Pietro Perugino

 

La vida de Pietro Perugino es un buen ejemplo de la benéfica influencia que tiene a veces la pobreza, la cual impulsa al hombre talentoso a perfeccionar sus dotes. Al trasladarse a Florencia, huyendo de las terribles desgracias de Perusa, Pietro Perugino se dedicó a hacerse un nombre por su propio ingenio. Durante muchos meses no tuvo otro lugar donde dormir que un cajón y vivió estudiando su oficio con gran ahínco, haciendo de la noche día. Una vez que esto se convirtió en un hábito, no supo de otro placer que la práctica continua de su arte. Además, como siempre tenía presente el temor a la pobreza, realizó para ganarse la vida cosas que posiblemente no hubiese intentado disponiendo de recursos. La riqueza le habría cerrado el camino de la perfección, pero se lo abrió la pobreza y lo acicateó la necesidad, pues le dio deseos de ascender de tan mísera y baja condición a un nivel en que al menos pudiera sustentarse. Así, pensando que un día podría gozar de la holgura y del descanso, no se cuidó del frío ni del hambre, la incomodidad, el trabajo o la vergüenza, siendo su dicho favorito que el buen tiempo sigue necesariamente al malo y que las casas se construyen en la bonanza para poder cobijarse en ellas cuando sobreviene la necesidad.

Mas, para que el progreso de este artista sea comprendido mejor, comenzaré desde el principio. Según los datos conocidos, nació en Perusa; era hijo de un hombre de condición humilde, oriundo de Castello della Pieve, llamado Cristofano, y fue bautizado con el nombre de Pietro. Criado en medio de la miseria y la necesidad, fue colocado por su padre como mandadero en el taller de un pintor de Perusa quien, aunque no muy hábil maestro, profesaba gran admiración por el arte y por aquellos que sobresalían en él. Nunca se cansaba de decirle a Pietro cuánta fortuna y honor brinda la pintura a aquellos que saben pintar bien, y le describía las recompensas obtenidas por los antiguos y los modernos, y le encarecía el estudio del arte. Logró encender la imaginación del muchacho, que aspiró, con la ayuda de la Fortuna, a ingresar en las filas de los pintores. A menudo preguntaba a su maestro en qué lugar los artistas se forman mejor, y éste contestaba invariablemente que en ninguna parte como en Florencia, pues allí los hombres lograban la perfección en todas las artes, y especialmente en la pintura, debido a tres causas: por el ánimo crítico, pues el ambiente hacía a los espíritus naturalmente libres y no se contentaban con la mediocridad, sino que valoraban las obras por su belleza y otras buenas cualidades, más bien que por sus autores. La segunda, era que quien quisiera vivir en Florencia debía ser trabajador, rápido y expeditivo, empleando constantemente su inteligencia y discernimiento y, además, debía ser capaz de ganar dinero, pues como Florencia no es comarca de riqueza y abundancia naturales no puede regalarse allí el dinero a quien hace poca cosa, como es posible hacerlo en tierras en que todo lo bueno abunda. La tercera, y quizá no menos influyente que las otras, es que la atmósfera causa en los hombres de toda profesión una sed vehemente de gloria y honor, de modo que nadie que posee una habilidad permitirá que otro le iguale, ni menos que otro le supere, aun cuando reconocen a algunos como maestros. Este deseo de la propia elevación los torna críticos mordaces e ingratos si no son naturalmente amables y sensatos. Es verdad que si un hombre ha aprendido cuanto necesita, y si desea hacer algo más que vegetar como un bruto, y quiere enriquecerse, debe abandonar la ciudad y vender sus obras en el extranjero, para propagar la reputación de la ciudad, como hacen los hombres doctos con respecto a la Universidad donde estudiaron, porque Florencia hace con los artistas lo que el Tiempo hace con sus obras: una vez hechas, las empieza a deshacer y las consume poco a poco. Movido por estos consejos y las instancias de otras personas, Pietro fue a Florencia con el propósito de distinguirse, y tuvo tanto éxito, que sus obras y su estilo fueron altamente estimados.

