Pintores y Pintura
sus vidas y sus cuadros
Tiziano

TIZIANO VECELLI (1476-1576)

por Vasari

Tiziano nació en Cadore, una pequeña aldea a orillas del Piave, a cinco millas del pie de los Alpes, en el año 1480. Era vástago de la familia Vecelli, una de las más nobles de la comarca. Llegado a la edad de diez años con bello espíritu y viveza de ingenio, fue enviado a Venecia, a la casa de un tío suyo, ciudadano respetado, quien, viendo que el niño tenía inclinación por la pintura, lo puso con Gian Bellini, pintor a la sazón excelente y muy famoso, bajo cuya disciplina aprendió el dibujo y en poco tiempo mostró haber sido dotado por la naturaleza de todas aquellas condiciones de ingenio y de juicio que son necesarias para el arte de la pintura. Y como en aquel tiempo Gian Bellini y los demás pintores de esa comarca practicaban mucho la copia del natural, o mejor dicho no hacían otra cosa que eso, con una manera seca, cruda y laboriosa porque no habían estudiado el arte de la Antigüedad, Tiziano se adiestró en ese estilo. Pero cuando llegó, alrededor del año 1507, Giorgione da Castelfranco, no le gustó en absoluto dicho modo de pintar y empezó a dar a sus obras mayor morbidez y relieve, con hermosa factura.

Acostumbraba, sin embargo, compenetrarse de las cosas vivas y naturales, imitarlas lo mejor que podía con los colores y emplear las tintas crudas o dulces, según lo que dictaba la naturaleza, sin hacer un dibujo previo. Pues consideraba que el verdadero y mejor modo de trabajar, y el verdadero diseño consiste en pintar directamente con los colores mismos, sin otra preparación de dibujo sobre papel. Pero no se daba cuenta de que es necesario, para quien quiere realizar una buena composición y distribuir bien sus motivos, hacer varios proyectos sobre papel para ver cómo queda el conjunto. Porque el pensamiento no puede ver ni imaginar perfectamente, por sí solo, las invenciones, si no abre y muestra su concepción a los ojos corporales, que le ayudan a juzgarlas debidamente; además, es preciso estudiar muy bien los desnudos para entenderlos debidamente, y eso no se hace, ni se puede hacer, sin dibujarlos sobre papel. Por otra parte, no es poca servidumbre tener siempre delante de uno, cuando se pinta, a personas desnudas o vestidas. En cambio, cuando uno se ha hecho la mano dibujando sobre papel, gradualmente se llega con mayor facilidad a poner la obra en ejecución, trazando y pintando. Y practicando de ese modo se perfecciona la factura y el juicio, a la vez que se evita ese esfuerzo trabajoso con que se ejecutan las pinturas de que hemos hablado antes. Sin contar que, cuando se dibuja sobre papel, se va llenando la mente de bellas ideas, y se aprende a hacer de memoria todas las cosas de la naturaleza, sin necesidad de tenerlas siempre delante de uno, o de tener que ocultar bajo la belleza de los colores la pena de no saber dibujar, como lo hicieron durante muchos años los pintores venecianos Giorgione, Palma, Pordenone y otros, que no estuvieron en Roma y no vieron otras obras absolutamente perfectas.

Cuando Tiziano vio la factura y el estilo de Giorgione, abandonó el método de Gian Bellini, aunque le había dedicado mucho tiempo, y adoptó el otro. En breve plazo supo imitar tan bien las cosas de Giorgione, que sus pinturas fueron tomadas más de una vez por obras de éste, como luego se dirá. Creciendo luego Tiziano en años, práctica y cordura, ejecutó al fresco muchas cosas que no se pueden mencionar con orden porque están dispersas en varios lugares. Bastará decir que fueron de tal índole, que muchos peritos pronosticaron su éxito como excelentísimo pintor, lo cual se confirmó después.

Cuando empezó a seguir la manera de Giorgione, no contando más de dieciocho años, hizo el retrato de un gentilhombre de la familia Barbarigo, amigo suyo, que fue considerado muy hermoso, por la naturalidad del color de las carnaciones, y porque la cabellera estaba pintada con tanto detalle que se podían contar los pelos, tal como se contaban los puntos del jubón de raso plateado que hizo en el mismo cuadro. En suma, estaba tan bien hecho, y con tanta diligencia, que hubiera sido confundido con una obra de Giorgione, de no haber firmado Tiziano en el fondo obscuro. Entre tanto, Giorgione había pintado la fachada del Fondaco de Tedeschi. Barbarigo consiguió que le encargaran a Tiziano algunas composiciones que decoran el mismo edificio del lado de la Mercería. Después de ese trabajo, hizo un cuadro grande, con figuras de tamaño natural, en que representó a Nuestra Señora en viaje a Egipto, en medio de un gran boscaje y de un paisaje muy bien hecho, pues Tiziano dedicó muchos meses a esa pintura y empleó a algunos alemanes, excelentes pintores de paisajes y vegetaciones. En el bosque de dicho cuadro puso muchos animales tomados del natural, que tienen mucha realidad y parecen casi vivos. Luego, en la casa de Messer Giovanni d'Anna, gentilhombre y mercader flamenco, su compadre, pintó a lo vivo su retrato y un Ecce Homo con muchas figuras, considerado muy hermoso por Tiziano y los demás. Para el mismo caballero hizo una Virgen con otras figuras, de tamaño natural, de hombres y niños: todos son retratos de miembros de la familia. En el año 1507, cuando el emperador Maximiliano hacía la guerra a los venecianos, pintó Tiziano, según refiere él mismo, al ángel Rafael, Tobías y un perro en la iglesia San Marziliano, con un paisaje en lontananza, en que, en un soto, San Juan Bautista está orando de rodillas, con los ojos puestos en el Cielo, de donde desciende un esplendor que lo ilumina. Se cree que pintó esa obra antes de decorar el Fondaco de Tedeschi. Muchos gentileshombres ignoraban que Giorgione no trabajaba ya en ese edificio ni sabían que Tiziano lo estaba decorando y ya había descubierto una parte de su obra. Encontrándose dichos caballeros con Giorgione, su amigo, le manifestaron su alegría porque, según dijeron, estaban mejor sus pinturas de la pared del lado de la Mercería que las de la fachada del Canal Grande. Esto molestó tanto a Giorgione, que no se dejó ver en público hasta que Tiziano terminó completamente su tarea y se difundió ampliamente que éste había pintado la pared de referencia. Y desde entonces no quiso tener trato con Tiziano ni considerarlo como amigo.

