![]() |
Pintores y Pintura |
sus vidas y sus cuadros |
![]() |
| Retrato de Andrea Navagero y Agostino Beazzano |
![]() |
En cuanto a Rafael, creció el aprecio de su talento de tal manera, que siguió pintando, por encargo del Papa, la cámara segunda, hacia la sala grande. Había conquistado vasta fama y retrató en aquella época al Papa Julio, en un cuadro al óleo en que aparece tan vivo y verídico que causa temor verlo, como si se estuviera en presencia del Pontífice en carne y hueso. Esa obra se encuentra hoy en Santa Maria del Popolo, con una bellísima Virgen hecha en el mismo período, en la Natividad de Jesucristo: allí, Nuestra Señora cubre con un velo al Niño, tan hermoso, que por la expresión del rostro y todos los miembros muestra ser verdadero Hijo de Dios. No menos bellos son la cara y la cabeza de
la Virgen, que expresa alegría y piedad en su suprema hermosura. El José,
apoyado con ambas manos en un palo, está pensativo, contemplando al Rey y la
Reina del Cielo, con una admiración de viejo santísimo. Estos dos cuadros se
muestran en las fiestas solemnes.
Era grande la celebridad conquistada por Rafael en Roma en aquellos tiempos, y aunque su estilo tan suave era considerado bellísimo por todos, por mucho que había visto tantas antigüedades en esa ciudad y estudiado continuamente, hasta entonces no había dado a sus figuras cierta grandeza y majestad que les infundió más adelante. Ocurrió, pues, en esa época que Miguel Ángel le hizo al Papa, en la Capilla Sixtina, aquel escándalo del cual hablaremos en su Vida, y que lo obligó a huir a Florencia. Y como Bramante tenía la llave de la capilla, mostró a Rafael, como amigo, las pinturas de Miguel Ángel, para que pudiera comprender cómo trabajaba este maestro. Después de ver esas obras, Rafael
rehízo inmediatamente -en Santo Agostino, encima de la Santa Ana de Andrea
Sansovino- el Profeta Isaías que allí se ve y que ya había dado por terminado.
Gracias a lo que había visto de Miguel Ángel, mejoró y amplió considerablemente
su estilo, dándole más majestad. Y cuando Miguel Ángel vio luego esa pintura de
Rafael, pensó que Bramante -como en realidad había ocurrido- para provecho y
fama de Rafael había cometido aquella mala acción.
Poco después, Agostino Chisi, riquísimo mercader sienés, muy amigo de todos los hombres talentosos, confió a Rafael la decoración de una capilla, como consecuencia de haberle pintado el artista, en una galería de su palacio -hoy llamado el Chisi in Trastevere-, con dulcísimo estilo una Galatea que está en el mar, sobre un carro arrastrado por dos delfines, en torno de los cuales hay tritones y muchos dioses marinos. Hizo, pues, Rafael, los proyectos para dicha
capilla, que se encuentra en la iglesia de Santa Maria della Pace, a mano
derecha entrando por la puerta principal. La pintó al fresco, en su nuevo
estilo más magnífico y grandioso que el primero. Antes de haberse descubierto
públicamente las pinturas de la capilla de Miguel Ángel, pero habiéndolas
visto, sin embargo, Rafael, representó en aquella decoración a varios Profetas
y Sibilas que, a la verdad, son considerados lo mejor de su obra, y bellísimos
entre tantas cosas bellas. En las mujeres y los niños que allí pintó hay gran vivacidad
y colorido perfecto, y esta obra lo hizo apreciar grandemente, vivo y muerto,
pues es lo más notable y excelente que realizó en su existencia.
Luego, estimulado por los elogios de un camarero del Papa Julio, pintó la tabla del altar mayor de Araceli, en que hizo una Nuestra Señora en el aire, con un paisaje bellísimo, un San Juan, un San Francisco y un San Jerónimo representado como cardenal. La Virgen es de una humildad y modestia verdaderamente dignas de la Madre de Cristo; el Niño, en una hermosa postura, juega con el manto de su madre y en la figura de San Juan está expresada la penitencia del ayuno: hay en su rostro una sinceridad de ánimo y una expresión de firmeza características de quienes se apartan del mundo, lo desdeñan y, al tratar con la gente, odian la mentira y dicen la verdad. El San Jerónimo alza la cabeza y los ojos hacia
Nuestra Señora, en actitud contemplativa. Parece que se pintara en él toda la
doctrina y la sabiduría que puso en sus escritos, y con ambas manos presenta al
camarero, en actitud de recomendarlo. Este eclesiástico, en el retrato, parece
más bien vivo que pintado. Lo mismo vale en cuanto a la figura de San
Francisco, que Rafael hizo arrodillado, con un brazo extendido y la cabeza
alzada, mirando a Nuestra Señora y ardiente de caridad. Por el dibujo y el
color, expresa cómo el Santo se derrite de cariño, encontrando confortación y
ánimo en la mansísima mirada y la belleza de la Virgen y en la vivacidad y
hermosura de su Hijo. Puso Rafael en la tabla un niñito que está en el centro,
debajo de Nuestra Señora, alzando la cabeza hacia ella y sosteniendo una
cartela. En belleza de rostro y correspondencia de la persona no se puede hacer
nada más gracioso ni mejor. Además, el paisaje es singular y hermosísimo, todo
perfección.