Estudió bajo la dirección de Andrea Verrocchio, y las primeras pinturas que ejecutó, hoy destruidas por la guerra, fueron para las monjas residentes en San Martino, en las afueras de la puerta del Prato. En Camaldoli pintó un San Jerónimo en una pared, muy apreciado y alabado a la sazón por los florentinos, porque representó al santo como un anciano encorvado y arrugado, con los ojos puestos en un crucifijo. Está tan consumido que parece un despellejado, como puede verse en una copia en poder de Bartolommeo Gondi. En pocos años, Pietro ganó tal reputación, que no sólo Florencia e Italia estaban colmadas con sus obras, sino también Francia, España y muchos otros países. Como sus pinturas eran tan altamente apreciadas, los comerciantes comenzaron a traficar con ellas enviándolas a diferentes lugares, y obtuvieron con su venta pingües ganancias. Para el convento de las monjas de Santa Chiara, Pietro hizo en una tabla un Cristo muerto, con un colorido tan bello y original, que los artistas esperaban de él resultados maravillosos. Ese cuadro contiene algunas hermosas cabezas de ancianos y varias Marías que lloran mientras contemplan el cuerpo del Señor con indecible veneración y amor. También introdujo allí un paisaje, considerado entonces hermosísimo, pues en esa época no se conocía aún la verdadera técnica para ejecutarlos. Se cuenta que Francesco del Pugliese quería pagar a las monjas tres veces lo que éstas habían pagado a Pietro por el cuadro, y que el pintor hiciera otro para ellas, mas no consintieron, pues Pietro contestó que no se creía capaz de hacer otro igual al primero. En el convento de los Jesuitas, en las afueras de la puerta de Pinti, había muchas obras de Pietro, pero como la iglesia y el convento han sido destruidos, aprovecharé la oportunidad, antes de seguir adelante, para decir algunas cosas sobre ellos.

Esta iglesia, proyectada por Antonio di Giorgio da Settignano, tenía cuarenta braccia de largo por veinte de ancho. Cuatro escalones conducían a una plataforma de seis braccia, sobre la cual estaba el altar mayor con ornamentos de piedra tallada y, sobre el mismo, encerrada en un rico marco, una pintura de Domenico Ghirlandaio, de la que ya hemos hablado. En el medio de la iglesia había una pared transversal con una puerta en el centro y un altar a ambos lados, en cada uno de los cuales se veía un cuadro de Perugino, como referiré luego, y sobre la puerta, un hermoso crucifijo de Benedetto da Maiano, entre dos relieves que representaban a Nuestra Señora y San Juan.

