Pietro Perugino
La vida de Pietro Perugino es un buen
ejemplo de la benéfica influencia que tiene a veces la pobreza, la cual impulsa
al hombre talentoso a perfeccionar sus dotes. Al trasladarse a Florencia,
huyendo de las terribles desgracias de Perusa, Pietro Perugino se dedicó a
hacerse un nombre por su propio ingenio. Durante muchos meses no tuvo otro
lugar donde dormir que un cajón y vivió estudiando su oficio con gran ahínco,
haciendo de la noche día. Una vez que esto se convirtió en un hábito, no supo
de otro placer que la práctica continua de su arte. Además, como siempre tenía
presente el temor a la pobreza, realizó para ganarse la vida cosas que
posiblemente no hubiese intentado disponiendo de recursos. La riqueza le habría
cerrado el camino de la perfección, pero se lo abrió la pobreza y lo acicateó
la necesidad, pues le dio deseos de ascender de tan mísera y baja condición a
un nivel en que al menos pudiera sustentarse. Así, pensando que un día podría
gozar de la holgura y del descanso, no se cuidó del frío ni del hambre, la
incomodidad, el trabajo o la vergüenza, siendo su dicho favorito que el buen
tiempo sigue necesariamente al malo y que las casas se construyen en la bonanza
para poder cobijarse en ellas cuando sobreviene la necesidad.
Mas, para que el progreso de este artista sea comprendido mejor, comenzaré desde el principio. Según los datos conocidos, nació en Perusa; era hijo de un hombre de condición humilde, oriundo de Castello della Pieve, llamado Cristofano, y fue bautizado con el nombre de Pietro. Criado en medio de la miseria y la necesidad, fue colocado por su padre como mandadero en el taller de un pintor de Perusa quien, aunque no muy hábil maestro, profesaba gran admiración por el arte y por aquellos que sobresalían en él. Nunca se cansaba de decirle a Pietro cuánta fortuna y honor brinda la pintura a aquellos que saben pintar bien, y le describía las recompensas obtenidas por los antiguos y los modernos, y le encarecía el estudio del arte. Logró encender la imaginación del muchacho, que aspiró, con la ayuda de la Fortuna, a ingresar en las filas de los pintores. A menudo preguntaba a su maestro en qué lugar los artistas se forman mejor, y éste contestaba invariablemente que en ninguna parte como en Florencia, pues allí los hombres lograban la perfección en todas las artes, y especialmente en la pintura, debido a tres causas: por el ánimo crítico, pues el ambiente hacía a los espíritus naturalmente libres y no se contentaban con la mediocridad, sino que valoraban las obras por su belleza y otras buenas cualidades, más bien que por sus autores. La segunda, era que quien quisiera vivir en Florencia debía ser trabajador, rápido y expeditivo, empleando constantemente su inteligencia y discernimiento y, además, debía ser capaz de ganar dinero, pues como Florencia no es comarca de riqueza y abundancia naturales no puede regalarse allí el dinero a quien hace poca cosa, como es posible hacerlo en tierras en que todo lo bueno abunda. La tercera, y quizá no menos influyente que las otras, es que la atmósfera causa en los hombres de toda profesión una sed vehemente de gloria y honor, de modo que nadie que posee una habilidad permitirá que otro le iguale, ni menos que otro le supere, aun cuando reconocen a algunos como maestros. Este deseo de la propia elevación los torna críticos mordaces e ingratos si no son naturalmente amables y sensatos. Es verdad que si un hombre ha aprendido cuanto necesita, y si desea hacer algo más que vegetar como un bruto, y quiere enriquecerse, debe abandonar la ciudad y vender sus obras en el extranjero, para propagar la reputación de la ciudad, como hacen los hombres doctos con respecto a la Universidad donde estudiaron, porque Florencia hace con los artistas lo que el Tiempo hace con sus obras: una vez hechas, las empieza a deshacer y las consume poco a poco. Movido por estos consejos y las instancias de otras personas, Pietro fue a Florencia con el propósito de distinguirse, y tuvo tanto éxito, que sus obras y su estilo fueron altamente estimados.