Después, continuando las cámaras del palacio hizo una composición con el tema del milagro del Sacramento del corporal de Orvieto, o de Bolsena, como lo llaman algunos, en el cual aparece al sacerdote mientras dice la misa, con el rostro rojo de vergüenza al ver que por su incredulidad se ha licuado la Hostia sobre el corporal; con los ojos espantados y fuera de sí, en presencia de sus oyentes parece extraviado y como irresoluto. Se advierte en sus manos el temblor y el espanto que en semejantes casos se suele experimentar. Alrededor de él puso Rafael a muchas figuras: unos sirven la misa, otros están de rodillas en una escalinata e impresionados por la novedad del caso adoptan bellísimas actitudes y hacen ademanes diversos, expresando varios un sentimiento de culpabilidad que se advierte tanto en los hombres como en las mujeres. Hay una figura sentada en el suelo, con un niño en brazos, que parece escuchar el relato, hecho por otra, de lo sucedido al eclesiástico y que se da vuelta en un movimiento maravilloso, con gracia femenina muy propia y vivaz. Del otro lado del altar está el Papa Julio, oyendo la misa. Es algo maravilloso. También retrató Rafael al cardenal San Giorgio y muchos otros personajes. Combinó con el vano de la ventana una gradería que le permitió desarrollar la totalidad de la escena: si no estuviera allí esa abertura de la ventana, la composición no sería feliz.
A este respecto puede alabársele, pues en sus invenciones para el desarrollo de cualquier tema que sea, nadie ha sido nunca, en pintura, más ajustado, claro y sobresaliente que él. Lo demostró en el mismo lugar, frente al milagro de Bolsena, en el fresco que representa a San Pedro, prisionero de Herodes, en su cárcel custodiada por hombres armados. Tanto ha cuidado la arquitectura y con tal discreción ha mostrado el edificio de la prisión que, a la verdad, todos los artistas que le siguieron han producido tanta confusión como él produjo belleza. Rafael siempre trató de representar las escenas, tales como se describen en los textos, poniendo en ellas elegancia y excelencia. Así, muestra en esta composición el horror de la cárcel en que aquel anciano está encadenado entre dos soldados, el profundo sueño de los guardias y el vivo esplendor del Ángel que en las obscuras tinieblas de la noche ilumina con su luz todos los detalles de la prisión y hace resplandecer las armas, que parecen más bruñidas que si fuesen verdaderas, y no pintadas. No menos ingenio y arte desplegó el
pintor en la escena en que San Pedro, liberado de sus cadenas, sale de la
cárcel acompañado por el Ángel; su rostro expresa que todo eso le parece un
sueño, y no realidad; también se ve terror y espanto en la cara de los guardias
que están, armados, fuera de la prisión, y oyen el ruido de la puerta de
hierro. Un centinela, con la antorcha en la mano, despierta a los otros y la
luz de su hacha se refleja en todas las armas. Lo que no es iluminado por la
antorcha recibe la claridad de los rayos lunares. Como Rafael pintó esa
composición encima de la ventana, esa pared queda más obscura. Cuando miras,
pues, aquella escena, te da la luz en la cara y contrastan tan notablemente la
iluminación natural y las luces pintadas con aquel claror nocturno, que te
parece ver el humo de la tea, el esplendor del Ángel y las obscuras tinieblas
de la noche, tan reales y verídicos que no se diría nunca que están pintados,
habiendo expresado Rafael con tanta propiedad una imaginación tan difícil.
|
Expulsion de Heliodoro del Templo (Vaticano. Heliodoro el Sirio, general de Seleuco IV Filópator, rey de Siria, decidió confiscar el tesoro del Templo de Jerusalén para las arcas reales. En respuesta a las oraciones del Sumo Sacerdote Onías, Dios envía a un jinete a caballo, cubierto por una armadura de oro, que levantó contra él los cascos de su caballo, asistido por dos jóvenes resplandecientes, que lo golpearon y azotaron) |
![]() |
Hizo también el pintor, en una de las paredes enteras, el Culto Divino, el Arca y el Candelabro de los Hebreos, y al Papa Julio arrojando a la Avaricia de la Iglesia. Es una composición similar en belleza y en bondad a la noche descrita.En esa obra se ven algunos retratos de lacayos que vivían entonces y que transportan en la sede al Papa Julio, representado en la forma más viviente. Mientras un grupo de hombres y mujeres le abre paso, un individuo armado, a caballo, acompañado por otros dos que van a pie, avanza con furia y, en actitud ferocísima, golpea al orgullosísimo Heliodoro que, por mandato de Antíoco, pretende expoliar al templo de todos los depósitos de las viudas y los huérfanos. Allí se ve cómo se llevan ya una cantidad de ropas y tesoros, pero a causa del temor que provoca el accidente de Heliodoro, abatido y golpeado por los tres mencionados (que por ser meras visiones sólo por él son vistos y sentidos), la gente del ministro expoliador es presa de súbito espanto y cae, volcando y desparramando por el suelo todo lo que transportaba. Alejado de éstos se ve al santísimo pontífice Onías, vestido pontificalmente, orando con fervor mientras alza las manos y los ojos al cielo, afligido y compadeciendo a los pobres que perdían lo suyo y contento por el socorro que les llega de las alturas. Por bello capricho de Rafael, se ve, además, a muchas personas trepadas en los zócalos del basamento y abrazadas a las columnas en actitudes incomodísimas: miran lo que está sucediendo, y toda la gente parece atónita y expresa su asombro de diversas maneras. Esta obra es estupenda en todas sus
partes, y hasta los cartones de la misma son considerados con grandísima
veneración. Messer Francesco Masini, gentilhombre de Cesena (que sin ayuda de
maestro alguno, desde la niñez, guiado por un extraordinario instinto natural,
se dedicó al dibujo y la pintura y ha pintado cuadros muy elogiados por los
entendidos en arte), posee, entre sus muchos dibujos y algunos relieves en
mármol antiguos, unos cuantos trozos de esos cartones de Rafael para el fresco
de Heliodoro y los estima como lo merecen. Pero, volviendo a Rafael: en la
bóveda de esa sala pintó cuatro motivos, que son la Aparición de Dios a
Abraham, a quien promete la multiplicación de su linaje, el Sacrificio de
Isaac, la Escala de Jacob y la Zarza Ardiente de Moisés, en que se ve tanto
arte, invención, dibujo y gracia como en las demás cosas pintadas por él.