La Caida

 

En 1508 publicó Tiziano sus grabados en madera del Triunfo de la Fe, con una infinidad de figuras que representan a nuestros primeros padres, los patriarcas, los profetas, las sibilas, los inocentes, los mártires, los apóstoles y Jesucristo llevado en triunfo por los cuatro Evangelistas y los cuatro Doctores, seguidos por los santos confesores. En esta obra mostró Tiziano vigor, hermoso estilo y buena técnica. Y recuerdo que Fray Bastiano del Piombo, comentando esto, me dijo que si Tiziano, en aquella época, hubiera estado en Roma y visto las obras de Miguel Ángel, las de Rafael y las estatuas antiguas, y hubiese estudiado el dibujo, habría hecho cosas estupendas; porque era hábil colorista y merecía el elogio de ser en nuestro tiempo el mejor imitador de la naturaleza en cuanto a colorido; y con el fundamento de la grandeza en el dibujo habría alcanzado al de Urbino y a Buonarroti.

Luego se trasladó Tiziano a Vicenza, donde pintó al fresco el Juicio de Salomón en la galería en que se realiza la audiencia pública. Fue una hermosa obra. Cuando volvió a Venecia, pintó la fachada del palacio Grimani y, en Padua, hizo algunos frescos en la iglesia de San Antonio, representando hechos de este Santo. Y en la iglesia de Santo Espiritu pintó en una tablita un San Marcos sentado y rodeado por varios Santos, cuyos rostros son tomados del natural y están ejecutados al óleo con suma diligencia. Muchos han creído que esta tabla era de Giorgione. Como, a consecuencia de la muerte de Bellini, quedó inconclusa en la Sala del Gran Consejo una composición en que Federico Barbarroja aparece arrodillado a la puerta de la iglesia de San Marcos, ante el Papa Alejandro III, que le pone el pie sobre el cuello, Tiziano la completó cambiando muchas cosas y haciendo numerosos retratos de sus amigos y otras personas. Así mereció como recompensa del Senado un cargo en el Fondaco de Tedeschi que se llama la Senseria y produce trescientos escudos anuales. Esos Señores tienen por costumbre conceder ese beneficio al pintor más excelente de su ciudad, a cambio de lo cual el artista debe retratar a su príncipe, es decir al Dux, cuando éste es designado, por el precio de ocho escudos solamente, que le paga dicho príncipe. Y el retrato se coloca luego en lugar público, como recuerdo del Dux, en el palacio San Marcos.

En 1514, el duque Alfonso de Ferrara hizo decorar una sala y, en ciertos compartimientos, Dosso, pintor ferrarés, le pintó historias de Eneas, Marte y Venus, así como a Vulcano con dos herreros forjando en una gruta. Quiso también el duque tener pinturas de Bellini, quien hizo en otra pared una barrica de vino tinto con algunas bacantes en torno, músicos, sátiros y otros hombres y mujeres ebrios, cerca de los cuales está un Sileno completamente desnudo y muy bello, montado en su asno y rodeado por figuras que tienen las manos llenas de frutos y de racimos de uva. Esa obra fue ejecutada con mucho cuidado, y es de las mejores que hizo jamás Bellini, aunque en los paños se advierte cierta dureza, a la manera tudesca. Esto no es sorprendente, pues imitó una tabla de Alberto Durero, flamenco, que en esos días había sido llevada a Venecia y puesta en la iglesia de San Bartolomeo, y es una pieza notable, al óleo, llena de muy hermosas figuras. En la barrica, Gian Bellini escribió las siguientes palabras: Ioannes Bellinus Venetus p. 1514. No pudo terminar completamente la obra, por ser anciano, y entonces Tiziano, como más excelente que todos los demás, fue encargado de concluirla.

