Leonardo da Vinci Aforismos (Saburía y proverbios)

Alegorías

 

Figuras alegóricas

 

590.- El colérico.- A la figura airada, la harás cogiendo a un hombre por los cabellos, obligándolo a volver la cabeza hacia el suelo y apoyándole una rodilla al costado. Elevará un puño en alto, tendrá los cabellos echados para arriba, las cejas bajas y fruncidas, los dientes apretados y las proximidades de cada extremo de la boca arqueados. El cuello será grueso y lleno de arrugas por delante, debidas a la postura inclinada sobre el enemigo.

591.- El desesperado.- Le representarás hiriéndose con un cuchillo, y mostrando haberse desgarrado las ropas con las manos. Sus pies estarán separados, sus piernas un poco dobladas, toda su persona inclinada a tierra y arrancándose y dispersando sus cabellos.

592.- La envidia.- La envidia ofende con ficciones de infamia, es decir con palabras calumniosas que atemorizan la virtud.

593.- Se la representa con las manos insultando al cielo, porque, si pudiera, emplearía sus fuerzas contra Dios. Lleva una bella máscara mentirosa. Golpean sus ojos la palma y el olivo; su oído, el lauro y el mirto, significando así que la victoria y la verdad la ofenden. De ella brotarán humaredas que figuran la maledicencia. Hazla flaca y seca, porque un afán perpetuo la consume. Una hinchada serpiente le roerá el corazón. Darasle un carcaj lleno de flechas en forma de lenguas, porque frecuentemente ofende con su lengua. Vistela de una piel de leopardo, porque este animal envidia al león y lo mata alevosamente. Que lleve en la mano un vaso lleno de flores, y pon entre ellas escorpiones, sapos y otras bestias venenosas. Que vaya cabalgando a la Muerte, porque la Envidia nunca muere ni se cansa de dominar. Su brida irá cargada de diversas armas, todas instrumentos de la muerte.

594.- Apenas nace la virtud, cuando ya genera contra sí la Envidia, pues antes verás un cuerpo sin sombra que la virtud sin la Envidia.

 

Fábulas

 

595.- La mujer y la candela.- Las llamas duraban ya desde hacía un mes en el horno del vidriero, cuando vieron acercárseles una candela en un bello y lustroso candelero; se esforzaban, llenas de un gran deseo, en alcanzarla. Una de ellas, separándose de su curso natural, y pasando a través de un tizón hueco, del que se alimentaba, y escapándose por una pequeña hendidura del lado opuesto, se arrojó con suma gula y crueldad sobre la candela que le estaba próxima, y la devoró hasta consumirla casi enteramente; queriendo luego prolongar su propia vida, intentó en vano volver al horno de donde había partido, pero no pudo evitar morir y extinguirse junto con la candela. Así, finalmente, con llantos y arrepentimientos, se convirtió en humo detestable, mientras sus hermanas seguían gozando de larga vida y espléndida belleza.

596.- Falso esplendor.- No contenta la vanidosa y vagabunda mariposa de luz con poder volar cómodamente en el aire, y conquistada por la seductora llama de una vela, resolvió dirigir a ella su vuelo; pero su alegre carrera terminó en súbito dolor. La lumbre consumió, en efecto, sus alas sutiles, y el mísero insecto cayó todo quemado al pie del candelero. Tras muchas lágrimas de arrepentimiento, se enjugó los húmedos ojos, y levantándolos al cielo dijo así: ¡Oh, mentirosa luz!, ¡a cuántos como yo debes tú en pasados tiempos haber tristemente engañado! Si quería ver la luz, ¿no debí acaso distinguir la verdadera, que nos viene del Sol, de la falsa, que se alimenta de vil sebo?

597.- La llama y la marmita.- Un resto de fuego que en un pequeño trozo de carbón había quedado entre las tibias cenizas, se nutría escasa y pobremente del poco alimento que conservaba todavía. Sobrevino entonces la criada de cocina, para preparar la comida ordinaria; colocó algunos leños sobre el hogar, reavivando en él con una pajuela el ya casi extinguido fuego; agregó sobre la llama otros leños, puso la marmita sobre ellos, y sin ninguna preocupación más se alejó tranquila.

598.- Y ocurrió entonces que el fuego, invadiendo los secos leños puestos sobre él, comenzó a elevarse, desalojando el aire de los intervalos que los separaban y deslizándose por éstos con alegres y juguetones movimientos.