Mientras la felicidad de este artista daba de sí tan grandes maravillas, la envidia de la fortuna privó de la vida a Julio II, fomentador de tal talento y amador de toda cosa buena. Luego, proclamado León X, quiso que esa obra fuera continuada. Y Rafael vio crecer su talento hasta el cielo y fue objeto de agasajos infinitos por parte de ese príncipe tan grande que, por herencia de su familia, era muy inclinado al arte. Púsose Rafael animosamente a continuar la
obra y en la otra pared hizo la llegada de Atila a Roma y su encuentro, al pie
del monte Mario, con el Papa León III, quien lo echó de allí mediante
bendiciones solamente. En esta composición puso Rafael a San Pedro y San
Pablo en el aire, con la espada en la mano, acudiendo a defender a la Iglesia.
Pues si bien la historia de León III no menciona esto, por capricho suyo quiso
representarlo así, pues ocurre a menudo que tanto la pintura como la poesía
deriven un poco, para adorno de la obra, aunque sin alejarse inconvenientemente
del sentido fundamental del tema.
|
![]() |
Hay otros caballos muy hermosos, en particular un bereber manchado, montado por una figura que tiene todo el cuerpo cubierto de escamas que parecen de pescado. Este jinete ha sido copiado de la Columna Trajana, donde se ve a los hombres armados de esa manera, creyéndose que se cubrían con cueros de cocodrilo. También se ve el monte Mario
incendiado, lo que muestra que cuando se alejan los soldados, sus
acantonamientos siempre quedan presas de las llamas. Rafael retrató del natural
a algunos maceros que acompañan al Papa y están vivísimos, lo mismo que los
caballos que montan, la comitiva de los cardenales y los palafreneros que
conducen a la jaca en que cabalga León X, en sus hábitos pontificales.
Dicha pintura es maravillosísima de colorido y de una belleza
singular; está ejecutada con una fuerza y una galanura tales, que no pienso que
se pueda hacer nada mejor. En el rostro de Nuestra Señora hay una divinidad, y
en su actitud una modestia que no es posible mejorar: con las manos juntas
adora a su Hijo, sentado en sus rodillas, que acaricia a San Juan mientras éste
lo adora juntamente con Santa Isabel y José. Este cuadro estaba en poder del
reverendísimo cardenal de Carpi, hijo de dicho señor Leonello, muy aficionado a
las artes, y hoy deben de tenerlo sus herederos.
Más tarde, cuando Lorenzo Pucci, cardenal de Santi Quattro, fue nombrado Sumo Penitenciario, favoreció a Rafael encargándole, para San Giovanni in Monte, en Bolonia, una tabla que hoy se encuentra en la capilla donde se hallan los restos de la beata Elena dall Olio y en la cual mostró cuánto podía su arte unido a la gracia en sus delicadísimas manos. Representó a Santa Cecilia
arrobada por un coro de Ángeles que cantan en el cielo: escucha el canto, completamente
entregada a la armonía, y en su rostro se pinta ese rapto que se ve a lo vivo
en quienes se hallan en éxtasis. Esparcidos por el suelo hay instrumentos
musicales que no parecen pintados, sino reales. Lo mismo vale en cuanto a los
velos y vestidos de tela de oro y seda de la Santa, o al cilicio maravilloso
que lleva debajo de ellos. En el San Pablo que posa el codo derecho sobre la
espada desnuda y apoya la cabeza en una mano, está expresada su ciencia así
como su energía convertida en gravedad. Lleva un simple paño rojo a modo de
capa y, debajo, una túnica verde; está apostólicamente descalzo. Santa María
Magdalena tiene en la mano un vaso de piedra finísima; en actitud graciosísima
vuelve la cabeza y parece muy contenta de su conversión: ciertamente, en este
género no creo que pueda hacerse nada mejor. También son bellísimas las cabezas
de San Agustín y San Juan Evangelista. A la verdad, las demás pinturas pueden
calificarse de pinturas, pero las de Rafael son cosas vivientes, porque se
estremece la carne, se ve el espíritu, vibran los sentidos en sus figuras y
viven de veras. Por lo cual esto le dio más fama aún, aparte de las alabanzas
que ya recibía. Se hicieron en su honor muchos versos en latín y lengua vulgar,
de los cuales sólo citaré los siguientes para no alargar demasiado este relato:
Pingant
sola alii, referantque coloribus ora;
Cæciliæ os Raphæl atque animum explicuit.