Estudió bajo la dirección de Andrea
Verrocchio, y las primeras pinturas que ejecutó, hoy destruidas por la guerra,
fueron para las monjas residentes en San Martino, en las afueras de la puerta
del Prato. En Camaldoli pintó un San Jerónimo en una pared, muy apreciado y alabado
a la sazón por los florentinos, porque representó al santo como un anciano
encorvado y arrugado, con los ojos puestos en un crucifijo. Está tan consumido
que parece un despellejado, como puede verse en una copia en poder de
Bartolommeo Gondi. En pocos años, Pietro ganó tal reputación, que no sólo
Florencia e Italia estaban colmadas con sus obras, sino también Francia, España
y muchos otros países. Como sus pinturas eran tan altamente apreciadas, los
comerciantes comenzaron a traficar con ellas enviándolas a diferentes lugares,
y obtuvieron con su venta pingües ganancias. Para el convento de las monjas de
Santa Chiara, Pietro hizo en una tabla un Cristo muerto, con un colorido tan
bello y original, que los artistas esperaban de él resultados maravillosos. Ese
cuadro contiene algunas hermosas cabezas de ancianos y varias Marías que lloran
mientras contemplan el cuerpo del Señor con indecible veneración y amor.
También introdujo allí un paisaje, considerado entonces hermosísimo, pues en
esa época no se conocía aún la verdadera técnica para ejecutarlos. Se cuenta
que Francesco del Pugliese quería pagar a las monjas tres veces lo que éstas
habían pagado a Pietro por el cuadro, y que el pintor hiciera otro para ellas,
mas no consintieron, pues Pietro contestó que no se creía capaz de hacer otro
igual al primero. En el convento de los Jesuitas, en las afueras de la puerta
de Pinti, había muchas obras de Pietro, pero como la iglesia y el convento han
sido destruidos, aprovecharé la oportunidad, antes de seguir adelante, para
decir algunas cosas sobre ellos.
Esta iglesia, proyectada por Antonio di Giorgio da Settignano, tenía cuarenta braccia de largo por veinte de ancho. Cuatro escalones conducían a una plataforma de seis braccia, sobre la cual estaba el altar mayor con ornamentos de piedra tallada y, sobre el mismo, encerrada en un rico marco, una pintura de Domenico Ghirlandaio, de la que ya hemos hablado. En el medio de la iglesia había una pared transversal con una puerta en el centro y un altar a ambos lados, en cada uno de los cuales se veía un cuadro de Perugino, como referiré luego, y sobre la puerta, un hermoso crucifijo de Benedetto da Maiano, entre dos relieves que representaban a Nuestra Señora y San Juan.
Delante de la plataforma del altar mayor, y unida a
la pared transversal, había una galería para el coro, de nogal, de estilo
dórico, muy bien hecha, y sobre la puerta principal de la iglesia había otra
galería para el coro, sostenida por una armazón de madera. La parte inferior de
este coro formaba un techo o sofito hermosamente dividido, con una balaustrada.
La galería era muy conveniente para los frailes del convento, a la noche para
sus horas, para sus devociones privadas, y también para los días de fiesta.