Delante de la plataforma del altar mayor, y unida a la pared transversal, había una galería para el coro, de nogal, de estilo dórico, muy bien hecha, y sobre la puerta principal de la iglesia había otra galería para el coro, sostenida por una armazón de madera. La parte inferior de este coro formaba un techo o sofito hermosamente dividido, con una balaustrada. La galería era muy conveniente para los frailes del convento, a la noche para sus horas, para sus devociones privadas, y también para los días de fiesta. Sobre la puerta principal de la iglesia, que tenía bellísimos adornos de piedra y un pórtico con columnas, había una luneta con San Justo Obispo, entre dos ángeles, hermosa obra de Gerardo Miniatore. Ello se debía a que la iglesia estaba dedicada a este Santo, de quien se conservaba allí un brazo como reliquia. A la entrada del convento se encontraba un pequeño claustro que tenía casi las mismas proporciones que la iglesia, vale decir cuarenta braccia por veinte, y cuyos arcos y bóvedas descansaban sobre columnas de piedra formando un pórtico muy espacioso y cómodo. En el centro del patio de este claustro, que estaba pavimentado con piedras cuadradas, había una hermosa fuente y sobre ésta un pórtico, también con columnas de piedra, formando una rica y hermosa decoración. Al claustro daban la sala capitular de los frailes, la puerta lateral de la iglesia, las escaleras que conducían al dormitorio y otras dependencias destinadas a los frailes. Del claustro a la puerta principal del convento se llegaba por un corredor tan largo como la sala capitular y la despensa, correspondiente con otro claustro más grande y hermoso que el primero. En todo este trayecto, que abarcaba las cuarenta braccia del pórtico del primer claustro, el corredor y el pórtico del segundo, había una larguísima perspectiva indeciblemente hermosa, particularmente porque existía en el jardín una avenida de doscientas braccia de largo en la misma dirección y de esta suerte se obtenía una vista notablemente bella desde la puerta principal del convento. En el segundo claustro se encontraba un refectorio de sesenta braccia de largo por dieciocho de ancho, con los aposentos necesarios y las cocinas, indispensables para semejante convento. Arriba había un dormitorio en forma de T, cuyo brazo derecho tenía celdas a ambos lados, con un oratorio en el extremo, en un espacio de quince braccia. Sobre el altar había un cuadro de Pietro Perugino y arriba de la puerta una pintura al fresco, del mismo. En ese piso, encima de la sala capitular se encontraba una gran habitación en la cual los frailes hacían vidrieras de colores, con hornos y todo lo necesario para esta clase de trabajo.

 

 

 

Durante su vida, Pietro hizo los cartones para muchos de esos trabajos que, por lo tanto, eran excelentes. El jardín del convento era el más bello, el mejor cuidado y mejor arreglado de los alrededores de Florencia, todo rodeado de viñas. Además, las habitaciones para la acostumbrada destilación de perfumes y otros productos medicinales poseían todas las comodidades imaginables. En suma, el convento era uno de los más hermosos y mejor provistos de Florencia, y por eso deseaba yo ardientemente describirlo, sobre todo porque casi todas sus pinturas eran de Perugino. Empero, ninguna de éstas se ha conservado, con excepción de los paneles, pues los frescos fueron destruidos durante el sitio, junto con la estructura de la iglesia. Las tablas fueron retiradas a tiempo y trasladadas a la puerta San Pier Gattolini, donde se alojó a los frailes en la iglesia y convento de San Giovannino. Las dos pinturas que se encontraban en el tabique del coro de la iglesia eran de Pietro, una representa a Cristo en el Huerto, acompañado de los Apóstoles, dormidos. Aquí Pietro, al pintar los apóstoles en un estado de reposo absoluto, muestra cómo el sueño calma los temores y borra las penas. La otra es una Piedad, o sea, Cristo muerto en el regazo de su Madre, con cuatro figuras, nada inferiores a las de otras obras suyas. Representó el cadáver de Cristo como endurecido por el frío y su larga permanencia en la cruz, sostenido por San Juan y la Magdalena, llorosos y afligidos. En otra tabla pintó una Crucifixión, con la Magdalena y San Juan Bautista, San Jerónimo y el Beato Giovanni Colombini, fundador de la Orden, realizado con extraordinario cuidado. Estas tablas sufrieron considerablemente, pues se han obscurecido y están cuarteadas en los lugares en sombra. Ello se debe a que cuando se pinta, se superponen tres capas de pintura, y si la primera capa que se extiende sobre la preparación no está completamente seca, los colores de las otras manos, al secarse, se contraen y pasado un tiempo aparecen las resquebrajaduras. Pietro no podía saberlo, pues en aquella época la pintura al óleo estaba en su infancia.