Carlos V

Deseoso de lograr provecho y hacerse conocer, Tiziano pintó con mucha prolijidad dos composiciones que faltaban en dicha sala. En la primera hay un río de vino bermejo en torno del cual están unos cantores y músicos casi ebrios, mujeres y hombres, y una figura desnuda que duerme; es bellísima y parece viva. Y en ese cuadro puso Tiziano su nombre. En el otro, que está contiguo al primero, y más cerca de la entrada, hizo muchos angelotes y niños hermosos, en diversas actitudes, que mucho gustaron a dicho señor, lo mismo que la otra pintura. Es notable, entre los demás, uno de los niños, que está en el río y contempla su imagen en el agua, mientras otros niñitos rodean un pedestal en forma de altar, sobre el cual se ve una estatua de Venus con una concha marina en la mano derecha, acompañada por la Gracia y la Belleza, que son figuras muy bellas y ejecutadas con increíble diligencia. En la puerta de un armario pintó Tiziano un Cristo de medio cuerpo, maravilloso y estupendo, al que un villano hebreo muestra la moneda del César. Afirman nuestros artistas que la cabeza de Cristo y otras pinturas de dicha sala son lo mejor y más perfectamente realizado que haya pintado jamás Tiziano. A la verdad, son excepcionales. Por consiguiente, mereció ser liberalísimamente recompensado y alabado por ese señor, a quien retrató en forma óptima, con un brazo apoyado en una gran pieza de artillería. También hizo el retrato de la señora Laura, que luego fue la esposa del duque; es una obra estupenda. A la verdad, tienen gran poder las dotes de los hombres de talento cuando son apoyados por la liberalidad de los príncipes. En esa época, Tiziano se hizo amigo del divino Messer Ludovico Ariosto, que lo reconoció como excelentísimo pintor y lo celebró en su Orlando Furioso:

El duque de Alba

... e Tizian che onora

Non men Cador, che quei Vinezia e Urbino

Cuando Tiziano regresó a Venecia, hizo para el suegro de Giovanni da Castel Bolognese, al óleo y sobre tela, un pastor desnudo y una forastera que le ofrece una flauta para que toque, en un bellísimo paisaje. Ese cuadro está hoy en Faenza, en la casa de dicho Giovanni. Pintó luego, para el altar mayor de la iglesia de los Hermanos Menores, llamada la Grande, una Asunción de Nuestra Señora, mientras los doce apóstoles, abajo, contemplan cómo asciende al cielo. En la capilla de la familia Pesari, en la misma iglesia, hizo en una tabla la Virgen con el Niño en brazos, un San Pedro y un San Jorge y los donantes arrodillados, retratados del natural. Entre ellos están el obispo de Pafos y su hermano, quienes acaban de regresar de la guerra en que el obispo venció a los turcos. En la iglesita de San Niccolò, en el mismo convento, pintó a San Nicolás, San Francisco, Santa Catalina y San Sebastián desnudo. Ésta es una figura muy real, sin artificio alguno en la representación de la belleza de las piernas y el torso: no hay allí nada más de lo que el pintor vio en la naturaleza, y la figura es carnosa y exacta al punto de parecer viva. Con todo, es considerada hermosa, como también lo es Nuestra Señora con el Niño en brazos, la cual es contemplada por todas las demás figuras. Esta composición fue dibujada en un bloque de madera por Tiziano mismo, y luego grabada e impresa por otros. Para la iglesia de San Rocco pintó un Cristo con la cruz a cuestas y una cuerda al cuello, arrastrado por un hebreo. Esa figura, que muchos atribuyeron al pincel de Giorgione, se conserva con la mayor devoción en Venecia y ha recibido, en concepto de limosnas, más escudos que los ganados en toda su vida por Tiziano y Giorgione.

Fue llamado a Roma por Bembo, a quien había retratado, pero dejó el viaje de hoy para mañana y finalmente no fue. Retrató del natural al príncipe Grimani y a Loredano, y ambas obras fueron consideradas admirables. Poco después hizo el retrato del rey Francisco, cuando éste partió de Italia para volver a Francia. Y el año en que fue elegido el Dux Andrea Gritti, Tiziano lo retrató, representándolo como San Andrés, en un cuadro en que este Santo y San Marcos acompañan a Nuestra Señora. Esa pintura, que es maravillosa, se encuentra en la sala del Colegio. Y como tenía obligación, según se ha dicho ya, de hacerlo, retrató, además de los nombrados, a los demás jefes del Estado de su tiempo: Pietro Lando, Francesco Donato, Marcantonio Trevisano y Veniero. Por ser muy anciano ya, lo excusaron de pintar los retratos de los hermanos Pauli, que asumieron ambos la dignidad de Dux.

Pietro Aretino, poeta celebérrimo de nuestro tiempo, fue a vivir a Venecia antes del saqueo de Roma y se hizo muy amigo de Tiziano y de Sansovino, lo que acarreó muchos honores y provecho al pintor, porque lo hizo conocer en lugares tan distantes como los que alcanzaba su pluma, y especialmente le dio fama entre príncipes de importancia, como se dirá oportunamente. Tiziano pintó el cuadro de altar de San Pedro Mártir en la iglesia de San Giovanni Polo, representando al Santo de tamaño mayor que el natural, en un bosque de árboles muy altos, caído en tierra y atacado por la ferocidad de un soldado que lo ha herido en la cabeza de tal modo que, estando aún vivo, se le ve en el rostro el horror de la muerte; otro religioso que está huyendo revela el espanto mortal; en el aire están dos ángeles desnudos que bajan de un trozo de cielo que ilumina el bellísimo paisaje y todo el resto de la pintura, que es la más cumplida, la más célebre y la mayor y mejor entendida y ejecutada de todas las que hizo Tiziano en su vida. Viendo esta obra Gritti, que siempre fue muy amigo de Tiziano, y también de Sansovino, le hizo encargar para la sala del Gran Consejo una gran composición de la batalla de Chiaradadda. Allí representó Tiziano el furor de los soldados que combaten bajo una lluvia terrible. Esta pintura llena de vida es considerada la mejor de cuantas escenas hay en esa sala, y también la más bella. En el mismo palacio, al pie de una escalera, pintó al fresco una Virgen. En la misma época hizo para la Scuola di Santa Maria della Carità una Virgen subiendo las gradas del templo, rodeada de toda clase de figuras cuyas cabezas son retratos del natural.

