ¿puedes pensar, acaso, que un mercader como yo emprenda viaje en otras condiciones? -«¡Cuánto lo siento! -exclamó el fraile-; nuestra regla nos prohíbe llevar dinero encima. Y sin más, lo arrojó al agua. Comprendió entonces el mercader que ésta
era la alegre venganza de su mal proceder, y sonriendo pacíficamente, con rubor
y vergüenza la soportó.
694.- Agudeza de un artesano a su señor.- Solía un artesano visitar a
su señor, aunque sin el propósito de pedirle merced alguna. Preguntóle al fin
el señor cuál era el objeto de sus visitas, contestándole el artesano que sólo
quería darse un placer que no estaba al alcance del otro, por cuanto satisfacía
de ese modo un deseo muy común en la gente de su clase: el de ver a un hombre
más poderoso que él, mientras que el señor no pudiendo ver sino a hombres que
le eran inferiores, se veía privado de tal placer.
695.- Respuesta a un pitagórico.- Queriendo uno probar, con la autoridad de Pitágoras, cómo ya en otras épocas había estado en el mundo, y viendo que su interlocutor no le dejaba concluir su razonamiento, le dijo: -Y para demostrarte que, en efecto, no te engaño, yo recuerdo que tú eras entonces molinero. El otro, sintiéndose ofendido por tales palabras, le replicó
declarando que conocía la exactitud del hecho, confirmada por la circunstancia
-que ahora le venía a la memoria-, de que el amigo pitagórico era el asno que
traía la harina al molino.
696.- Respuesta de un pintor.- Preguntaban a un pintor por qué, mientras sus figuras -cosas muertas, al fin- eran tan bellas, sus hijos eran, al contrario, tan feos. -Es -contestó el pintor- porque mis pinturas las hago de
día y mis hijos de noche.
697.- Palabras de un moribundo.- Un enfermo estando ya a punto de
morir, oyó golpear a la puerta de su dormitorio, y preguntó a uno de sus
criados quién era el que así llamaba; y como el criado le contestara que era
una mujer de nombre Buena, el enfermo alzó los brazos, dio las gracias a Dios
en alta voz y ordenó a sus criados que la hiciesen entrar sin demora, a fin de
que pudiera ver, antes de morir, una mujer buena, pues en toda su vida no había
encontrado una sola que fuera digna de tal nombre.
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