 

 

Como los trabajos de Pietro eran muy alabados por los florentinos, un prior del mismo convento de los Jesuitas, muy aficionado al arte, le encargó una Natividad, con los Reyes Magos, en estilo minucioso, para una pared del primer claustro. Esta obra está finamente ejecutada y su acabado es perfecto. Contiene gran número de cabezas y no pocos retratos, entre los cuales se encuentra el de Andrea Verrocchio, su maestro. En el mismo patio hizo, sobre los arcos de las columnas, un friso con cabezas de tamaño natural muy bien ejecutadas y entre las cuales se encontraba la del prior, realizada con tal vigor y vivacidad, que muchos de los más diestros artistas la juzgaron la obra maestra de Pietro. En el otro claustro, sobre la puerta que conduce al refectorio, pintó al Papa Bonifacio confirmando el hábito del Beato Giovanni Colombini, e incluyó ocho retratos de frailes y una hermosa perspectiva esfumada, lo cual le valió muchos bien merecidos elogios, pues Pietro prestaba particular atención a esta especialidad. Debajo, en otra escena, comenzó la Natividad de Cristo, con ángeles y pastores, en fresco colorido; y sobre la puerta del oratorio pintó una Virgen con San Jerónimo y el Beato Giovanni: tres medias figuras en un tímpano, tan primorosamente ejecutadas, que fueron consideradas entre sus mejores pinturas murales.

He oído decir que el prior conocía el secreto de la fabricación del azul de ultramar y, como tenía de ese color en cantidad, deseaba que Pietro lo usara a discreción, pero como era tacaño y desconfiado, quería estar presente cuando Pietro lo utilizaba. El pintor, que era un hombre honesto y nunca deseaba lo que no ganaba, tomó a mal esta falta de confianza y resolvió avergonzar al prior. En consecuencia, se procuró una jofaina llena de agua y, cuando hacía paños u otras cosas que se proponía pintar con azul y blanco, pedía constantemente color al prior, quien, como mezquino que era, sacaba poco a poco el ultramar de su bolsa y lo iba poniendo en la vasija cuando había que mezclarlo con agua. Entonces, Pietro empezaba a trabajar y, cada dos pinceladas, enjuagaba el pincel en la jofaina, de suerte que quedaba más color en el agua del que ponía en su trabajo. El prior, al ver cómo desaparecía el caudal de su color y cuán poco progresaba la obra, exclamaba continuamente: «¡Qué cantidad de ultramar consume ese revoque!». «Podéis verlo vos mismo», replicaba Pietro. Cuando se retiraba el prior, Pietro recogía el ultramar que se había asentado en el fondo del recipiente, y, llegado el momento que juzgó oportuno, se lo devolvió al prior diciéndole: «Padre, esto es vuestro. Aprended a confiar en los hombres honestos que jamás engañan a quienes tienen fe en ellos, pero que pueden muy bien, si quieren, engañar a los desconfiados como vos».

Por esta y por otras muchas obras, ganó tanta fama que se vio casi obligado a trasladarse a Siena, donde pintó un magnífico cuadro en San Francisco, y otro en Sant'Agostino, que representa una Crucifixión y algunos santos. Poco después hizo un San Jerónimo Penitente en la iglesia de San Gallo, de Florencia, el cual se encuentra actualmente en San Jacopo tra Fossi, lugar donde viven los frailes, cerca de la esquina de los Alberti. Luego ejecutó un Cristo muerto con San Juan y la Virgen, sobre la escalera de la puerta lateral de San Pier Maggiore, y lo hizo tan bien, que a pesar del viento y de la lluvia, conserva su frescura original. Pietro era, sin duda, un hábil colorista, tanto en pintura al fresco como al óleo. De modo que mucho le deben los artistas, ya que gracias a sus obras han adquirido conocimientos. En Santa Croce, en la misma ciudad, pintó una Piedad con un Cristo muerto, y dos figuras maravillosas, notables no tanto por su ejecución cuanto por la manera como los colores al fresco han conservado su vivacidad y frescura. Un ciudadano de Florencia, Bernardino de Rossi, le encargó un San Sebastián para enviarlo a Francia; le pagó cien escudos de oro y luego vendió el cuadro al rey de Francia por cuatrocientos ducados de oro. En Valle Ombrosa pintó un cuadro para el altar mayor e hizo otro para los cartujos de Pavía. Por encargo del cardenal Caraffa de Nápoles, pintó en el altar mayor del Piscopio una Asunción de la Virgen con los apóstoles alrededor del sepulcro; y para el abad Simone de Graziani, de Borgo San Sepolcro, ejecutó en Florencia un gran cuadro que fue trasladado en hombros por mozos de cuerda hasta San Gilio del Borgo, lo cual ocasionó grandes gastos. Para la iglesia de San Giovanni in Monte, en Bolonia, pintó una tabla con algunas figuras de pie y una Virgen en el aire.