Dicen que en el año 1530, estando en Bolonia el emperador Carlos V, Tiziano fue llamado por el cardenal Hipólito de Médicis, con intervención de Pietro Aretino, y que en esa ciudad pintó un bellísimo retrato de Su Majestad revestida de armadura. Tanto gustó al Emperador, que le hizo obsequiar mil escudos, suma de la cual tuvo que entregar luego la mitad a Alfonso Lombardi, escultor, que había hecho un modelo de la figura para ejecutarla en mármol, como se refiere en su Vida. Al regresar Tiziano a Venecia, supo que muchos gentileshombres favorecían al Pordenone y le habían hecho encargar, para la iglesia de San Giovanni Elemosinario un pequeño cuadro, que debía realizar compitiendo con Tiziano, ya que éste había pintado poco antes, para el mismo templo, un San Juan Limosnero en traje de obispo. Pero Pordenone no pudo igualar ni siquiera alcanzar el nivel de la obra de Tiziano, quien hizo después una Anunciación bellísima para Santa Maria degli Angeli, de Murano. Pero como quienes se la encargaron no quisieron pagar quinientos escudos, que era el precio pedido por Tiziano, éste, por consejo de Messer Piero Aretino, la envió como obsequio al emperador Carlos V. Éste apreció infinitamente la obra e hizo al pintor un obsequio de dos mil escudos. Y donde debía ser colocada originalmente la Anunciación, fue puesta una pintura de Pordenone.

Poco tiempo después, Carlos V volvió a Bolonia para conferenciar con el Papa Clemente, llegando de Hungría con el ejército, y quiso hacerse retratar otra vez por Tiziano. Éste también pintó, antes de salir de Bolonia, al cardenal Hipólito de Médicis en traje húngaro e hizo otro retrato más pequeño del mismo prelado con armadura. Ambas obras están hoy en el depósito del duque Cosme.

En la misma época retrató al marqués del Vasto, Alfonso Davalos y a Pietro Aretino, quien entonces lo vinculó con Federico Gonzaga, duque de Mantua. Fue Tiziano a los Estados de ese príncipe y pintó su retrato y el de su hermano, el cardenal. Para adorno de una sala decorada por Julio Romano pintó doce bustos de doce Césares, muy bellos, debajo de los cuales ejecutó luego el pintor de Roma episodios de la vida de los mismos.

En Cadore, su pueblo natal, pintó una tabla en que representó a Nuestra Señora y San Tiziano Obispo, con su propio retrato de rodillas. El año en que el Papa Pablo III fue a Bolonia y de allí a Ferrara, Tiziano fue a la Corte pontificia e hizo un retrato bellísimo del Pontífice, y una copia del mismo para el cardenal Santa Fiore. Ambas pinturas están en Roma, una en el depósito del cardenal Farnesio y la otra en poder de los herederos del cardenal Santa Fiore. De ellas se han hecho muchas otras copias que están diseminadas en Italia. Casi en la misma época retrató a Francesco Maria, duque de Urbino, haciendo un cuadro maravilloso que Messer Piero Aretino celebró en un soneto que comienza así:

Se il chiaro Apelle con la man dell'arte

Rassemplò d'Alessandro il volto e il petto...

Familia Vendramin

El mismo duque posee dos cabezas de mujer muy seductoras y una Venus joven, recostada, con flores y paños sutiles en torno de ella, muy bellos y bien terminados, de la mano de Tiziano. Además, tiene un busto de Santa María Magdalena con la cabellera suelta, que es una obra poco común. También están en su poder los retratos de Carlos V, del rey Francisco cuando era joven, del duque Guidobaldo II, de los Papas Sixto IV, Julio II y Pablo III, del viejo cardenal de Lorena y de Solimán, emperador de los turcos; esos retratos son de la mano de Tiziano y bellísimos.

En el año 1541 pintó Tiziano para los Hermanos de Santo Spirito, de Venecia, el cuadro del altar mayor, en que representó al Espíritu Santo descendiendo sobre los Apóstoles; Dios está representado como fuego y el Espíritu Santo bajo la forma de una paloma. Para la iglesia de San Nazzaro de Brescia hizo el cuadro del altar mayor en cinco compartimientos.

Cain y Abel

Ese mismo año pintó el retrato de Don Diego de Mendoza, entonces embajador de Carlos V en Venecia, de cuerpo entero y en pie. Es una bellísima figura, y con ella inició Tiziano la costumbre, que luego se adoptó, de hacer algunos retratos de cuerpo entero. Del mismo modo hizo el del cardenal de Trento, entonces joven, y una efigie de Pietro Aretino para Francesco Marcolini.