Después
hizo un cuadrito de figuras pequeñas, que hoy está en Bolonia también, en la
casa del conde Vincenzio Arcolano: representa a Cristo en el cielo, a modo de
Júpiter, rodeado por los cuatro Evangelistas, como lo describe Ezequiel: uno en
forma de hombre y los otros en forma de león, de águila y de buey. Debajo hay
un paisaje terrestre, no menos notable y bello en su pequeñez que las demás
cosas en su grandeza. Envió un cuadro no menos bueno a los condes de Canossa,
en Verona; representa la Natividad de Nuestro Señor, muy bella, con una aurora
que ha sido muy alabada, lo mismo que la Santa Ana y el resto de la obra, que
no se puede elogiar mejor que diciendo que es de la mano de Rafael de Urbino.
De ahí que los condes tengan ese cuadro en suma veneración y nunca hayan
querido venderlo, por alto precio que les ofrecieran muchos príncipes.
Luego
hizo el retrato de Bindo Altoviti, en su juventud, que es considerado
estupendo, y también pintó una Nuestra Señora, que envió a Florencia y se halla
ahora en el palacio del duque Cosme, en la capilla de los departamentos nuevos
construidos y decorados por mí. Sirve de tabla de altar y en ella está
representada una Santa Ana muy anciana, sedente, que ofrece a la Virgen su Hijo
desnudo, tan bello de figura y de rostro que con su risa alegra a todo el que
lo ve. Además, al pintar a la Virgen, Rafael mostró toda la belleza que se
puede poner en la expresión de la misma, pues sus ojos dicen la modestia, su
frente, la dignidad, su nariz, la gracia, y su boca, la virtud. En cuanto a sus
ropas, revelan una sencillez y una honestidad infinitas. Hay un San Juan
sentado, desnudo, y otra Santa bellísima. En el terrazo se ve un edificio en
que el pintor fingió una ventana con encerado, por la cual entra la luz que
ilumina una habitación en que hay algunas figuras.
En Roma pintó un cuadro de buen tamaño, en que retrató al Papa León, al cardenal Julio de Médicis y al cardenal Rossi. Todas las figuras parecen en relieve, en vez de pintadas; el terciopelo es velludo, el damasco que viste el Papa cruje y brilla, las pieles del forro son vivas y suaves, y los oros y las sedas están hechos de tal modo que no parecen colores, sino las materias mismas. Hay un libro de pergamino miniado, que parece más real que la realidad, y una campanilla de plata labrada, de una belleza indecible. Y entre otras cosas una bola de oro bruñido, en el respaldo del sillón, en la cual, como si fuera un espejo (tal es su claridad), se reflejan las luces de la ventana, la espalda del Papa y las corvadas paredes de la habitación. Pintó
igualmente al duque Lorenzo y al duque Julián, con perfección incomparable en
la gracia del colorido. Esos retratos están en poder de los herederos de
Ottaviano de Medici, en Florencia. Esto acrecentó considerablemente la fama de
Rafael y también su fortuna, de modo que para dejar recuerdo de sí se hizo
construir un palacio en Roma, en el Borgo Nuovo, el cual fue ejecutado por
Bramante.
Hizo
luego Marco Antonio para Rafael buen número de estampas, que éste regaló al
Baviera, su ayudante, quien servía a cierta dama amada por el artista hasta la
muerte y de la cual pintó un retrato hermosísimo en que parece viva. Ese
retrato se halla hoy en Florencia, en poder del gentilísimo Matteo Botti,
mercader florentino, amigo íntimo de todas las personas de talento y, en
especial, de los pintores.
Para el monasterio de Palermo llamado Santa Maria dello Spasimo, de los religiosos de Monte Oliveto, pintó Rafael un Cristo llevando la cruz. Esta obra, completamente terminada mas no colocada en su lugar, estuvo a punto de ser destruida, pues, según refieren, habiendo sido embarcada para ser conducida a Palermo, una horrible tempestad lanzó contra un escollo a la nave que la transportaba, de modo que se abrió toda y se perdieron los tripulantes y las mercancías, salvo esta tabla de Rafael que, dentro de la caja en que había sido encerrada, fue llevada por el mar a las aguas de Génova. La recogieron y condujeron a tierra, y se vio en el suceso un signo divino, por lo cual fue puesta en custodia, ya que estaba intacta, sin mancha o defecto alguno: hasta la furia de los vientos y de las ondas marinas habían respetado la belleza de esa obra. Difundiéndose luego la fama de la misma, los monjes trataron de recuperarla, pero sólo les fue devuelta por intervención del Papa, que favoreció ampliamente a quienes la habían salvado. Fue, pues, embarcada de nuevo la tabla, y llevada a Sicilia, donde la pusieron en Palermo. Allí tiene ahora más fama que el monte de Vulcano. Mientras Rafael trabajaba en esas obras, que no podía dejar de ejecutar, pues debía servir a personajes grandes y notables, proseguía lo que había empezado en las cámaras del Papa, en que continuamente tenía en actividad a hombres que adelantaban la tarea, siguiendo sus bocetos. Y él mismo revisaba permanentemente lo hecho, suplía las faltas y ayudaba en todo lo que podía. No pasó, pues, mucho tiempo sin que dejara descubierta la cámara de la Torre Borgia, en cuyas paredes había hecho cuatro composiciones, dos sobre las ventanas y dos en los lienzos libres. Una de las pinturas representa el incendio del Borgo Viejo de Roma, cuando, no siendo posible apagar el fuego, el Papa San León IV se asoma a la galería de su palacio y lo extingue con su bendición.