Sobre la puerta principal de la iglesia, que tenía bellísimos adornos de piedra
y un pórtico con columnas, había una luneta con San Justo Obispo, entre dos
ángeles, hermosa obra de Gerardo Miniatore. Ello se debía a que la iglesia
estaba dedicada a este Santo, de quien se conservaba allí un brazo como
reliquia. A la entrada del convento se encontraba un pequeño claustro que tenía
casi las mismas proporciones que la iglesia, vale decir cuarenta braccia por
veinte, y cuyos arcos y bóvedas descansaban sobre columnas de piedra formando
un pórtico muy espacioso y cómodo. En el centro del patio de este claustro, que
estaba pavimentado con piedras cuadradas, había una hermosa fuente y sobre ésta
un pórtico, también con columnas de piedra, formando una rica y hermosa
decoración. Al claustro daban la sala capitular de los frailes, la puerta
lateral de la iglesia, las escaleras que conducían al dormitorio y otras
dependencias destinadas a los frailes. Del claustro a la puerta principal del
convento se llegaba por un corredor tan largo como la sala capitular y la
despensa, correspondiente con otro claustro más grande y hermoso que el
primero. En todo este trayecto, que abarcaba las cuarenta braccia del pórtico
del primer claustro, el corredor y el pórtico del segundo, había una larguísima
perspectiva indeciblemente hermosa, particularmente porque existía en el jardín
una avenida de doscientas braccia de largo en la misma dirección y de esta
suerte se obtenía una vista notablemente bella desde la puerta principal del
convento. En el segundo claustro se encontraba un refectorio de sesenta braccia
de largo por dieciocho de ancho, con los aposentos necesarios y las cocinas,
indispensables para semejante convento. Arriba había un dormitorio en forma de
T, cuyo brazo derecho tenía celdas a ambos lados, con un oratorio en el
extremo, en un espacio de quince braccia. Sobre el altar había un cuadro de
Pietro Perugino y arriba de la puerta una pintura al fresco, del mismo. En ese
piso, encima de la sala capitular se encontraba una gran habitación en la cual
los frailes hacían vidrieras de colores, con hornos y todo lo necesario para
esta clase de trabajo.
Durante su vida, Pietro hizo los
cartones para muchos de esos trabajos que, por lo tanto, eran excelentes. El
jardín del convento era el más bello, el mejor cuidado y mejor arreglado de los
alrededores de Florencia, todo rodeado de viñas. Además, las habitaciones para
la acostumbrada destilación de perfumes y otros productos medicinales poseían
todas las comodidades imaginables. En suma, el convento era uno de los más hermosos
y mejor provistos de Florencia, y por eso deseaba yo ardientemente describirlo,
sobre todo porque casi todas sus pinturas eran de Perugino. Empero, ninguna de
éstas se ha conservado, con excepción de los paneles, pues los frescos fueron
destruidos durante el sitio, junto con la estructura de la iglesia. Las
tablas fueron retiradas a tiempo y trasladadas a la puerta San Pier Gattolini,
donde se alojó a los frailes en la iglesia y convento de San Giovannino. Las
dos pinturas que se encontraban en el tabique del coro de la iglesia eran de
Pietro, una representa a Cristo en el Huerto, acompañado de los Apóstoles,
dormidos. Aquí Pietro, al pintar los apóstoles en un estado de reposo absoluto,
muestra cómo el sueño calma los temores y borra las penas. La otra es una
Piedad, o sea, Cristo muerto en el regazo de su Madre, con cuatro figuras, nada
inferiores a las de otras obras suyas. Representó el cadáver de Cristo como
endurecido por el frío y su larga permanencia en la cruz, sostenido por San
Juan y la Magdalena, llorosos y afligidos. En otra tabla pintó una Crucifixión,
con la Magdalena y San Juan Bautista, San Jerónimo y el Beato Giovanni
Colombini, fundador de la Orden, realizado con extraordinario cuidado. Estas
tablas sufrieron considerablemente, pues se han obscurecido y están cuarteadas
en los lugares en sombra. Ello se debe a que cuando se pinta, se superponen
tres capas de pintura, y si la primera capa que se extiende sobre la
preparación no está completamente seca, los colores de las otras manos, al secarse,
se contraen y pasado un tiempo aparecen las resquebrajaduras. Pietro no podía
saberlo, pues en aquella época la pintura al óleo estaba en su infancia.