En el mismo período hizo Tiziano su autorretrato, como recuerdo para sus hijos. Y llegado el año 1546, llamado por el cardenal Farnesio fue a Roma, donde se encontró con Vasari que, de regreso de Nápoles, pintaba la sala de la Cancillería para dicho cardenal. Como el prelado recomendó a Tiziano ante Vasari, éste lo acompañó afectuosamente para que viera las cosas de Roma; así, cuando Tiziano hubo descansado unos cuantos días, le dieron alojamiento en el Belvedere para que empezara a hacer otro retrato del Papa Pablo, de cuerpo entero, el de Farnesio y el del duque Ottavio. Los ejecutó óptimamente, dando mucha satisfacción a esos señores, a pedido de los cuales hizo, para obsequiárselo al Papa, un busto de Cristo en forma de Ecce Homo. Por muy buena que fuese esta obra, no les pareció a los pintores tan excelente como muchas otras de Tiziano, y especialmente los retratos; quizá porque sufría por la comparación con las pinturas de Miguel Ángel, de Rafael, de Pulidoro y otros.

Baco y Ariadna

 

DANAE Y LA LLUVIA DE ORO

Un día que Miguel Ángel y Vasari fueron a visitar a Tiziano en el Belvedere, vieron en su taller un cuadro que acababa de terminar y representaba a una Dánae desnuda, con Júpiter en su regazo, transformado en lluvia de oro. Lo alabaron mucho (como se debe hacer en presencia del artista). Pero cuando dejaron a Tiziano, comentando su obra, Buonarroti la elogió bastante, diciendo que le gustaban mucho su colorido y su factura, pero que era pecado que en Venecia no se aprendiera desde el principio a dibujar bien y que los pintores de allá no siguiesen mejor método en el estudio. Si este hombre (dijo Miguel Ángel) fuese auxiliado por el arte y el dibujo como lo es por la naturaleza, y sobre todo en la copia del natural, no se podría llegar a más ni mejor, pues tiene un bellísimo espíritu y un estilo muy encantador y vivaz. Y esto es cierto, porque quien no ha dibujado bastante y estudiado obras selectas antiguas o modernas, no puede trabajar bien por su sola experiencia ni mejorar las cosas que se copian de lo vivo, dándoles aquella gracia y perfección que da el arte fuera del orden de la naturaleza, la cual hace comúnmente algunas partes que no son hermosas.

La Religión socorrida por España

Partió finalmente Tiziano de Roma, con muchos obsequios de aquellos señores y llevando, en especial, un beneficio de buena renta para su hijo Pomponio. Tomó el camino de Venecia después de haber hecho Orazio, su otro hijo, un retrato de Messer Battista Ceciliano, excelente violinista. Tiziano pintó también otros retratos para el duque Guidobaldo de Urbino. Y, llegado a Florencia, se asombró al ver los tesoros de esa ciudad, lo mismo que le había ocurrido en Roma. Visitó al duque Cosme en Poggio a Caiano, donde se encontraba, y le ofreció pintarle su retrato, pero Su Excelencia no aceptó, acaso para no perjudicar a tantos nobles artistas de su ciudad y sus dominios. Vuelto, pues, Tiziano a Venecia, pintó para el marqués del Vasto una Alocución -así la llamaron- de ese señor a sus soldados; luego le hizo el retrato de Carlos V, el del Rey Católico y muchos más. Y concluidas esas obras, ejecutó una Anunciación para Santa Maria Nuova de Venecia. Más tarde, haciéndose ayudar por sus aprendices, pintó una Cena en el refectorio de San Giovanni Polo, y una Transfiguración de Cristo en el Tabor para el altar mayor de la iglesia de San Salvadore. En otro altar de la misma iglesia puso una Anunciación. Pero estas últimas obras, aunque tengan mucho bueno, no son muy estimadas ni poseen la misma perfección que sus otros cuadros. Y como son infinitas las obras de Tiziano, sobre todo los retratos, es casi imposible hacer memoria de todas.

Por lo tanto, mencionaré solamente los cuadros más destacados, sin orden cronológico, pues no importa mucho saber cuál se hizo primero y cuál después. Retrató varias veces, como se ha dicho, a Carlos V, y últimamente fue llamado por éste a la Corte, donde lo retrató tal como era en sus últimos años. Y tanto agradó a ese invictísimo Emperador la manera de Tiziano que, desde que lo conoció, no quiso ser retratado por ningún otro pintor; y cada vez que Tiziano lo pintó, recibió mil escudos de oro como regalo. Fue nombrado caballero por Su Majestad, y recibió una pensión de doscientos escudos sobre la Cámara de Nápoles.

