Pintores y Pintura
sus vidas y sus cuadros

Sandro Botticelli

 

En esos días de Lorenzo de Médicis el Magnífico, que fueron una verdadera edad de oro para los hombres de genio, floreció Alessandro, llamado Sandro según nuestra costumbre, y Botticello, por razones que daremos de inmediato. Era hijo de Mariano Filipepi, un ciudadano de Florencia, quien lo educó cuidadosamente, enseñándole todo aquello que los niños suelen aprender antes de la edad en que son primeros aprendices de oficios. Aunque Sandro dominó muy pronto cuanto le agradaba, siempre se mostraba desasosegado, y en la escuela no podía concentrarse en la lectura, la escritura y la aritmética. En vista de ello su padre, desesperado por esa mente tan extravagante, lo colocó en el taller de un orfebre compadre suyo, llamado Botticello, un maestro muy estimado en el oficio. A la sazón existían muy estrechas y amistosas relaciones entre los orfebres y los pintores, de suerte que Sandro, que era un muchacho ingenioso y aficionado al dibujo, se sintió atraído por la pintura y decidió consagrarse a ella. Cuando manifestó su deseo a su padre, este último, que reconoció su inclinación, lo llevó a Fray Filippo del Carmine, admirable pintor de la época, y concertó con éste que enseñaría a Sandro, según deseaba el muchacho. Sandro, dedicado en cuerpo y alma a su arte, siguió e imitó tan bien a su maestro, que éste se encariñó con él y le enseñó tan solícitamente, que muy pronto el muchacho alcanzó una perfección que nadie hubiera creído posible.

La Fortaleza

Era joven aún cuando pintó para la Mercatanzia de Florencia una Fortaleza para la serie de las Virtudes ejecutadas por Antonio y Piero del Pollajuolo. En la capilla de los Bardi, en Santo Spirito, Florencia, pintó una tabla que está cuidadosamente ejecutada y bien terminada, la cual contiene algunos olivos y palmeras reproducidos con sincero deleite. Hizo una tabla para las monjas de Convertite y otra para las de San Barnaba. En la pared central de Ognissanti, al lado de la puerta que conduce al coro, pintó un San Agustín por encargo de los Vespucci, en el cual se esforzó por sobrepujar a todos sus contemporáneos, y especialmente a Domenico Ghirlandaio, quien había pintado un San Jerónimo del otro lado. Esta obra resultó muy satisfactoria, siendo la cabeza del santo la expresión de profundo pensamiento y penetrante sutileza que caracterizan a las personas sabias continuamente sumidas en el examen de cuestiones difíciles y abstrusas. Como referí en la Vida de Ghirlandaio, esta pintura fue transportada sin sufrir deterioro en 1564. De esta suerte, Sandro ganó renombre y fama y fue empleado por el gremio de Porta Santa Maria para hacer la Coronación de la Virgen para San Marcos, con un coro de ángeles, y ejecutó este encargo admirablemente. En la Casa de los Médicis realizó muchas cosas para Lorenzo el Magnífico, notablemente una Pallas de tamaño natural sobre un motivo de sarmientos llameantes, y también un San Sebastián. En Santa Maria Maggiore, en Florencia, hay una hermosa Piedad con pequeñas figuras, al lado de la Capilla de los Panciatichi. Hizo pinturas en tondo para varias casas de la ciudad, y un buen número de desnudos femeninos, dos de los cuales se encuentran actualmente en Castello, en la villa del Duque Cosme. Una es el Nacimiento de Venus, soplada hacia la tierra por las brisas, con cupidos; la otra es también una Venus en compañía de las Gracias, que la cubren de flores, representando la Primavera, expresada por el pintor con mucha gracia.

En la casa de Giovanni Vespucci, en la via de' Servi, ahora de Piero Salviati, hizo un número de pinturas en torno de una habitación, encerradas en un marco decorativo de nogal, y figuras llenas de vida y belleza. En la Casa Pucci hizo la historia de Nastagio degli Onesto, de Boccaccio, con pequeñas figuras, consistiendo la serie en cuatro composiciones de gran belleza y gracia. Luego ejecutó un cuadro en tondo de la Epifanía. En la capilla de los monjes de Cestello pintó una Anunciación. Al lado de la puerta lateral de San Piero Maggiore, hizo un panel para Matteo Palmieri, con gran número de figuras que representan la Asunción de Nuestra Señora, con registros de patriarcas, profetas, apóstoles, evangelistas, mártires, confesores, doctores, vírgenes, y las jerarquías de ángeles, todo el conjunto según el proyecto que le entregara Matteo, quien fue un hombre de valía y erudito. Ejecutó esta obra con la máxima maestría y diligencia, e introdujo en ella los retratos de Matteo y su mujer de rodillas. Mas, aunque la gran belleza de esta obra debió acallar la envidia, algunas personas malignas, no pudiendo encontrar otra falta en ella, dijeron que Matteo y Sandro eran culpables de grave herejía. Si esto es cierto o incierto, no me corresponde a mí juzgarlo, pero sé que las figuras de Sandro son admirables por el esmero con que las ha realizado, y la manera como ha hecho los círculos de los cielos, introduciendo escorzos y paisajes diversos en los espacios entre ángel y ángel. Además, la composición general es excelente.