En esa composición se ve la representación de diversos peligros. De un lado hay mujeres con las cabelleras y las ropas agitadas con terrible furia por el viento tempestuoso, mientras llevan cacharros con agua, en las manos o puestos sobre la cabeza, para apagar el incendio. Otros personajes se empeñan en arrojar agua, enceguecidos por el humo, que les impide reconocerse. Del otro lado está representado -tal como Virgilio describe a Anquises llevado en andas por Eneas- un anciano enfermo, desesperado por su invalidez y por las llamas. Allí se nota, en la figura del joven, el ánimo, la fuerza y el sufrimiento de todos los miembros bajo el peso del viejo que se abandona sobre sus espaldas. Los sigue una vieja descalza y a medio vestir, que viene huyendo del fuego, y delante de ellos está un niñito desnudo. En lo alto de una pared en ruinas, una mujer desnuda y desgreñada tiene en brazos a su hijito y lo arroja a un pariente que ha escapado a las llamas y está en la calle, en puntas de pies y con los brazos extendidos para recibir a la criatura en pañales. La mujer evidencia al mismo tiempo el deseo de salvar al niño y el sufrimiento y la sensación de peligro que le causa el fuego ardiente que la abrasa. No menos pasión se manifiesta en
el pariente, preocupado por salvar a la criatura y, al mismo tiempo, presa de
temor mortal. Y no es posible expresar el valor de la imaginación del
ingeniosísimo y admirable artista que ideó a una madre descalza, con la ropa
desprendida, desceñida, y los cabellos en desorden, llevando parte de sus
prendas en la mano, que empuja hacia adelante a sus hijos y les pega para que
huyan de las ruinas y del incendio. Además, se ve en ese fresco algunas mujeres
arrodilladas que ruegan a Su Santidad que ponga fin al siniestro.
La
otra composición alude al mismo Papa San León IV. Allí representó Rafael el
puerto de Ostia ocupado por una escuadra turca llegada para tomar prisionero al
Pontífice. Se ve a los cristianos combatiendo al enemigo en el mar, y llegan al
puerto una infinidad de prisioneros que salen de una barca: unos soldados de
caras bellísimas y actitudes bravías los tiran de las barbas, y los llevan a la
presencia de San León. Para la figura de éste tomó Rafael como modelo a León X,
poniendo a Su Santidad, vestido de pontifical, entre los cardenales de Santa
Maria in Portico, es decir Bernardo Divizio da Bibbiena, y Julio de Médicis,
que luego fue el Papa Clemente.
En una tercera composición, se ve al Papa León X consagrando al Rey Cristianísimo Francisco I de Francia, cantando la misa y bendiciendo los óleos para ungirlo y la corona real. Y en el cuarto fresco hizo la coronación de dicho rey, en que están el Papa y Francisco I retratados del natural, uno con armadura y el otro con sus hábitos pontificales. Por
haber sido pintado el techo de esa sala por Perugino, su maestro, Rafael no
quiso destruir las pinturas, en recuerdo suyo y por el cariño que le tenía, ya
que había sido el principio del grado al que llegó el talento del discípulo.
Prosiguiendo su tarea, Rafael hizo otra sala en que puso, en tabernáculos, algunas figuras de Santos y de Apóstoles, ejecutadas en grisalla. Por Giovanni de Udine, su discípulo, hizo representar allí todos los animales que poseía el Papa León: el camaleón, los gatos de algalia, los papagayos, los leones, los elefantes y otros animales más exóticos. Y además de embellecer con grotescos y varios pavimentos ese palacio, proyectó las escaleras y trazó las galerías, bien comenzadas por Bramante pero inconclusas a consecuencia de la muerte de éste y continuadas luego según los diseños de Rafael, quien hizo de ellas un modelo en madera, con mejor estilo y adorno que aquel arquitecto. Y como el Papa León quiso mostrar la grandeza de su magnificencia y generosidad, Rafael hizo los dibujos de los adornos en estuco y de las composiciones que en ellos se pintaron, así como de la compartimentación. En cuanto a los estucos y grotescos, hizo director de la obra a Giovanni da Udine, pero encargó las figuras a Julio Romano, aunque éste trabajó poco en ellas. Así, Giovan Francesco, el Bologna,
Perino del Vaga, Pellegrino da Modona, Vincenzio da San Gimignano y Polidoro da
Caravaggio, con muchos otros pintores ejecutaron escenas, figuras y otros
adornos que presentaba aquella obra. Rafael la hizo terminar con tanta
perfección, que desde Florencia mandó traer el pavimento de Luca della Robbia.
También encargó a Gian Barile, en todas las puertas y los techos de madera,
bastantes tallas, trabajadas y terminadas con fina gracia.
Hizo
proyectos arquitectónicos para la Viña del Papa y, en el Borgo, para varias
casas, en particular para el palacio de Messer Giovan Battista dall'Aquila, que
fue cosa bellísima. También proyectó un edificio para el obispo de Troya, que
hizo hacer su palacio en Florencia, en la Via di San Gallo.