Cuando retrató a Felipe, rey de España e hijo de dicho Carlos, recibió otra pensión de doscientos escudos, de modo que, añadidos esos cuatrocientos a los trescientos del Fondaco de Tedeschi que le otorgaron los señores venecianos, tiene, sin esfuerzo, setecientos escudos de pensión asegurados cada año. Envió Tiziano al duque Cosme, que los conserva en su depósito, los retratos de Carlos V y del rey Felipe. Retrató a Fernando, rey de los Romanos, que luego fue Emperador, y a todos los hijos de éste, es decir Maximiliano, hoy Emperador, y su hermano. Retrató a la reina María y, para el Emperador Carlos, al duque de Sajonia cuando estaba prisionero. Pero estamos perdiendo tiempo: No ha habido, por decir así, señor de gran nombre, ni príncipe ni gran dama que no hayan sido retratados por Tiziano, que, en esta especialidad, fue ciertamente excelentísimo pintor. Retrató al rey Francisco I de Francia, como ya se ha dicho, a Francesco Sforza, duque de Milán, al marqués de Pescara, Antonio da Leva, Massimiano Stampa, el señor Giovanbatista Castaldo e infinidad de otros señores. Además, en diversas épocas, hizo muchas otras obras, aparte de las mencionadas. En Venecia, por orden de Carlos V, hizo un gran cuadro de altar, con la Trinidad, Nuestra Señora y el Niño, la paloma y Dios Padre rodeado de querubines ardientes. De un lado está Carlos V y del otro la Emperatriz, orando junto con muchos Santos, tal como se lo ordenó a Tiziano el César, que, hasta entonces en la cima de su carrera victoriosa, empezaba a mostrar deseos de retirarse, como luego lo hizo, de la vida mundanal, para morir como verdadero cristiano temeroso de Dios y deseoso de la propia salvación. Dijo el Emperador a Tiziano que deseaba poner esa pintura en el monasterio en que luego concluyó el curso de su vida. Y como es una obra excepcional, se espera que pronto se editará en estampa.

Suicidio de Lucrecia

Pintó Tiziano un Prometeo para la reina María; está encadenado al monte Cáucaso y el águila de Júpiter lo desgarra; también hizo un Sísifo en el infierno, cargando una piedra, y a Tizio con el buitre. Todas esas obras recibió Su Majestad, y con ellas un Tántalo del mismo tamaño, es decir de medida natural, en tela y al óleo. Pintó también una Venus con Adonis; esas figuras son maravillosas: ella está como desmayada y el joven, queriendo separarse de su lado, rodeado de sus perros, muy natural. En una tabla del mismo tamaño representó a Andrómeda encadenada a la roca y a Perseo que la libera del monstruo marino. No puede haber pintura más seductora que ésta; y lo mismo vale en cuanto a otra Diana que, estando a orillas de una fuente con sus ninfas, convierte a Acteón en ciervo. Igualmente pintó una Europa que cruza el mar a lomo del toro. Esas pinturas son muy apreciadas por el Rey Católico, por la vivacidad que Tiziano dio a las figuras, haciéndolas de colores tan vivos y reales. Pero bien es cierto que su técnica en estas últimas obras es muy distinta de la de su juventud; las primeras están ejecutadas con cierta finura y diligencia increíble y pueden ser vistas de cerca o de lejos; y las últimas han sido realizadas a grandes toques, gruesamente y a manchones, de modo que de cerca no se pueden ver, aunque de lejos parecen perfectas. Y este método ha sido causa de que muchos, queriendo imitarlo y mostrarse hábiles, han realizado torpes pinturas; eso ocurre porque si bien muchos creen que los cuadros de Tiziano están ejecutados sin esfuerzo, la verdad es otra, y se engañan; porque se conoce que están elaborados, pintados y repintados tantas veces, que el trabajo resulta evidente. Y dicha técnica es razonable, bella y estupenda, porque da vida a las pinturas, hechas con gran arte, y oculta el esfuerzo desplegado.

Hizo últimamente Tiziano, en un cuadro de tres braccia de alto por cuatro de ancho, a Jesucristo niño en el regazo de Nuestra Señora, adorado por los Magos, acompañados por buen número de figuras de un braccio de alto. Es una obra muy atrayente, lo mismo que la copia que él mismo ejecutó para darla al viejo cardenal de Ferrara. Otro cuadro, en que representó a Cristo ultrajado por los judíos y que es bellísimo, fue puesto en Milán, en una capilla de la iglesia de Santa Maria delle Grazie. Para la reina de Portugal pintó un Cristo flagelado, un poco más pequeño que el tamaño natural, que es muy hermoso. En Ancona, para el altar mayor de San Domenico, hizo un Cristo crucificado con Nuestra Señora, San Juan y Santo Domingo a sus pies, muy hermosos; lo ejecutó con su última técnica, hecha de manchas, como se dice ahora.

Después de realizar muchos otros cuadros religiosos y retratos, pintó para Monseñor Giovanni della Casa, florentino ilustre por su estirpe y su obra literaria, el bellísimo retrato de una noble damaamada por aquel señor cuando residía en Venecia. Y mereció ser honrado por él en el hermosísimo soneto que comienza así:

Ben vegg'io, Tiziano, in forme nove

L'idolo mio, che i begli occhi apre e gira...