Como los trabajos de Pietro eran muy
alabados por los florentinos, un prior del mismo convento de los Jesuitas, muy
aficionado al arte, le encargó una Natividad, con los Reyes Magos, en estilo
minucioso, para una pared del primer claustro. Esta obra está finamente
ejecutada y su acabado es perfecto. Contiene gran número de cabezas y no pocos
retratos, entre los cuales se encuentra el de Andrea Verrocchio, su maestro. En
el mismo patio hizo, sobre los arcos de las columnas, un friso con cabezas de
tamaño natural muy bien ejecutadas y entre las cuales se encontraba la del
prior, realizada con tal vigor y vivacidad, que muchos de los más diestros
artistas la juzgaron la obra maestra de Pietro. En el otro claustro, sobre la
puerta que conduce al refectorio, pintó al Papa Bonifacio confirmando el hábito
del Beato Giovanni Colombini, e incluyó ocho retratos de frailes y una hermosa
perspectiva esfumada, lo cual le valió muchos bien merecidos elogios, pues
Pietro prestaba particular atención a esta especialidad. Debajo, en otra
escena, comenzó la Natividad de Cristo, con ángeles y pastores, en fresco
colorido; y sobre la puerta del oratorio pintó una Virgen con San Jerónimo y el
Beato Giovanni: tres medias figuras en un tímpano, tan primorosamente
ejecutadas, que fueron consideradas entre sus mejores pinturas murales.
He oído decir que el prior conocía el
secreto de la fabricación del azul de ultramar y, como tenía de ese color en
cantidad, deseaba que Pietro lo usara a discreción, pero como era tacaño y
desconfiado, quería estar presente cuando Pietro lo utilizaba. El pintor, que
era un hombre honesto y nunca deseaba lo que no ganaba, tomó a mal esta falta
de confianza y resolvió avergonzar al prior. En consecuencia, se procuró una
jofaina llena de agua y, cuando hacía paños u otras cosas que se proponía
pintar con azul y blanco, pedía constantemente color al prior, quien, como
mezquino que era, sacaba poco a poco el ultramar de su bolsa y lo iba poniendo
en la vasija cuando había que mezclarlo con agua. Entonces, Pietro empezaba a
trabajar y, cada dos pinceladas, enjuagaba el pincel en la jofaina, de suerte
que quedaba más color en el agua del que ponía en su trabajo. El prior, al ver
cómo desaparecía el caudal de su color y cuán poco progresaba la obra,
exclamaba continuamente: «¡Qué cantidad de ultramar consume ese revoque!».
«Podéis verlo vos mismo», replicaba Pietro. Cuando se retiraba el prior, Pietro
recogía el ultramar que se había asentado en el fondo del recipiente, y,
llegado el momento que juzgó oportuno, se lo devolvió al prior diciéndole:
«Padre, esto es vuestro. Aprended a confiar en los hombres honestos que jamás
engañan a quienes tienen fe en ellos, pero que pueden muy bien, si quieren,
engañar a los desconfiados como vos».
Por esta y por otras muchas obras,
ganó tanta fama que se vio casi obligado a trasladarse a Siena, donde pintó un
magnífico cuadro en San Francisco, y otro en Sant'Agostino, que representa una
Crucifixión y algunos santos. Poco después hizo un San Jerónimo Penitente en la
iglesia de San Gallo, de Florencia, el cual se encuentra actualmente en San
Jacopo tra Fossi, lugar donde viven los frailes, cerca de la esquina de los
Alberti. Luego ejecutó un Cristo muerto con San Juan y la Virgen, sobre la
escalera de la puerta lateral de San Pier Maggiore, y lo hizo tan bien, que a
pesar del viento y de la lluvia, conserva su frescura original. Pietro era, sin
duda, un hábil colorista, tanto en pintura al fresco como al óleo. De modo que
mucho le deben los artistas, ya que gracias a sus obras han adquirido
conocimientos. En Santa Croce, en la misma ciudad, pintó una Piedad con un
Cristo muerto, y dos figuras maravillosas, notables no tanto por su ejecución
cuanto por la manera como los colores al fresco han conservado su vivacidad y
frescura. Un ciudadano de Florencia, Bernardino de Rossi, le encargó un San
Sebastián para enviarlo a Francia; le pagó cien escudos de oro y luego vendió
el cuadro al rey de Francia por cuatrocientos ducados de oro. En Valle Ombrosa
pintó un cuadro para el altar mayor e hizo otro para los cartujos de Pavía. Por
encargo del cardenal Caraffa de Nápoles, pintó en el altar mayor del Piscopio
una Asunción de la Virgen con los apóstoles alrededor del sepulcro; y para el
abad Simone de Graziani, de Borgo San Sepolcro, ejecutó en Florencia un gran
cuadro que fue trasladado en hombros por mozos de cuerda hasta San Gilio del Borgo,
lo cual ocasionó grandes gastos. Para la iglesia de San Giovanni in Monte, en
Bolonia, pintó una tabla con algunas figuras de pie y una Virgen en el aire.