Como la fama de Pietro se había propagado en toda Italia y fuera de ella, fue invitado, para su mayor gloria, por el Papa Sixto IV a trasladarse a Roma y trabajar en su capilla con otros artistas famosos. Allí hizo un Cristo entregando las llaves a San Pedro -en que figura Dom Bartolommeo della Gatta, abad de San Clemente de Arezzo- y también la Natividad y el Bautismo de Cristo, el nacimiento de Moisés y su salvamento por la hija del Faraón. En la pared donde está el altar mayor pintó una Asunción de la Virgen, con un retrato de Sixto IV arrodillado. Pero estas pinturas fueron destruidas, en la época del Papa Pablo III, para dejar lugar al Juicio Final del divino Miguel Ángel. En el palacio del Papa decoró un techo, en la torre de los Borgia, con escenas de la vida de Cristo y follajes en claroscuro, que en su tiempo fueron muy apreciados por su excelencia. En San Marcos de Roma hizo una historia de dos mártires, cerca del Sacramento: son de sus mejores trabajos en dicha ciudad. En el palacio de Sant'Apostolo, pintó una galería y otras habitaciones para Sciarra Colonna, obras por las cuales obtuvo gran cantidad de dinero.

Decidió no permanecer más tiempo en Roma y partió, disfrutando del favor de toda la corte, para regresar a Perusa, su patria. Allí terminó varios cuadros y frescos, particularmente una pintura al óleo de la Virgen y algunos Santos en la Capilla de la Señoría. En San Francesco del Monte pintó dos capillas al fresco, en una de las cuales representó a los Magos ofreciendo sus presentes a Cristo; en la otra hizo el martirio de unos frailes franciscanos que fueron muertos al ir a ver al sultán de Babilonia. En el convento de San Francesco pintó dos tablas al óleo, una Resurrección de Cristo y un San Juan Bautista con otros Santos. En la iglesia de los Servi hizo también dos cuadros, una Transfiguración y la historia de los Reyes Magos, que se encuentra al lado de la sacristía; pero como estas pinturas no tienen la excelencia corriente de las de Piero, se da por seguro que pertenecen a sus primeras obras. En San Lorenzo, catedral de esta ciudad, en la capilla del Crucifijo, hay una Virgen con San Juan y las otras Marías, San Lorenzo, Santiago y otros santos. En el altar del Sacramento, donde se guarda el anillo matrimonial de la Virgen, pintó sus esponsales. Luego, decoró toda la sala de la audiencia del Cambio, representando en las divisiones de la bóveda los siete planetas conducidos en carros tirados por diversos animales, según la antigua costumbre. En la pared opuesta a la puerta de entrada pintó la Natividad y la Resurrección de Cristo y, en una tabla, un San Juan Bautista en medio de otros Santos. En las paredes laterales representó, en su estilo característico, a Fabio Máximo, Sócrates, Numa Pompilio, Furio Camilo, Pitágoras, Trajano, L. Sicinio, Leónidas Espartano, Horacio Cocles, Fabio, Sempronio, Pericles el Ateniense y Cincinato; y en la otra pared, a los profetas Isaías, Moisés, Daniel, David, Jeremías y Salomón y las Sibilas Eritrea, Libia, Tiburtina, Delfica y otras. Debajo de cada figura puso una inscripción apropiada. En una ornamentación pintó su retrato, que parece vivo y lo firmó de esta suerte:

Petrus Perusinus egregius pictor.