Finalmente envió este excelente pintor a dicho Rey Católico una Cena de Cristo con los Apóstoles, en un cuadro de siete brazos de largo, que es una obra de belleza extraordinaria. Además de dichos trabajos y muchos otros de menor importancia, ejecutados por Tiziano y de los cuales no hablamos para ser breves, conserva en su casa los siguientes, esbozados y comenzados:

Un Martirio de San Lorenzo que se propone enviar al Rey Católico; una gran tela de Cristo crucificado con los ladrones y, abajo, los crucificadores, encargada por Messer Giovanni D'Anna, y un cuadro que fue empezado para el Dux Grimani, padre del Patriarca de Aquilea; y para la sala del palacio grande de Brescia ha dado comienzo a tres cuadros grandes que formarán parte de la decoración del techo, como se ha dicho al hablar de Cristofano y de uno de sus hermanos, pintores de Brescia. Comenzó también, hace muchos años, para Alfonso I, duque de Ferrara, una pintura de una joven desnuda que se inclina hacia Minerva, con otra figura al lado y un mar en que, en lontananza, está Neptuno sobre su carro. Pero a consecuencia de la muerte de dicho señor, para quien se ejecutaba esa obra a su capricho, no fue concluida y la conservó Tiziano. También ha llevado a buen término, pero no acabado, un cuadro en que Cristo se aparece a María Magdalena en forma de hortelano, en figuras de tamaño natural; y otro más, de dimensiones similares, en que en presencia de la Virgen y las otras Marías es sepultado Cristo. Y, asimismo, una Nuestra Señora que es una de las buenas cosas existentes en aquella casa, además de un autorretrato muy bello y natural, que Tiziano concluyó hace cuatro años y finalmente, un San Pablo, en media figura, leyendo, que parece invadido por el Espíritu Santo.

Estas obras, digo, ha realizado, con muchas otras que se callan para no cansar, hasta la edad de setenta y seis años, más o menos. Tiziano ha sido sanísimo y afortunado como ningún otro de sus pares lo fue jamás; y del cielo sólo ha recibido favores y felicidad. En su casa de Venecia estuvieron cuantos príncipes, literatos y caballeros visitaron la ciudad o residieron en ella en su tiempo, porque, aparte de la excelencia de su arte, es un hombre gentilísimo, bien educado y de dulcísimas costumbres y modales. En Venecia ha tenido algunos competidores, pero de valor no muy grande, y los ha superado fácilmente con la excelencia de su arte y porque supo atraer a los gentileshombres y serles grato. Ha ganado bastante, porque sus obras le fueron pagadas a muy buen precio, pero hubiera sido conveniente que en estos últimos años sólo hubiese trabajado como pasatiempo, para no echar a perder, con obras escasamente buenas, la reputación que adquirió en años mejores y cuando la naturaleza, por su declinación, no tendía a lo imperfecto. Cuando Vasari, autor de la presente historia, estuvo en Venecia en 1566, fue a visitar a Tiziano, muy amigo suyo, y lo encontró, aunque era viejísimo, con los pinceles en la mano, pintando. Y tuvo mucho placer viendo sus obras y conversando con él. Vasari fue presentado a Messer Gian Maria Verdezotti, joven gentilhombre veneciano lleno de talento, amigo de Tiziano y bastante buen dibujante y pintor, como lo demostró en algunos paisajes diseñados por él, bellísimos. Posee éste de la mano de Tiziano, a quien ama y respeta como a un padre, dos figuras pintadas al óleo en dos nichos: un Apolo y una Diana.

Habiendo, pues, Tiziano adornado con óptimas pinturas a Venecia y toda Italia, como también otras partes del mundo, merece ser amado y respetado por los artistas, y en muchas cosas admirado e imitado, pues hizo y hace todavía pinturas dignas de infinita alabanza, que durarán tanto como puede durar la memoria de los hombres ilustres.

Si bien muchos estudiaron con Tiziano, no es grande el número de los que verdaderamente pueden decirse discípulos suyos, porque él no enseñó mucho, y cada cual aprendió más o menos, según lo que pudo sacar de las obras pintadas por Tiziano. Entre otros estuvo con él un tal Giovanni Fiamingo, maestro bastante alabado por sus figuras pequeñas y grandes, y maravilloso retratista, como puede verse en Nápoles, donde vivió algún tiempo y finalmente murió. De su mano (lo que en todos los tiempos le merecerá honra) son los dibujos anatómicos que hizo grabar y publicó en su libro el excelentísimo Andrés Vesalio.