Para los Monjes Negros de San Sixto, en Piacenza, pintó la tabla del altar mayor que representa a Nuestra Señora con San Sixto y Santa Bárbara; es una obra verdaderamente rarísima y singular. Para Francia ejecutó muchos cuadros, y particularmente, para el Rey, un San Miguel luchando con el diablo que es considerado maravilloso. En este cuadro puso una roca ardiente como centro de la tierra; por grietas de la misma salen llamaradas de fuego y azufre, y Lucifer, cocinados y ardidos sus miembros en encarnaciones de diversas tintas, expresa todos los efectos de la cólera que la soberbia envenenada y henchida suscita contra quien oprime la grandeza de aquel que, privado de un reino de paz, está seguro de sufrir continua pena. Lo contrario se manifiesta en San Miguel; éste
tiene apariencia celestial, revestido de armadura de hierro y oro, pero muestra
bravura y fuerza terribles, pues ya ha hecho caer a Lucifer, derribándolo con
una azagaya. En suma, está tan bien hecha esta obra, que mereció recompensa
honrosísima de aquel rey.
Retrató Rafael a Beatriz de Ferrara y otras damas y, particularmente, a la de su corazón. Fue el pintor individuo muy amoroso y aficionado a las mujeres, siempre dispuesto a ponerse a su servicio. En sus placeres carnales fue respetado y complacido por sus amigos, más de lo conveniente quizá. Así, cuando Agostin Chigi, su entrañable amigo, le encargó la decoración de la primera galería de su palacio, viendo que Rafael no atendía mucho a su trabajo a causa de sus amores con una mujer, se desesperó tanto, que mediante intermediarios y personalmente consiguió instalar a aquella dama en su casa, para que estuviera continuamente en las habitaciones en que Rafael trabajaba. Y de este modo logró que el artista terminara la obra, para la cual ejecutó todos los cartones y pintó al fresco con su propia mano muchas figuras.
En la bóveda hizo la Asamblea de los dioses en el cielo, y allí se ven muchos trajes y elementos tomados de la Antigüedad y ejecutados con bellísima gracia y diseño. Pintó las bodas de Psiquis, con los servidores que atienden a Júpiter, y las Gracias esparciendo flores sobre la mesa. En los arranques de la bóveda pintó muchos motivos, entre ellos a un Mercurio con su flauta, volando como si bajara del cielo, y a Júpiter besando a Ganimedes con celeste gravedad. En otro lugar, debajo, hizo el carro de Venus con las Gracias y Mercurio, que suben al cielo a Psiquis. Y representó muchos motivos poéticos en los demás espacios.
También pintó una cantidad de niños en escorzo, muy hermosos, que vuelan llevando los emblemas de los dioses: el rayo y las saetas de Júpiter, los yelmos, las espadas y los escudos de Marte, los martillos de Vulcano, la maza y la piel de león de Hércules, el caduceo de Mercurio, la zampoña de Pan, las herramientas agrícolas de Vertumno. Y todos están acompañados por animales apropiados a su naturaleza: pintura y poesía verdaderamente bellísimas. Por Giovanni da Udine hizo hacer Rafael para todas las composiciones marcos de flores, hojas y frutas en guirnaldas, que no pueden ser más hermosos. También proyectó el orden arquitectónico de las caballerizas de los Chigi y, en la iglesia de Santa Maria del Popolo, el orden de la capilla de Agostino, de la cual ya se habló. Además de decorar esta capilla, dio orden de que se hiciera allí una maravillosa sepultura y encargó a Lorenzetto, escultor florentino, dos figuras que aún están en su casa, en el Macello de' Corbi, en Roma. Pero la muerte de Rafael, y luego la de Agostino, motivaron la transmisión de esa obra a Sebastián Viniziano. Había
alcanzado tal grandeza Rafael, que León X le ordenó comenzar la sala grande de
arriba, donde están las victorias de Constantino. El artista empezó la obra.
También quiso el Papa que se hicieran riquísimos tapices de oro y seda, para
los cuales pintó Rafael, en apropiada forma y tamaño de ejecución, los
cartones, que fueron enviados a Flandes para que allí se tejieran las
composiciones. Terminados los paños, volvieron a Roma. Esta obra fue realizada
tan milagrosamente, que causa maravilla verla, si se piensa cómo fue posible
tejer los cabellos y las barbas y dar morbidez a las carnes con el hilo. Es
obra más bien del milagro que del artificio humano, porque hay allí aguas,
animales, edificios tan bien hechos, que no parecen tejidos sino realmente
trazados con pincel. Costó este trabajo setenta mil escudos, y se conserva en
la capilla pontificia.