Como la fama de Pietro se había
propagado en toda Italia y fuera de ella, fue invitado, para su mayor gloria,
por el Papa Sixto IV a trasladarse a Roma y trabajar en su capilla con otros
artistas famosos. Allí hizo un Cristo entregando las llaves a San Pedro -en que
figura Dom Bartolommeo della Gatta, abad de San Clemente de Arezzo- y también
la Natividad y el Bautismo de Cristo, el nacimiento de Moisés y su salvamento
por la hija del Faraón. En la pared donde está el altar mayor pintó una
Asunción de la Virgen, con un retrato de Sixto IV arrodillado. Pero estas
pinturas fueron destruidas, en la época del Papa Pablo III, para dejar lugar al
Juicio Final del divino Miguel Ángel. En el palacio del Papa decoró un techo,
en la torre de los Borgia, con escenas de la vida de Cristo y follajes en
claroscuro, que en su tiempo fueron muy apreciados por su excelencia. En San
Marcos de Roma hizo una historia de dos mártires, cerca del Sacramento: son de
sus mejores trabajos en dicha ciudad. En el palacio de Sant'Apostolo, pintó una
galería y otras habitaciones para Sciarra Colonna, obras por las cuales obtuvo
gran cantidad de dinero.
Decidió no permanecer más tiempo en
Roma y partió, disfrutando del favor de toda la corte, para regresar a Perusa,
su patria. Allí terminó varios cuadros y frescos, particularmente una pintura
al óleo de la Virgen y algunos Santos en la Capilla de la Señoría. En San
Francesco del Monte pintó dos capillas al fresco, en una de las cuales
representó a los Magos ofreciendo sus presentes a Cristo; en la otra hizo el
martirio de unos frailes franciscanos que fueron muertos al ir a ver al sultán
de Babilonia. En el convento de San Francesco pintó dos tablas al óleo, una
Resurrección de Cristo y un San Juan Bautista con otros Santos. En la iglesia
de los Servi hizo también dos cuadros, una Transfiguración y la historia de los
Reyes Magos, que se encuentra al lado de la sacristía; pero como estas pinturas
no tienen la excelencia corriente de las de Piero, se da por seguro que
pertenecen a sus primeras obras. En San Lorenzo, catedral de esta ciudad, en la
capilla del Crucifijo, hay una Virgen con San Juan y las otras Marías, San
Lorenzo, Santiago y otros santos. En el altar del Sacramento, donde se guarda
el anillo matrimonial de la Virgen, pintó sus esponsales. Luego, decoró toda la
sala de la audiencia del Cambio, representando en las divisiones de la bóveda
los siete planetas conducidos en carros tirados por diversos animales, según la
antigua costumbre. En la pared opuesta a la puerta de entrada pintó la
Natividad y la Resurrección de Cristo y, en una tabla, un San Juan Bautista en
medio de otros Santos. En las paredes laterales representó, en su estilo
característico, a Fabio Máximo, Sócrates, Numa Pompilio, Furio Camilo,
Pitágoras, Trajano, L. Sicinio, Leónidas Espartano, Horacio Cocles, Fabio,
Sempronio, Pericles el Ateniense y Cincinato; y en la otra pared, a los
profetas Isaías, Moisés, Daniel, David, Jeremías y Salomón y las Sibilas
Eritrea, Libia, Tiburtina, Delfica y otras. Debajo de cada figura puso una
inscripción apropiada. En una ornamentación pintó su retrato, que parece vivo y
lo firmó de esta suerte:
Petrus Perusinus egregius pictor.