599.- Habiendo así convertido los intersticios por donde introducía su aliento en alegres ventanas para su uso, iluminaba, con el brillo de las rutilantes chispas que iluminaba, con el brillo de las rutilantes chispas que despedía el espacio de la cerrada cocina, disipando la oscuridad que la entenebrecía. Las llamas, desbordando al fin, se mezclaban con el aire circundante y mostraban su regocijo cantando con dulces murmullos de suaves sonidos...

600.- El fuego, contento de encontrar leños en el hogar, se acercó a ellos y dio en divertirse, tejiéndoles un velo de pequeñas llamas por entre los huecos que dejaban. Y así, gozoso y festivo, aparecía aquí y allá, siguiendo su camino por las alegres ventanas que él mismo se abría.

601.- Cuando se vio ya muy crecido y grande sobre los leños del hogar, empezó a hincharse, transformando su ánimo tranquilo y manso en soberbia inaguantable, como jactándose de atraer todo el elemento del fuego sobre aquellos pocos leños.

602.- Y resoplando y llenando de estampidos y centellas el hogar, las llamas agrandadas se elevaban unidas hacia el aire... Cuando las llamas más altas fueron a pegar contra el fondo de la marmita colocada sobre ellas...

603.- Quien se humilla será exaltado.- Colgada en la cumbre de un peñasco situado sobre la altura extrema de una altísima montaña, se hallaba un puñado de nieve que, recogiéndose en sí misma, empezó a trabajar con su imaginación y a decirse para sus adentros:

604.- ¿No me juzgarán acaso jactanciosa y soberbia al verme colocada, pequeña partícula de nieve, en tan elevado sitio, y permitiendo que tanta cantidad de nieve cuanta pueda ver desde aquí, ocupe un lugar inferior al mío? Mi pequeñez no merece a la verdad una posición tan elevada, y bien podría sucederme, en prueba de mi insignificancia, lo que ayer aconteció a mis compañeras, las cuales fueron en pocas horas consumidas por el sol; y de ello fue causa el haber usurpado un puesto más alto que el que les correspondía. Yo quiero huir de la cólera del Sol y descender hasta un lugar apropiado a mi mezquindad. Y, arrojándose abajo, fuese rodando por sobre las otras nieves. Pero a medida que bajaba su tamaño crecía en proporción, de manera que, al terminar su curso sobre un cerro, se mostró casi tan grande como él. Y ella fue la última que el sol derritió en aquel verano. Decimos esto a propósito de los humildes, que son exaltados.

605.- La navaja de afeitar.- Saliéndose un día la hoja de afeitar de su mango, que le sirve también de estuche, y habiéndose expuesto al sol, lo vio reflejado en su cuerpo, de lo que se envaneció grandemente y volviendo atrás su pensamiento, exclamó:

606.- ¿Volveré jamás a la tienda de donde acabo de salir? No, a buen seguro. ¡Dios no permita que tan espléndida belleza caiga en tan vil tentación! ¡Qué locura sería la de ir a rapar las enjabonadas barbas de rústicos aldeanos y ocuparme de mecánicos trabajos! ¿Convienen a este cuerpo semejantes ejercicios? Ciertamente, no. Prefiero esconderme en algún lugar secreto y pasar allí una vida de tranquilo reposo. Y en efecto, pasó unos cuantos meses oculta; pero vuelta al aire libre, alsalir de su mango, se vio convertida en algo semejante a una herrumbrosa sierra, e incapaz ya de reflejar en su superficie al sol resplandeciente. Con inútil arrepentimiento lamentó en vano el daño irreparable, diciendo para sí: ¡Oh, cuánto mejor fuera ejercitar en manos del barbero, mi tan agudo filo, ahora perdido! ¿Dónde está mi lustrosa apariencia? ¡La odiosa y fea herrumbre la ha destruido! Tal cosa ocurre a los ingenios que, en vez de ejercitarse, se entregan al ocio. Ellos, a semejanza de nuestra navaja, pierden su aguda sutileza, de manera que la herrumbre de la ignorancia los deforma.

607.- La agitación.- El torrente arrastró tanta tierra y tantas piedras en su lecho que tuvo que cambiar su curso.

608.- El papel y la tinta.- Viéndose el papel todo manchado de la negrura de la tinta, se lo reprocha; pero ella le demuestra que las palabras escritas sobre él serán motivo de su perduración.