Perdita si fuerat, pingendo hic retulit artem:

Si nunquam inventa esset hactenus, ipse dedit

Anno Salutis M. D .

Esta hermosa obra fue más alabada que todas cuantas Pietro ejecutó en Perusa, y hoy es altamente valorada por los habitantes de esa ciudad, en memoria de su gran compatriota. En la capilla principal de San Agostino pintó una gran tabla encerrada en un rico marco, en cuyo anverso se ve a San Juan Bautista bautizando a Cristo; en el reverso, vale decir en la cara que mira al coro, está la Natividad con las cabezas de algunos Santos. La predella contiene algunas escenas con pequeñas figuras, muy cuidadosamente terminadas. En la misma iglesia, en la capilla de San Nicolás, hizo un cuadro para Messer Benedetto Calera. Luego regresó a Florencia, donde ejecutó, para los monjes de Cestello, un San Bernardo en una tabla, y en la sala capitular una Crucifixión, la Virgen, San Benito, San Bernardo y San Juan. En San Domenico de Fiesole, del lado derecho de la segunda capilla, hay una Virgen con tres figuras, una de las cuales, un San Sebastián, es absolutamente admirable.

Pietro trabajaba tanto y tenía tan numerosos encargos, que a menudo se repetía y su concepción del arte se había convertido hasta tal punto en manera, que hacía todas las figuras parecidas. Cuando surgió Miguel Ángel Buonarroti, Pietro estaba ansioso por ver sus figuras, tan alabadas por los artistas. Al advertir que la grandeza de su propia fama, ganada con tantos esfuerzos, corría riesgo de eclipsarse, trató de mortificar con palabras hirientes a aquellos que trabajaban. Por esto mereció que Miguel Ángel lo calificara públicamente de artista grosero, aparte de otras ofensas que le hicieron los artistas. Pietro no pudo tolerar semejante insulto y ambos ventilaron el asunto ante el Tribunal de los Ocho, pero Pietro se hizo muy poco honor con ese pleito.

Entre tanto, la Orden de los Servitas de Florencia deseaba que los cuadros para su altar mayor fueran ejecutados por algún maestro famoso y, como Leonardo había partido para Francia, se confió la obra a Filippino. Mas, cuando Filippino había realizado la mitad de una de las dos pinturas destinadas al altar, pasó a mejor vida y los frailes encomendaron la terminación de la obra a Pietro, en quien tenían gran confianza. Filippino había terminado el Descendimiento de Cristo, con Nicodemo sosteniendo el cuerpo; Pietro hizo la Virgen desmayada y otras figuras. La obra consistía en dos cuadros, uno vuelto hacia el coro de los frailes y el otro hacia el cuerpo de la iglesia. El Descendimiento debía colocarse detrás del coro y la Asunción delante. Pero esta obra resultó tan mediocre, que fue menester alterar su disposición y se puso el Descendimiento en el frente y detrás la Asunción. Luego, ambas fueron removidas para dar lugar al tabernáculo del Sacramento y colocadas en otros altares, conservándose solamente seis partes de la obra que incluye algunos santos en nichos, pintados por Pietro. Se cuenta que cuando se descubrió esta pintura fue severamente criticada por los nuevos artistas, particularmente porque Pietro había repetido figuras que ya había usado. Aun sus amigos declararon que no se había tomado grandes molestias sino que había abandonado el buen método de trabajar, sea por avaricia o para ganar tiempo. Pietro contestaba: «He hecho las figuras que antes alababais y que os proporcionaban gran placer. Si ahora no os satisfacen y no las alabáis ¿cómo puedo evitarlo?». Mas ellos lo atacaron agriamente en sonetos y epigramas.