En esta época Sandro recibió el encargo de pintar una pequeña tabla con figuras de tres cuartos de un braccio de largo, que fue colocada en Santa Maria Novella, en la pared principal de la iglesia, entre las dos puertas, a la mano izquierda entrando por la puerta central. El tema es la Adoración de los Magos, notable por la emoción del hombre de edad madura, que rebosa amor al besar el pie de Nuestro Señor, demostrando claramente que ha alcanzado el fin de su larga jornada. El rey es un retrato de Cosme de Médicis, el antiguo, y es el más hermoso de todos los existentes actualmente por su vida y naturalidad. El segundo es Julián de Médicis, el padre del Papa Clemente VII, quien reverencia al Niño con absorta devoción, y ofrece su regalo. El tercero, que también está arrodillado y parece estar adorando y dando las gracias, mientras confiesa al verdadero Mesías, es Juan, el hijo de Cosme. La belleza de las cabezas en esta escena es indescriptible, sus actitudes todas diferentes, algunas totalmente de frente, otras de perfil, otras de tres cuartos, algunas inclinadas, y de muchas otras maneras, mientras las expresiones de los acompañantes, tanto jóvenes como viejos, son sumamente variadas, lo cual demuestra la perfecta maestría del artista. Además, Sandro ha diferenciado perfectamente los séquitos de cada rey. Es una obra maravillosa de color, dibujo y composición, y el asombro y la admiración de todos los artistas.

Esta pintura trajo a Sandro tal reputación en Florencia y en el exterior, que el Papa Sixto IV le confió la dirección de la decoración de la capilla que estaba construyendo en su palacio en Roma. Allí Sandro pintó los siguientes temas: Cristo tentado por el demonio; Moisés matando el Egipcio y recibiendo de beber de la hija de Jethro Madianita; el sacrificio de los hijos de Aarón y el fuego celeste que los consumió, con algunos de los Papas canonizados en los nichos superiores. Con esto ganó mayor renombre aún entre muchos rivales que estaban trabajando con él, florentinos y nativos de otras ciudades, y recibió del Papa una buena suma de dinero. Pero lo gastó todo durante su estancia en Roma con su habitual ligereza, y después de terminar su parte de trabajo, lo descubrió y partió directamente para Florencia. Por ser persona sutil comentó una parte de la obra de Dante e ilustró el Inferno, que imprimió, y en lo cual pasó mucho tiempo, y como entre tanto no trabajaba, se produjo gran desorden en su vida. Imprimió muchos otros dibujos, pero de una calidad inferior, pues las planchas estaban mal grabadas, siendo su mejor trabajo el triunfo de la fe de Fray Girolano Savonarola de Ferrara. Era adherente de la secta de éste y ello le llevó a abandonar la pintura y, como no tenía renta, se vio envuelto en las más serias dificultades. Pero como permaneció obstinado en su determinación y se convirtió en un Piagnone, como se les llamaba, abandonó el trabajo, y debido a ello llegó a ser tan pobre en su vejez, que si Lorenzo de Médicis, mientras vivió, no lo hubiera asistido, porque el artista había ejecutado muchas cosas para este príncipe en el Spedaletto de Volterra, y si no le hubieran ayudado sus amigos y muchos hombres ricos que admiraban su genio, se habría prácticamente muerto de hambre. En San Francisco, fuera de la puerta de San Miniato, hay una pintura en tondo de Sandro, que representaba una Virgen y ángeles de tamaño natural, que era considerada muy hermosa.

El Nacimiento de Venus

Sandro era un tipo alegre y siempre gastaba bromas a sus alumnos y amigos. Cuentan que una vez tenía un alumno llamado Biagio, quien hizo una pintura para vender como la que acabamos de mencionar, y Sandro la vendió a un ciudadano por seis florines de oro. Al encontrarse con Biagio, Sandro le dijo: «Por fin he vendido tu pintura, pero esta noche la colocarás más alto para que se vea mejor y mañana irás a la casa de este ciudadano y lo traerás acá para que la vea con buena luz y bien colgada, entonces te dará el dinero». «¡Oh, qué bien ha hecho usted maestro mío!», dijo Biagio, y entrando en el taller colgó bien alto la pintura, después de lo cual se fue. En seguida, Sandro y otro alumno llamado Jacopo hicieron ocho capuchas de papel, como las que usan los ciudadanos, y las aseguraron con cera blanca en las cabezas de los ángeles que rodeaban a la Virgen. A la mañana siguiente, regresó Biagio con el ciudadano que había comprado la pintura, y que estaba prevenido de la broma. Cuando Biagio entró al taller y miró hacia arriba, vio a su Virgen sentada, no en medio de ángeles, sino de la señoría de Florencia, con sus capuchas. Estaba por disculparse ante su parroquiano, pero como este último nada dijo sino que elogió la pintura, se reservó su comentario. Finalmente, Biagio fue a la casa del ciudadano y recibió de éste el pago de seis florines estipulado por su maestro. Entre tanto, Sandro y Jacopo sacaron las capuchas de papel y cuando Biagio regresó, vio que sus ángeles eran ángeles y no ciudadanos con capucha. Atónito, no sabía qué decir. Al fin se volvió a Sandro y le dijo: «Maestro, no sé si estoy dormido o despierto. Cuando vine aquí, esos ángeles tenían capuchas rojas en sus cabezas y ahora no llevan nada; ¿qué significa esto?». «Debes estar loco, Biagio, dijo Sandro; ese dinero te ha trastornado la cabeza. Si hubiera sido así, ¿crees que el ciudadano habría comprado la pintura?» «Es verdad, replicó Biagio, nada me dijo acerca de ello, y ciertamente que me extrañó.» Todos los muchachos del taller rodearon a Biagio y juntos lograron convencerlo de que su cabeza había estado trastornada.