609.- La piedra.- Una piedra de buen tamaño, cubierta por el agua hasta hacía poco, se mostraba sobre un lugar elevado, en el límite de un bosquecillo deleitoso y junto a un áspero camino. Rodeábanla hierbas y diversas flores de bellos colores, pero al ver las muchas piedras que debajo de ella estaban desparramadas en el camino, entrole el deseo de dejarse caer sobre ellas, diciéndose a sí misma: -¿Qué hago yo aquí con estas hierbas? Es en compañía de estas hermanas mías donde deseo instalarme.Y, dejándose caer en efecto, fue a terminar en medio de ellas su caprichosa trayectoria. Pasado algún tiempo, las ruedas de los carros, los pies de los viandantes, las patas herradas de los caballos, empezaron a darle continuo trabajo, y revolcada en el fango y pisoteada, cubierta de estiércol, dirigía vanamente su mirada hacia el lugar de solitaria y tranquila paz que había abandonado.

610.- Así acontece a los que, alejándose de la vida solitaria y contemplativa, vienen a vivir en las ciudades y entre gentes llenas de infinitos vicios.

611.- El agua.- Encontrándose el agua en el soberbio mar, que es su elemento, le vino el deseo de subir sobre el aire, y ayudada por el fuego elemental, elevándose en sutil vapor, parecía casi tan ligera como el aire mismo. Subiendo en alto, llegó adonde la atmósfera es menos densa y más fría, y allí fue abandonada del fuego; y las pequeñas partículas condensándose y uniéndose, se hicieron pesadas. Su descenso, convirtió la soberbia en fuga.

612.- Cayó, pues, del cielo y fue bebida por la seca tierra, en la cual por mucho tiempo encarcelada hizo penitencia de su pecado.

613.- El castaño y la higuera.- Viendo el castaño a un hombre que, trepado sobre una higuera, doblaba sus ramas hacia sí y de ellas arrancaba los maduros frutos que iba metiendo en la abierta boca para romperlos y dilacerarlos con los duros dientes, empezó a sacudir sus largas ramas y a decir: -¡Oh, higuera, cuánto menos que yo debes tú a la naturaleza! Observa cómo dispuso ella, para mejor guardar a mis dulces hijos, vestirlos primero de una delgada camisa y envolverlos luego en una piel espesa y resistente; y todavía, no satisfecha de tanto favorecerme, les construyó una sólida habitación, defendida por espinas abundantes y agudas, a fin de que las manos del hombre no puedan dañarla. La higuera entonces echose a reír junto con sus hijos, y cuando hubo concluido de reírse, le contestó así: -Tú ignoras que el hombre se ingenia, con pértigas, piedras y sarmientos, para hacerte bajar las ramas y privarlas de sus frutos, los cuales, caídos al suelo y golpeados con los pies o con piedras, salen estropeados y maltrechos fuera de la fortificada casa. A mí, entretanto, los hombres me tratan con manos cuidadosas y no -como a ti-, con palos y guijarros.

614.- Las malas compañías.- La viña envejecida sobre el viejo árbol, arrastrada por su triste compañero, compartió su ruina.

615.- El sauce que, gracias a sus largas ramas, pretende superar a los demás árboles, por haber trabado compañía con la vid, podada todos los años, era estropeado siempre al mismo tiempo que ella.

616.- El ligustro y el mirlo.- El ligustro sentía en sus delgadas ramas, cargadas de frutos nuevos, las heridas que le causaba con sus garras y su pico un importuno mirlo; y lo acusaba con dolientes quejas, pidiéndole que, ya que le robaba sus delicados frutos, le dejase al menos las hojas que lo defendían del quemante sol, y no lo descortezase, desnudándolo con sus agudas uñas, de su tierna piel. A ello contestó el mirlo con grosera aspereza: -¡Calla, vil arbusto! ¿Ignoras que la naturaleza te manda estos frutos para mi nutrimiento? ¿No sabes que si estás en el mundo es para alimentarme? ¿No prevés, villano, que en el próximo invierno harán fuego con tu leña?Palabras todas éstas que fueron pacientemente escuchadas por la planta, aunque no sin lágrimas. Poco tiempo después, el mirlo fue cogido en una red y los cazadores cortaron algunas ramas para construir una jaula donde encarcelarlo, siendo casualmente elegidas para formar el enrejado de la jaula algunas flexibles varas del ligustro. Cuando éstas observaron que eran causa de la pérdida de libertad del mirlo, festejaron el caso, dirigiéndole estas palabras: -¡Oh mirlo! ¡Aquí estamos, no consumidas aún por el fuego, a pesar de tus pronósticos: te vemos a ti preso antes que tú nos veas quemadas!