Perdita si fuerat, pingendo hic
retulit artem:
Si nunquam inventa esset hactenus,
ipse dedit
Anno Salutis M. D .
Esta hermosa obra fue más alabada que
todas cuantas Pietro ejecutó en Perusa, y hoy es altamente valorada por los
habitantes de esa ciudad, en memoria de su gran compatriota. En la capilla
principal de San Agostino pintó una gran tabla encerrada en un rico marco, en
cuyo anverso se ve a San Juan Bautista bautizando a Cristo; en el reverso, vale
decir en la cara que mira al coro, está la Natividad con las cabezas de algunos
Santos. La predella contiene algunas escenas con pequeñas figuras, muy
cuidadosamente terminadas. En la misma iglesia, en la capilla de San Nicolás,
hizo un cuadro para Messer Benedetto Calera. Luego regresó a Florencia, donde
ejecutó, para los monjes de Cestello, un San Bernardo en una tabla, y en la
sala capitular una Crucifixión, la Virgen, San Benito, San Bernardo y San Juan.
En San Domenico de Fiesole, del lado derecho de la segunda capilla, hay una
Virgen con tres figuras, una de las cuales, un San Sebastián, es absolutamente
admirable.
Pietro trabajaba tanto y tenía tan
numerosos encargos, que a menudo se repetía y su concepción del arte se había
convertido hasta tal punto en manera, que hacía todas las figuras parecidas.
Cuando surgió Miguel Ángel Buonarroti, Pietro estaba ansioso por ver sus
figuras, tan alabadas por los artistas. Al advertir que la grandeza de su
propia fama, ganada con tantos esfuerzos, corría riesgo de eclipsarse, trató de
mortificar con palabras hirientes a aquellos que trabajaban. Por esto mereció
que Miguel Ángel lo calificara públicamente de artista grosero, aparte de otras
ofensas que le hicieron los artistas. Pietro no pudo tolerar semejante insulto
y ambos ventilaron el asunto ante el Tribunal de los Ocho, pero Pietro se hizo
muy poco honor con ese pleito.
Entre tanto, la Orden de los Servitas
de Florencia deseaba que los cuadros para su altar mayor fueran ejecutados por
algún maestro famoso y, como Leonardo había partido para Francia, se confió la
obra a Filippino. Mas, cuando Filippino había realizado la mitad de una de
las dos pinturas destinadas al altar, pasó a mejor vida y los frailes
encomendaron la terminación de la obra a Pietro, en quien tenían gran
confianza. Filippino había terminado el Descendimiento de Cristo, con Nicodemo
sosteniendo el cuerpo; Pietro hizo la Virgen desmayada y otras figuras. La obra
consistía en dos cuadros, uno vuelto hacia el coro de los frailes y el otro
hacia el cuerpo de la iglesia. El Descendimiento debía colocarse detrás del
coro y la Asunción delante. Pero esta obra resultó tan mediocre, que fue
menester alterar su disposición y se puso el Descendimiento en el frente y
detrás la Asunción. Luego, ambas fueron removidas para dar lugar al tabernáculo
del Sacramento y colocadas en otros altares, conservándose solamente seis
partes de la obra que incluye algunos santos en nichos, pintados por Pietro. Se
cuenta que cuando se descubrió esta pintura fue severamente criticada por los
nuevos artistas, particularmente porque Pietro había repetido figuras que ya
había usado. Aun sus amigos declararon que no se había tomado grandes molestias
sino que había abandonado el buen método de trabajar, sea por avaricia o para
ganar tiempo. Pietro contestaba: «He hecho las figuras que antes alababais y
que os proporcionaban gran placer. Si ahora no os satisfacen y no las alabáis
¿cómo puedo evitarlo?». Mas ellos lo atacaron agriamente en sonetos y
epigramas.