Para el cardenal Colonna, pintó en tela un San Juan, por el cual, a causa de su hermosura, sentía el prelado un amor profundo. Afectado por una enfermedad, lo atendió Messer Iacopo da Carpi, y este médico le pidió el cuadro. Y porque lo deseaba mucho, se quedó con él, considerando que el cardenal le tenía infinita obligación. Ahora, ese San Juan se encuentra en Florencia, en poder de Francesco Benintendi. Para el cardenal y vicecanciller Julio de Médicis hizo una tabla de la Transfiguración de Cristo, destinada a ser enviada a Francia; la trabajó personalmente y la llevó a su última perfección. Allí representó a Cristo transfigurado en el monte Tabor, al pie del cual lo aguardan sus once discípulos. Entre éstos está un joven endemoniado, a la espera de que Cristo descienda del monte y lo libere: se retuerce y se yergue gritando y revolviendo los ojos. Muestra el padecimiento de su carne, de sus venas y de su pulso contaminados por la malignidad del espíritu, y con sus pálidos miembros hace aquel gesto forzado y temeroso. Esta figura es sostenida por un viejo que la abraza, cobra ánimo, con los ojos redondos iluminados en el centro, y revela, al alzar las cejas y arrugar la frente, fuerza y miedo simultáneamente. Mira fijamente a los Apóstoles y parece esperar en ellos y darse coraje. La figura principal, entre muchas, del cuadro es una mujer arrodillada ante los Apóstoles y con la cabeza vuelta hacia ellos, que con los brazos tendidos hacia el endemoniado muestra su miseria. En cuanto a los Apóstoles, sentados unos, de rodillas o de pie los demás, muestran sentir gran compasión ante tanta desgracia. A la verdad, Rafael hizo figuras y cabezas de belleza extraordinaria y tan nuevas, diversas y expresivas, que según consenso de los artistas, esta obra, entre tantas que pintó, es la más loable, la más hermosa y la más divina. Quien quiera conocer y mostrar en pintura a Cristo transfigurado en su
Divinidad, lo contemple en esta obra en que Rafael lo representó en lo alto del
monte, reducida su figura por la distancia, en el aire lúcido, con Moisés y
Elías que, iluminados por un claror esplendoroso, cobran vida bajo su luz. En
tierra, postrados, están Pedro, Santiago y Juan, en varias y bellas actitudes.
Uno apoya la cabeza en el suelo, otro hace sombra a sus ojos con la mano,
protegiéndose de los rayos y la inmensa luz del esplendor de Cristo, el cual,
vestido de color de nieve, parece mostrar, abriendo los brazos y alzando la
cabeza, la Esencia y la Divinidad de las Tres Personas, estrechamente reunidas
en la perfección del arte de Rafael.
Rafael estaba unido por vínculos de amistad con Bernardo Divizio, cardenal de Bibbiena, el cual durante muchos años lo importunó pidiéndole que tomara esposa. Si bien Rafael no rehusó expresamente cumplir el deseo del cardenal, postergó su decisión diciendo que quería dejar pasar tres o cuatro años. Al cabo de ese plazo, cuando Rafael no se lo esperaba, el cardenal le recordó su promesa y, viéndose comprometido, no quiso faltar a su palabra, como hombre cortés que era. Y así aceptó por esposa a una sobrina de ese prelado. Pero como siempre se sintió muy descontento de este lazo, fue poniendo tiempo de por medio y pasaron muchos meses sin que se consumara el matrimonio. Mas no hizo
esto el artista sin honorable propósito, pues como había servido durante tantos
años a la Corte, y León X le adeudaba una buena suma, tenía entendido que
cuando concluyera la sala que decoraba para el Papa recibiría, en recompensa de
sus esfuerzos y su talento, un capelo rojo. Pues el Sumo Pontífice había
decidido crear cierto número de nuevos cardenales, entre los cuales alguno
tenía menos mérito que el pintor.
Entre
tanto, Rafael seguía dedicado a sus amores en forma oculta y entregándose sin
medida a los placeres. Ocurrió que una vez se desordenó más que de costumbre y
volvió a su casa con una fiebre intensa. Creyeron los médicos que se había
acalorado y como Rafael tuvo la imprudencia de no confesarles los excesos que
había cometido, le hicieron una sangría cuando estaba debilitado y lo que
necesitaba era algo que lo restaurara. Sintiéndose desfallecer, hizo testamento
y ante todo, como buen cristiano, hizo salir a su amada de su casa, dejándole
lo necesario para que viviese honestamente. Luego repartió sus cosas entre sus
discípulos -Julio Romano, a quien siempre amó mucho, Giovan Francesco
Fiorentino, llamado el Fattore-, y no sé qué sacerdote de Urbino, su pariente.
Ordenó luego que con su dinero se restaurase con piedra nueva un tabernáculo
antiguo de Santa Maria Ritonda y se hiciese un altar, con una estatua de la
Virgen en mármol, para su sepultura. Y dejó todos sus bienes a Julio y Giovan
Francesco, nombrando albacea a Messer Baldassarre da Pescia, a la sazón datario
del Papa. Después, confeso y contrito terminó el curso de su vida el mismo día
en que nació, o sea el Viernes Santo, a la edad de treinta y siete años. Y
es de creer que como con su talento embelleció el mundo, su alma habrá adornado
el Cielo.
Cuando
murió, en la sala en que trabajaba, pusieron a su cabecera la tabla de la
Transfiguración que había pintado para el cardenal de Médicis, y al ver su
cuerpo muerto y su obra viva, se les partía de dolor el alma a todos los que lo
contemplaban. El cuadro, después de la pérdida de Rafael, fue puesto por el cardenal
en San Pietro a Montorio, sobre el altar mayor, y siempre fue tenido en alto
aprecio.