617.- La nuez y el campanario.- Sucedió que la nuez era llevada por una corneja a lo alto de un campanario. Dejola caer el pájaro en una grieta del muro, y así la nuez se vio librada del mortal pico de la corneja. Suplicó entonces al muro que la socorriera, por la gracia que Dios le había concedido de ser tan eminente y ornado de bellas campanas de tan venerable sonido; y que no la abandonase en la desdicha que le había impedido caer bajo las verdes ramas de su viejo padre y sobre la blanda tierra cubierta de hojas caídas, realizando así el voto que había hecho mientras se hallaba en el fiero pico de la fiera corneja, de acabar su vida, si escapaba de este peligro, en cualquier modesto rinconcito. Movido a compasión, consintió el muro en hospedarla en el lugar donde ella había caído. Al poco tiempo, empezó la nuez a abrirse y echar raíces por entre las fisuras de las piedras y ramas fuera de su cueva, hasta que estas ramas se elevaron por encima del edificio y aquellas raíces, cada vez más gruesas y retorcidas, abrieron los antiguos muros y sacaron las piedras de sus viejos sitios. Tarde y en vano deploró entonces el campanario la razón de su desgracia, cuando vio en poco tiempo arruinados sus muros.

618.- El sauce y la calabaza.- El mísero sauce, encontrándose con que no podía gozar del placer de ver sus flexibles ramas tornarse tan gruesas como deseaba, o erguirse en alto, por impedírselo la vecindad de una vid o de alguna otra planta, por cuya culpa crecía sin ramas, estropeado y maltrecho, concentró en sí mismo todas las fuerzas de su espíritu y con ellas, abriendo de par en par las puertas de la imaginación, empezó en medio de continuas reflexiones, a buscar entre todas las plantas existentes, con cuál podría aliarse, que no necesitara de la ayuda de sus ramas. Y tras un rato de nutrida imaginación (notrida imaginazione), la idea de la calabaza asaltó súbitamente su pensamiento y le hizo sacudir con alegría todas sus ramas, por parecerle que había encontrado la compañía más conveniente a su propósito; ya que, en efecto, la calabaza es más apta a enlazar otras plantas que a ser por ellas enlazada. Y, tomada ya su decisión, extendió al cielo sus ramas, a la espera de algún pájaro amigo que le sirviera de intermediario para la realización de su deseo. Y como viera allí cerca una urraca, dirigiole estas palabras: -¡Oh, gentil pájaro, yo te ruego, en retribución del socorro de cierta mañana, pocos días ha, te prestaron mis ramas cuando un hambriento halcón, cruel y rapaz, iba a devorarte, y por los momentos de reposo que sobre mí encontraste muchas veces, cuando tus alas lo pedían, y por tantos placeres como has gozado a mi abrigo mientras jugueteabas enamorado junto con tus compañeras: por todo eso te ruego que vayas adonde está la calabaza y le pidas unas pocas semillas, diciéndole que, una vez germinadas, yo las trataré tal como, si de mi propio cuerpo las hubiese generado; y emplea así todas aquellas palabras que la persuadan de cuál es mi intención, aunque a ti, maestra en el arte de hablar, no hay necesidad de aleccionarte. Y si haces esto, recibiré tu nido sobre el codo de mis ramas, en compañía de tu familia, sin que me pagues alquiler.La urraca, después de convenidas con el sauce y ratificadas las capitulaciones, entre las cuales figuraba en primer término el compromiso de no aceptar como inquilinos ni serpientes ni garduñas, levantó la cola, bajó la cabeza y confió a sus alas el peso de su cuerpo. Y agitándolas por el aire fugitivo y dirigiendo curiosamente su vuelo aquí y allá con ayuda del timón de su cola, se acercó a una calabaza, la saludó amablemente con algunas buenas palabras, le pidió las deseadas semillas, las cuales entregó al sauce -que las recibió con alegre semblante-, y las plantó en la tierra en tomo del tronco, previamente removida con su pico. Las semillas brotaron al poco tiempo, y se desarrollaron formando un ramaje que cubrió el sauce y le quitó, con sus grandes hojas, la belleza del sol y del cielo. Y como si no bastara con tanto perjuicio, las calabazas que nacieron luego, empezaron a doblar con su excesivo peso las delgadas ramas de sus extremos, causándoles grandes incomodidades y dolores. El sauce agitábase y se sacudía inútilmente para arrojar lejos de sí las calabazas; pero los días pasaban en vanos y engañosos esfuerzos, pues la trama sólida y resistente, malograba sus intentos. Sintiendo pasar el viento, le pidió que soplara con violencia y el viento accedió a su deseo. Se abrió entonces hasta la raíz el viejo y hueco tronco en dos partes, las cuales se derrumbaron, con gran dolor del sauce, que hubo de reconocer que su destino lo condenaba a no ser feliz jamás.