En consecuencia, Pietro, ya anciano,
abandonó Florencia y regresó a Perusa, donde realizó algunos frescos en San
Severo, monasterio de la orden de los Camaldulenses. Allí, su joven discípulo,
Rafael de Urbino, hizo algunas figuras, de las cuales hablaremos en su Vida. Pietro
trabajó también en Montone, La Fratta y muchos otros lugares de los alrededores
de Perusa, especialmente en Santa Maria degli Angeli, de Asís, donde pintó al
fresco un Cristo en la Cruz y otras figuras en la pared detrás de la capilla de
la Virgen, la cual comunica con el coro de los frailes. En la iglesia de San
Piero, en la abadía de los monjes negros de Perusa, pintó en el altar mayor un
gran cuadro de la Ascensión, con los apóstoles abajo, mirando hacia el cielo.
La peana contiene tres escenas ejecutadas con gran diligencia, particularmente
los Magos, el bautismo y la resurrección de Cristo, y toda la obra ha sido
realizada con tanto empeño, que es la mejor pintura al óleo de Pietro que se
encuentra en dicha ciudad. En Castello della Pieve comenzó un fresco sumamente
importante, pero no lo terminó. Cuando iba de Castello a Perusa o volvía, como
no confiaba en nadie, solía llevar su dinero consigo, pero unos hombres lo
acecharon en un paso y lo robaron. Logró que le perdonaran la vida y luego,
ayudado por sus numerosos amigos, recobró gran parte de su dinero, aunque su
aflicción por semejante pérdida lo puso al borde de la muerte.
Pietro no era religioso y jamás quiso
creer en la inmortalidad del alma, negándose obstinadamente, con palabras
propias de su cerebro de pórfido, a atender todas las buenas razones. Sólo
confianza en los bienes territoriales y hubiera hecho cualquier cosa por el
dinero. Obtuvo grandes riquezas y construyó y compró casas en Florencia. En
Perusa y Castello della Pieve adquirió muchas propiedades. Contrajo matrimonio
con una hermosa joven, que le dio varios hijos, y le gustaba que vistiera bien,
tanto dentro como fuera de su casa, y se dice que a menudo él mismo la
arreglaba. Habiendo alcanzado una edad bastante avanzada, Pietro murió a los
setenta y ocho años en Castello della Pieve, donde fue sepultado con grandes
honores en 1524.
Pietro formó en su estilo a muchos
artistas, pero uno sobrepujó sobremanera a los demás, y, habiéndose dedicado
por entero al honroso estudio de la pintura, superó en mucho a su maestro. Fue
el maravilloso Rafael Sanzio de Urbino, que trabajó durante muchos años con
Pietro, junto con su padre, Giovanni de Santi. Pinturicchio, pintor de Perusa,
también fue discípulo suyo y siempre conservó el estilo de Pietro, como lo
hemos señalado en su Vida.
Otro discípulo fue Rocco Zoppo, pintor
de Florencia, de quien Filippo Salviati posee una Virgen muy hermosa que, en
verdad, fue terminada por Pietro. Rocco pintó muchas Vírgenes y algunos
retratos que no es menester citar, salvo los que hizo de Girolamo Riaro y de F.
Pietro, cardenal de San Sixto, en la Capilla Sixtina, en Roma. Otro discípulo
de Pietro fue Montevarchi, quien pintó muchas escenas en San Giovanni di
Valdarno, de las cuales la más notable es la historia del milagro de la leche.
También dejó una serie de pinturas en Montevarchi, su ciudad natal. Gerino de
Pistoia también fue alumno de Pietro, con quien permaneció durante un tiempo.
Lo hemos citado en la Vida del Pinturicchio , así como a Baccio Ubertino de
Florencia, hábil dibujante y colorista, a quien Pietro utilizó mucho. En
nuestro Libro hay un dibujo a pluma, de su mano, que representa un Cristo en la
Columna. Es una obra muy encantadora.
Francesco, llamado el Bacchiacca,
hermano de dicho Baccio y también discípulo de Pietro, era un hábil maestro en
las figuras de pequeño tamaño, como se ve en muchas de sus obras que se
encuentran en Florencia, especialmente en las casas de Gio Maria Benintendi y
de Pier Francesco Borgherini. El Bacchiacca era aficionado a pintar grotescos,
y para el duque Cosme hizo un libro de estudios lleno de animales raros y
plantas dibujadas del natural, que se consideraban muy hermosas. Asimismo
dibujó cartones para muchas tapicerías que luego tejió en seda el maestro Giovanni
Rosto, flamenco, para las habitaciones del palacio de Su Excelencia.