A los restos de Rafael fue dada la honorable sepultura que su noble espíritu merecía, y no hubo artista que no llorase y los acompañase a su tumba. Causó gran dolor su muerte a toda la Corte pontificia, en primer lugar porque tuvo en vida cargo de cubiculario, y, además, porque lo quería tanto el Papa, que su fallecimiento lo hizo llorar amargamente. ¡Oh alma feliz y bienaventurada, pues todo el mundo habla de ti y celebra tus actos y admira todo dibujo que has dejado! Bien podía la pintura, muriendo este noble artista, morir ella también, pues cuando él cerró los ojos, ella quedó casi ciega. Ahora nos toca a nosotros, los que hemos quedado, imitar el bueno, el óptimo estilo que nos ha dejado como ejemplo y, como lo merecen su talento y nuestra gratitud, guardar de él gratísimo recuerdo y siempre honrarlo con la palabra. Pues, en verdad, nos encontramos con que, gracias a él, los colores y la invención unidos han alcanzado esa meta de perfección que apenas podía esperarse. Y que jamás imagine espíritu alguno poder superarlo. Además de este beneficio que le hizo al arte, como amigo de él, no descuidó durante su vida mostrarnos cómo se trata a los hombres, grandes, mediocres o ínfimos. Y, por cierto, entre sus dotes singulares encuentro una de tal valor, que me deja estupefacto: y es que el cielo le dio fuerza para mostrar en nuestro oficio una actitud tan contraria a nuestros temperamentos de pintores.
Porque nuestros artistas -y no digo solamente los inferiores, sino los que tienen la pretensión de ser grandes (que con tal humor el arte los produce en número infinito)- cuando trabajaban en colaboración con Rafael se sentían unidos y en una concordia tal, que todo mal humor desaparecía al verle, y todo pensamiento vil y bajo se borraba de la mente. Y esa unión nunca existió, salvo en su tiempo. Ello ocurría porque los artistas eran vencidos por la cortesía y el arte de Rafael, pero más que todo por el genio de su natural tan bueno. Pues estaba tan lleno de gentileza y caridad, que hasta los animales, y no sólo los hombres, lo honraban. Dicen que dejaba su trabajo para ayudar a cualquier pintor conocido de él, y también a los desconocidos, cuando le pedían un dibujo que necesitaban, y siempre empleó a una infinidad de artistas, prestándoles ayuda y enseñándoles con tal amor, que más parecía tratar con sus hijos que con colegas. Por ese motivo, nunca salía de su casa para dirigirse a la Corte sin verse rodeado de cincuenta pintores, todos buenos y de valor, que lo acompañaban como homenaje. En suma, no vivió como un pintor, sino como un príncipe.
Por lo tanto, ¡oh arte de la pintura!,
podías entonces considerarte feliz, contando con un artífice que por su talento
y sus costumbres te elevaba hasta el cielo. ¡Bienaventurado, realmente, podías
decirte, ya que por las huellas de semejante hombre han visto luego tus alumnos
cómo se debe vivir y lo que significa poseer a la vez el arte y la virtud! Uno
y otra, unidos en Rafael, pudieron impulsar a la grandeza de Julio II y la
generosidad de León X, en la suma jerarquía y dignidad que poseían, a hacerlo
familiarísimo suyo y brindarle toda suerte de liberalidades, de modo que, con
el favor y las riquezas que le ofrecieron, logró hacer gran honor al arte y a
sí mismo. Y bienaventurado puede decirse también aquel que, estando a su
servicio, trabajó bajo su dirección. Porque advierto que todos los que lo
imitaron llegaron a buen puerto, y así, quienes emularon sus esfuerzos en el
arte serán honrados por el mundo, y los que se le parezcan por las santas
costumbres serán recompensados en el cielo.
|
| La Misa de Bolsena |
![]() |
Bembo
dedicó a Rafael el siguiente epitafio:
«D. O. M. A Rafael Sanzio de Urbino, Juan Francisco, pintor eminentísimo, émulo de los antiguos, en cuyas imágenes animadas, si las contemplas, fácilmente advertirás la alianza de la naturaleza y del arte. Acrecentó la gloria de Julio
II y de León X, Pontífices Máximos, con sus obras de pintura y arquitectura.
Vivió treinta y siete años, íntegro entre los íntegros, y dejó de existir el
mismo día en que nació, el 8 de abril de 1520.
Éste
es Rafael. Mientras vivió, la gran Madre de las cosas temió ser vencida por él,
y cuando murió, temió morir con él».
Y
el conde Baldassarre Castiglione, con motivo de su fallecimiento, escribió un
poema que dice así:
«Porque
con su arte médica curó el cuerpo lacerado de Hipólito y lo salvó de las aguas
del Estix, Epidaurio se vio arrebatado por las mismas ondas estigias: así, la
muerte fue el precio de su vida de artífice. También tú, Rafael, que con tu
ingenio admirable restauraste el cuerpo destrozado de Roma y devolviste la vida
al cadáver de la Urbe lacerado por el hierro, el fuego y los años,
devolviéndole su antiguo esplendor, concitaste la envidia de los dioses; y la muerte
se indignó porque eras capaz de devolver el alma a los muertos. Pero lo que
poco a poco, en largos días fue abolido, esa desdeñada ley de los mortales, a
tu vez debiste obedecerla. Así, ¡oh desdichado!, primero caes en plena
juventud, y de tal modo nos adviertes nuestros deberes y la inminencia de
nuestra muerte».
|