619.- El perro y la pulga.- Un perro dormía sobre la piel de un cordero capón, cuando una de sus pulgas, sintiendo el olor de lana grasienta, juzgó que allí encontraría mejor vida y más abrigo de los dientes y las uñas del perro de cuya sangre se nutría; y sin pensarlo más abandonó al perro y se introdujo en la espesa lana. Quiso, primero, con sumo trabajo, llegar hasta las raíces de los pelos; pero, tras mucho sudar, vio lo inútil de su empresa, porque estos pelos estaban tan apretados que casi se tocaban, y no había sitio entre ellos para atacar la piel. Después de mucho trabajo y fatiga, resolvió finalmente volver a su perro, y como éste se había ido entretanto, la pulga, quejosa y arrepentida, acabó por morirse de hambre.

620.- El mono y el pajarillo.- Encontró el mono un nido de pequeños pájaros y, muy contento, se arrojó sobre ellos, pero como ellos sabían ya volar, sólo consiguió apresar uno. Lleno de alegría, volvió con él en mano a su albergue y empezó a contemplarlo y a besarlo con entrañable amor; y tanto al fin lo besó, acarició y apretó, que acabó por sofocarlo. Decimos esto por aquellos cuyos hijos se pierden por no haber sido castigados a tiempo.

621.- El ratón, la comadreja y el gato.- Estando el ratón asediado en su pequeño albergue por una comadreja que esperaba, vigilante, el momento de matarlo, veía, a través de una estrecha rendija, a su peligroso enemigo. Entretanto, llegó el gato, cogió a la comadreja y la devoró enseguida. El ratón entonces, después de sacrificar unas cuantas nueces a Júpiter, le dio las gracias efusivamente, pero habiendo salido de su cueva para gozar de la libertad que había perdido, las feroces uñas y los dientes del gato le privaron luego no sólo de la libertad, sino también de la vida.

622.- La araña y el racimo de uvas.- Una araña metida entre las uvas, cogía las moscas que de esas uvas se alimentaban: vino la vendimia y fue machacada junto con las uvas.

623.- La misma araña, habiendo hallado un racimo de uvas, que por ser muy dulce eran visitadas por muchas abejas y diversas clases de moscas, creyó ser éste un sitio muy a propósito para sus emboscadas. Bajó, pues, a lo largo de su hilo sutil, hasta su nuevo puesto; y allí, por entre los intersticios de los granos de los racimos, asaltaba como un ladrón a los pobres animales, que no sospechaban su presencia. Pero pasados pocos días, los vendimiadores arrancaron el racimo y, junto con otros y con la misma araña, lo majaron. Y así el racimo fue lazo y engaño de la engañadora araña, como de las engañadas moscas.

624.- La ostra, el ratón y el gato.- La ostra que, junto con unos peces, había sido descargada cerca de la casa del pescador, próxima al mar, pidió al ratón que la condujese al mar. El ratón, con la intención de comerla, hace que se abra y la muerde. Pero ella la aprieta la cabeza y lo mantiene inmóvil: el gato sobreviene y lo mata.

625.- El halcón y el pato.- El halcón, no pudiendo soportar con paciencia que el pato huyese de él, escondiéndose bajo el agua, quiso, imitándolo, perseguirlo también bajo el agua; pero humedecidas sus plumas, no pudo remontar el vuelo y pereció ahogado, mientras el pato, remontándose en el aire, se burlaba de él.

626.- La ostra y el cangrejo.- En la época del plenilunio, la ostra se abre cuanto puede; el cangrejo, introduciéndose entonces un guijarro o una astilla, que le impide cerrarse, la devora. Tal ocurre a quien abre la boca y dice su secreto para provecho del malintencionado auditorio.