Otro discípulo de Pietro, Juan el
Español, llamado El Spagna, fue el mejor colorista de todos los seguidores de
Perugino. Hubiera permanecido en Perusa después de la muerte de Pietro de no
ser por la envidia de los pintores del lugar, que odiaban a los extranjeros, lo
cual le obligó a retirarse a Spoleto donde, por su bondad y habilidad, obtuvo
como esposa a una dama de sangre noble y fue elegido ciudadano del lugar. Allí
realizó muchas obras, como en todas las demás ciudades de Umbría. En Asís pintó
el retablo en la capilla de Santa Catalina, en la iglesia inferior de San
Francisco, por encargo del cardenal español Egidio, e hizo otro en San Damiano.
En la capillita de Santa Maria degli Angeli, donde murió San Francisco, pintó
algunas medias figuras de tamaño natural, principalmente algunos compañeros del
Santo y otros Santos, llenos de vida, como fondo para una estatua de San
Francisco.
Pero el mejor maestro, entre dichos
alumnos de Pietro, fue Andrea Luigi de Asís, llamado l'Ingegno, quien en su
temprana juventud rivalizó, siendo discípulo de Pietro, con el mismo Rafael de
Urbino, pues el maestro lo empleaba en todas sus obras más importantes, tales
como las de la sala de audiencia del Cambio de Perusa donde hay varias hermosas
figuras de su mano; las que hizo en Asís y, por último, las que realizó en la
Capilla Sixtina, en Roma. En todas estas pinturas, Andrea prometía sobrepasar
de lejos a su maestro. Y sin duda hubiera sido así, pero la fortuna, que parece
irritarse contra los buenos comienzos, le impidió alcanzar la perfección, pues
fue atacado por una enfermedad en los ojos que lo volvió totalmente ciego, con
gran pesar de todos los que lo conocían. Cuando el Papa Sixto, muy amigo de los
talentos, se enteró de tan lamentable desgracia, ordenó a su administrador
pagarle una pensión anual durante toda su vida. Esto se hizo hasta que Andrea
murió, a la edad de ochenta y seis años.
Otros discípulos de Pietro, nacidos en
Perusa como él, fueron Eusebio San Giorgio, que pintó el cuadro de los Magos en
San Agostino; Domenico di Paris, que hizo muchas obras en Perusa y en sus
alrededores, secundado por Orazio, su hermano; Giannicola, que pintó un
Cristo en el Huerto, en San Francesco, la composición de Todos los Santos en la
capilla de los Baglioni, en San Domenico, y asimismo algunas escenas al fresco
sobre la vida de San Juan Bautista, en la capilla del Cambio; Benedetto
Caporali o Bitti, la mayoría de cuyas pinturas se encuentran en Perusa, su
ciudad natal, y que también practicó la arquitectura, arte en que produjo
muchas obras. Benedetto escribió un comentario sobre Vitruvio, que todos pueden
leer, pues está impreso, y fue seguido en estos estudios por su hijo Giulio,
pintor de Perusa. Pero ninguno de estos numerosos discípulos igualó a Pietro en
diligencia, en gracia del colorido, o en su estilo, que tanto agradó en su
época, que muchos vinieron de Francia, España, Alemania y otros países para
aprenderlo. Como dije, se había organizado todo un comercio con las obras de
Pietro antes del advenimiento del estilo de Miguel Ángel, a quien mostró la
verdad y los buenos métodos del arte, y los llevó a la perfección que
describiremos en la tercera parte, donde se tratará de la excelencia y perfección
de las artes, mostrando cómo los artistas que trabajan y estudian con
constancia, y no caprichosamente o a tontas y a locas, dejan obras que les
reportan fama, riqueza y amigos.
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