En consecuencia, Pietro, ya anciano, abandonó Florencia y regresó a Perusa, donde realizó algunos frescos en San Severo, monasterio de la orden de los Camaldulenses. Allí, su joven discípulo, Rafael de Urbino, hizo algunas figuras, de las cuales hablaremos en su Vida. Pietro trabajó también en Montone, La Fratta y muchos otros lugares de los alrededores de Perusa, especialmente en Santa Maria degli Angeli, de Asís, donde pintó al fresco un Cristo en la Cruz y otras figuras en la pared detrás de la capilla de la Virgen, la cual comunica con el coro de los frailes. En la iglesia de San Piero, en la abadía de los monjes negros de Perusa, pintó en el altar mayor un gran cuadro de la Ascensión, con los apóstoles abajo, mirando hacia el cielo. La peana contiene tres escenas ejecutadas con gran diligencia, particularmente los Magos, el bautismo y la resurrección de Cristo, y toda la obra ha sido realizada con tanto empeño, que es la mejor pintura al óleo de Pietro que se encuentra en dicha ciudad. En Castello della Pieve comenzó un fresco sumamente importante, pero no lo terminó. Cuando iba de Castello a Perusa o volvía, como no confiaba en nadie, solía llevar su dinero consigo, pero unos hombres lo acecharon en un paso y lo robaron. Logró que le perdonaran la vida y luego, ayudado por sus numerosos amigos, recobró gran parte de su dinero, aunque su aflicción por semejante pérdida lo puso al borde de la muerte.

Pietro no era religioso y jamás quiso creer en la inmortalidad del alma, negándose obstinadamente, con palabras propias de su cerebro de pórfido, a atender todas las buenas razones. Sólo confianza en los bienes territoriales y hubiera hecho cualquier cosa por el dinero. Obtuvo grandes riquezas y construyó y compró casas en Florencia. En Perusa y Castello della Pieve adquirió muchas propiedades. Contrajo matrimonio con una hermosa joven, que le dio varios hijos, y le gustaba que vistiera bien, tanto dentro como fuera de su casa, y se dice que a menudo él mismo la arreglaba. Habiendo alcanzado una edad bastante avanzada, Pietro murió a los setenta y ocho años en Castello della Pieve, donde fue sepultado con grandes honores en 1524.

Pietro formó en su estilo a muchos artistas, pero uno sobrepujó sobremanera a los demás, y, habiéndose dedicado por entero al honroso estudio de la pintura, superó en mucho a su maestro. Fue el maravilloso Rafael Sanzio de Urbino, que trabajó durante muchos años con Pietro, junto con su padre, Giovanni de Santi. Pinturicchio, pintor de Perusa, también fue discípulo suyo y siempre conservó el estilo de Pietro, como lo hemos señalado en su Vida.

Otro discípulo fue Rocco Zoppo, pintor de Florencia, de quien Filippo Salviati posee una Virgen muy hermosa que, en verdad, fue terminada por Pietro. Rocco pintó muchas Vírgenes y algunos retratos que no es menester citar, salvo los que hizo de Girolamo Riaro y de F. Pietro, cardenal de San Sixto, en la Capilla Sixtina, en Roma. Otro discípulo de Pietro fue Montevarchi, quien pintó muchas escenas en San Giovanni di Valdarno, de las cuales la más notable es la historia del milagro de la leche. También dejó una serie de pinturas en Montevarchi, su ciudad natal. Gerino de Pistoia también fue alumno de Pietro, con quien permaneció durante un tiempo. Lo hemos citado en la Vida del Pinturicchio , así como a Baccio Ubertino de Florencia, hábil dibujante y colorista, a quien Pietro utilizó mucho. En nuestro Libro hay un dibujo a pluma, de su mano, que representa un Cristo en la Columna. Es una obra muy encantadora.