627.- Los tordos y la lechuza.- Los tordos vieron con mucha alegría que un hombre se apoderaba de una lechuza y la privaba de su libertad, ligándole las patas con fuertes lazos; la cual lechuza, con ayuda del visco, fue causa de que los tordos perdieran no sólo su libertad, sino también su propia vida. Dicho para aquellos pueblos que se regocijan viendo a sus gobernantes sin libertad, con lo que ellos mismos pierden todo socorro y caen presa del enemigo, que les arrebatará entonces muchas veces, además de la libertad, la vida misma.

628.- La araña.- La araña, queriendo envolver a la mosca en sus redes traidoras, pereció cruelmente entre ellas, muerta por el zángano.

629.- El cangrejo.- El cangrejo se mantenía oculto bajo una piedra y cogía los peces que penetraban en su escondrijo. Sobrevino una crecida, con su devastador arrastre de piedras, las cuales, rodando sobre el cangrejo, lo despachurraron.

630.- El olmo y la higuera.- Observando una higuera las ramas estériles de un olmo, su vecino, las cuales osaba robar el sol a sus frutas, verdes todavía, díjole en son de reproche: -¿No te avergüenzas, olmo, de estar delante de mí? Pero aguarda a que mis hijos lleguen a su edad madura, y verás luego cuál será tu suerte.

Y sucedió que, pasando algún tiempo después un escuadrón de soldados por aquel paraje, la emprendieron a golpes con la higuera para quitarle sus ya maduros frutos. Y el olmo, viéndola toda estropeada, lacerada y con sus ramas rotas, le preguntó:-¡Oh, higuera!, ¿no hubiera sido para ti mejor estar sin hijos, que venir a tan mísera situación a causa de ellos?

631.- Las plantas y el peral.- Viendo cómo tajaban un peral, el laurel y el mirto, gritaron con altas voces:-¡Oh, peral! ¿Adónde vas? ¿Dónde está la altanería que mostrabas cuando te veías cargado de maduros frutos? ¡Ya no podrás hacernos sombra con tu frondosa copa!El peral respondió entonces:-Yo iré con el labriego que me corta, y que me llevará al taller de un óptimo escultor, el cual me dará artísticamente la forma del dios Júpiter; y seré consagrado en el templo y adorado como el mismo Júpiter, mientras vosotros, estropeados y despojados de vuestras ramas, me serviréis de ornato, puesto en torno mío por los hombres para honrarme.

632.- El asno sobre el hielo.- Habiéndose dormido el asno sobre el hielo de un profundo lago, su calor derritió el hielo, y el asno, para su daño, hundiéndose en el agua, se ahogó apenas despierto.

633.- La hormiga y el grano de mijo.- La hormiga encontró un grano de mijo, que sintiéndose ya en su poder, le gritó:-Si tienes a bien dejarme gozar el placer de reproducirme, yo te devolveré ciento por uno.Y así fue hecho.

634.- Leyenda del vino y de Mahoma.- Hallándose el vino, ese sublime licor extraído de la uva, en una rica taza de oro, ensoberbecido por tanto honor, se sintió de pronto asaltado por un pensamiento contrario, y se dijo a sí mismo:-¿Qué hago, pues? ¿Por qué estoy tan alegre? ¿No advierto que estoy a punto de morir, dejando la habitación que me brinda esta áurea taza, para entrar en las torpes y fétidas cavernas del cuerpo humano y transformarme, de odorífero y suave licor, en fea y sucia orina? Y como si eso no bastara, tendré todavía que permanecer largo tiempo en inmundo receptáculos, con la maloliente y corrompida materia que expelen las entrañas.Y gritó al cielo reclamándole venganza contra su adverso destino y pidiéndole que pusiese fin de una vez a tanta degradación: que si el país producía las mejores uvas del mundo, tanto menos motivo existía para transformarlas en vino. Dispuso entonces Júpiter que el espíritu del vino bebido por Mahoma, subiera a su cerebro, enloqueciéndolo y haciéndolo cometer tales errores que, vuelto a su sano juicio, promulgó una ley que prohibía a los asiáticos el uso del vino.(Escrito al margen.)

635.- Apenas el vino entra en el estómago, comienza a hervir y a fermentarse; el alma empieza a abandonar el cuerpo, dirigiéndose hacia el cielo encuentra el cerebro, que es la causa de que ella haya abandonado el cuerpo; ya empieza a contaminarlo y a enfurecerlo a la manera de un loco; ya comete irreparables errores, matando a sus amigos...