La Primavera

Una vez fue a vivir al lado de la casa de Sandro un tejedor, quien abrió un taller donde armó ocho telares, los cuales hacían tal ruido cuando estaban funcionando, que ensordecían al pobre Sandro, y toda la casa trepidaba, pues las paredes no eran tan resistentes como debieran, de suerte que por este u otro motivo, el pintor no podía trabajar ni permanecer en su casa. Varias veces rogó a su vecino que pusiera remedio a tales molestias, pero éste le contestaba que en su casa él podía hacer cuanto le viniera en gana. Esto irritó a Sandro y, como la pared de su casa era más alta que la de su vecino y no muy sólida, colocó arriba de ésta una enorme piedra en equilibrio, la cual parecía que al menor movimiento iba a caer y romper las paredes, el techo y los telares del vecino. Aterrorizado ante este peligro, el tejedor recurrió a Sandro quien, adoptando su propia frase, le respondió que él podía hacer lo que quería en su casa. Al no poder obtener otra satisfacción, el hombre se vio obligado a pactar y a conducirse como buen vecino. Se cuenta también que, por broma, Sandro acusó de herejía a un amigo suyo ante el vicario. El amigo se presentó e inquirió quién le había acusado y de qué. Al saber que era Sandro quien había dicho que él sostenía la opinión de los epicúreos, de que el alma moría con el cuerpo, pidió ver a su acusador ante el juez. Cuando Sandro llegó, dijo: «Es verdad que tengo esta opinión del alma de este hombre, porque es un bruto. ¿No piensan ustedes que es un hereje, ya que sin ninguna educación, y casi sin saber leer, comenta al Dante, usando su nombre en vano?»

Escenas del Decameron

Se dice que Sandro quería muchísimo a todos los que se dedicaban al estudio de las artes, y que ganó muchísimo dinero, pero todo lo derrochó debido a su negligencia y desmesura. Cuando llegó a viejo e inútil, tuvo que caminar valiéndose de dos muletas, pues no podía mantenerse de pie, y en este estado de decrepitud murió a la edad de setenta y ocho años, siendo enterrado en Ognissanti, en el año 1515.

En el depósito del duque Cosme hay dos bellísimas cabezas femeninas, de perfil, de su mano, de una de las cuales se dice que es la amante de Julián de Médicis, hermano de Lorenzo, y la otra, la señora Lucrezia de Tornabuoni, esposa de Lorenzo. También hay allí un Baco, de Sandro, figura muy graciosa que alza una tinaja con ambas manos y se la lleva a los labios. En la capilla de la Impagliata, en el Duomo de Pisa, comenzó una Asunción con un coro de ángeles, pero como no le agradaba, la dejó inconclusa. En San Francisco de Montevarchi ejecutó una pintura para el altar mayor y pintó dos ángeles en la Pieve de Empoli, del mismo lado que el San Sebastián de Rossellino. Fue uno de los primeros en encontrar la manera de hacer estandartes y otras insignias, uniendo las piezas de suerte que los colores no se corren y se ven de ambos lados. También hizo el baldaquino de Orsanmichele, lleno de Vírgenes, todas diferentes y hermosas. Es evidente que esta manera de hacer colgaduras es la más duradera, puesto que éstas no sufren la acción de los ácidos, los cuales muy pronto las corroen, aunque el último procedimiento es usado más a menudo, pues es el menos costoso. El dibujo de Sandro estaba muy por encima del nivel común, a tal punto que después de su muerte muchos artistas trataron de conseguir originales suyos. Prodigaba las figuras en sus composiciones, como puede observarse en el bordado de la franja de la cruz procesional de los Frailes de Santa Maria Novella, ejecutado según su proyecto. Sandro merece, pues, grandes alabanzas por sus pinturas, a las cuales se dedicaba con diligencia y ardor, realizando obras tales como la Adoración de los Magos, de Santa Maria Novella, ya descrita, que es una maravilla. Otra obra notable es una pequeña pintura en medallón que se encuentra en la habitación del prior de los Angeli de Florencia, en la cual las figuras, aunque pequeñas, son muy graciosas y están armoniosamente dispuestas. Un noble florentino, Messer Fabio Segni, posee un cuadro del mismo tamaño que los Magos, que representa la calumnia de Apeles, de belleza insuperable.