Francesco, llamado el Bacchiacca, hermano de dicho Baccio y también discípulo de Pietro, era un hábil maestro en las figuras de pequeño tamaño, como se ve en muchas de sus obras que se encuentran en Florencia, especialmente en las casas de Gio Maria Benintendi y de Pier Francesco Borgherini. El Bacchiacca era aficionado a pintar grotescos, y para el duque Cosme hizo un libro de estudios lleno de animales raros y plantas dibujadas del natural, que se consideraban muy hermosas. Asimismo dibujó cartones para muchas tapicerías que luego tejió en seda el maestro Giovanni Rosto, flamenco, para las habitaciones del palacio de Su Excelencia.

Otro discípulo de Pietro, Juan el Español, llamado El Spagna, fue el mejor colorista de todos los seguidores de Perugino. Hubiera permanecido en Perusa después de la muerte de Pietro de no ser por la envidia de los pintores del lugar, que odiaban a los extranjeros, lo cual le obligó a retirarse a Spoleto donde, por su bondad y habilidad, obtuvo como esposa a una dama de sangre noble y fue elegido ciudadano del lugar. Allí realizó muchas obras, como en todas las demás ciudades de Umbría. En Asís pintó el retablo en la capilla de Santa Catalina, en la iglesia inferior de San Francisco, por encargo del cardenal español Egidio, e hizo otro en San Damiano. En la capillita de Santa Maria degli Angeli, donde murió San Francisco, pintó algunas medias figuras de tamaño natural, principalmente algunos compañeros del Santo y otros Santos, llenos de vida, como fondo para una estatua de San Francisco.

Pero el mejor maestro, entre dichos alumnos de Pietro, fue Andrea Luigi de Asís, llamado l'Ingegno, quien en su temprana juventud rivalizó, siendo discípulo de Pietro, con el mismo Rafael de Urbino, pues el maestro lo empleaba en todas sus obras más importantes, tales como las de la sala de audiencia del Cambio de Perusa donde hay varias hermosas figuras de su mano; las que hizo en Asís y, por último, las que realizó en la Capilla Sixtina, en Roma. En todas estas pinturas, Andrea prometía sobrepasar de lejos a su maestro. Y sin duda hubiera sido así, pero la fortuna, que parece irritarse contra los buenos comienzos, le impidió alcanzar la perfección, pues fue atacado por una enfermedad en los ojos que lo volvió totalmente ciego, con gran pesar de todos los que lo conocían. Cuando el Papa Sixto, muy amigo de los talentos, se enteró de tan lamentable desgracia, ordenó a su administrador pagarle una pensión anual durante toda su vida. Esto se hizo hasta que Andrea murió, a la edad de ochenta y seis años.

Otros discípulos de Pietro, nacidos en Perusa como él, fueron Eusebio San Giorgio, que pintó el cuadro de los Magos en San Agostino; Domenico di Paris, que hizo muchas obras en Perusa y en sus alrededores, secundado por Orazio, su hermano; Giannicola, que pintó un Cristo en el Huerto, en San Francesco, la composición de Todos los Santos en la capilla de los Baglioni, en San Domenico, y asimismo algunas escenas al fresco sobre la vida de San Juan Bautista, en la capilla del Cambio; Benedetto Caporali o Bitti, la mayoría de cuyas pinturas se encuentran en Perusa, su ciudad natal, y que también practicó la arquitectura, arte en que produjo muchas obras. Benedetto escribió un comentario sobre Vitruvio, que todos pueden leer, pues está impreso, y fue seguido en estos estudios por su hijo Giulio, pintor de Perusa. Pero ninguno de estos numerosos discípulos igualó a Pietro en diligencia, en gracia del colorido, o en su estilo, que tanto agradó en su época, que muchos vinieron de Francia, España, Alemania y otros países para aprenderlo. Como dije, se había organizado todo un comercio con las obras de Pietro antes del advenimiento del estilo de Miguel Ángel, a quien mostró la verdad y los buenos métodos del arte, y los llevó a la perfección que describiremos en la tercera parte, donde se tratará de la excelencia y perfección de las artes, mostrando cómo los artistas que trabajan y estudian con constancia, y no caprichosamente o a tontas y a locas, dejan obras que les reportan fama, riqueza y amigos.