Pero quien más imitó a Tiziano fue Paris Bordone, nacido en Treviso, de padre trevisano y madre veneciana, que fue llevado a Venecia, a la casa de parientes suyos, a la edad de ocho años. Allí aprendió la gramática y se hizo excelente músico, yendo luego a estudiar con Tiziano. Pero no estuvo muchos años en su taller, porque vio que el maestro no se esforzaba mucho por enseñar a sus discípulos, y se fue a pesar de que sus compañeros le rogaron que tuviera paciencia. Lamentó muchísimo que en esos días hubiera muerto Giorgione, cuyo estilo le gustaba muchísimo y que tenía fama de enseñar bien y con amor todo lo que sabía. Y como no podía hacer de otro modo, Paris resolvió seguir a cualquier precio la manera de Giorgione. Así, se puso a trabajar y copiar las obras de ese pintor, progresando tanto, que adquirió excelente crédito y que, a la edad de dieciocho años, recibió encargo de una tabla para la iglesia de San Niccolò, de los Frailes Menores. Enterado de ello Tiziano, tanto hizo por diversos medios e influencias, que le quitó el encargo sea para impedir que Paris mostrase tan pronto su capacidad, sea por el deseo de ganar. Fue llamado después Paris a Vicenza, para pintar al fresco una composición en la galería de la plaza, al lado del Juicio de Salomón pintado anteriormente por Tiziano. Fue con mucho gusto y pintó la historia de Noé con sus hijos, pintura que fue considerada -por su ejecución y dibujo- razonablemente buena y no menos bella que la de Tiziano. En verdad, quien no está enterado cree que ambas obras son de una misma mano. Cuando Paris regresó a Venecia, hizo al fresco algunos desnudos al pie del Puente del Rialto, y este ensayo le valió el encargo de algunas fachadas de casas venecianas. Llamado luego a Treviso, decoró también algunas paredes y ejecutó otros trabajos, en particular muchos retratos que gustaron bastante: el del magnífico Messer Alberto Unigo, y los de Messer Marco Seravalle, Messer Francesco da Quer, el Canónigo Rovere y Monseñor Alberti. En la catedral de dicha ciudad hizo en una tabla, para el centro de la iglesia, a instancias del señor vicario, la Natividad de Jesucristo y al lado una Resurrección. En San Francesco hizo otra tabla para el caballero Rovere, otra en San Girolamo y una en Ognissanti, con varios bustos de Santos y Santas, muy bellos por las actitudes y las ropas. Pintó otra tabla para San Lorenzo y decoró tres capillas en San Polo: en la mayor hizo a Cristo resucitado, de tamaño natural, acompañado por una multitud de Ángeles; en otra pintó Santos rodeados de Ángeles, y en la tercera a Jesucristo en una nube, con Nuestra Señora recomendando a Santo Domingo. Todas esas obras lo hicieron conocer como hombre de valor, encariñado con su ciudad natal. En Venecia, donde siempre residió, hizo muchas obras en diversas épocas, pero la más bella y notable, la más digna de alabanzas que hizo jamás Paris Bordone fue una composición que pintó para la Scuola di San Marco. Representa la escena en que el pescador ofrece a la Señoría de Venecia el anillo de San Marcos; hay allí un bellísimo edificio en perspectiva en el cual están sentados el Dux y los senadores -muchos de éstos retratados del natural, muy vivientes y bien ejecutados. La belleza de esta obra tan bien trabajada y coloreada al fresco dio motivo para que Paris fuera empleado por muchos gentileshombres. Así, en la casa grande de los Foscari de San Barnaba hizo muchas pinturas y cuadros, entre otros un Cristo que, descendiendo al Limbo, saca de allí a los Santos Padres. Es considerada una obra singular. En la iglesia de San Job, del Canal Reio, hizo una bellísima tabla y otra en San Giovanni in Bragola. Lo mismo vale por Santa Maria della Celeste y Santa Marina. Pero comprendiendo Paris que quien quiere encontrar trabajo en Venecia tiene que someterse a demasiada servitud cortejando a éste y aquél, resolvió, como hombre naturalmente tranquilo y adversario de ciertos manejos, aprovechar todas las oportunidades para salir de allí e ir a realizar aquellas obras que la suerte le deparaba sin tener que mendigarlas. Por lo tanto, encontrando ocasión propicia en 1538, se trasladó a Francia, al servicio del rey Francisco, para quien hizo muchos retratos de damas y otras pinturas diversas. Al mismo tiempo hizo para Monseñor de Guisa un cuadro de iglesia bellísimo, así como uno de cámara, que representa a Venus y Cupido. Para el cardenal de Lorena hizo un Ecce Homo, un Júpiter con Ío y muchas otras obras. Envió al rey de Polonia un cuadro de Júpiter con una Ninfa, que fue considerado bellísimo. A Flandes envió otras dos pinturas muy hermosas, una Santa María Magdalena en el desierto, acompañada por Ángeles, y una Diana que se baña con sus ninfas en una fuente. Esos dos cuadros, se los hizo pintar Candiano, el médico milanés de la reina María, para obsequiarlos a Su Alteza. En Augsburgo, en la casa de los Fugger, hizo muchas obras de gran importancia, por valor de treinta mil escudos, y en la misma ciudad ejecutó un cuadro muy grande para los Priner, grandes personajes de ese lugar. En ese cuadro puso cinco órdenes de arquitectura en perspectiva, lo cual fue obra muy bella. Pintó otra obra de cámara que está en poder del cardenal de Augsburgo. En Crema hizo dos tablas para la iglesia de Santo Agostino, en una de las cuales está el retrato del señor Giulio Manfrone, representado como San Jorge con armadura entera. Paris hizo también muchos trabajos en Civitale di Belluno, que son alabados, y particularmente una tabla en Santa Maria, y otra en San Giosef, que son bellísimas. Envió a Génova al señor Ottaviano Grimaldo, un retrato suyo, de tamaño natural y bellísimo y, junto con éste, otro cuadro similar que representa a una dama muy seductora. Luego fue Paris a Milán, donde pintó algunas figuras en el aire, con hermoso paisaje debajo para la iglesia de San Celso. Dicen que lo ejecutó a pedido del señor Carlo da Roma, para cuyo palacio hizo dos grandes cuadros al óleo en que representó a Venus y Marta bajo las redes de Vulcano y al Rey David asistiendo al baño de Betsabé, lavada por sus criadas en la fuente. También hizo los retratos de ese señor y de Paula Visconti, su esposa, y algunos paisajes no muy grandes, pero bellísimos. En la misma época pintó muchas fábulas de Ovidio para el marqués de Astorga, que se las llevó a España. Trabajó mucho para el señor Tommaso Marini. Y bastará decir esto acerca de Paris quien, contando a la sazón setenta y cinco años, vive tranquilo y cómodamente en su casa, y trabaja sólo por placer a pedido de algunos príncipes y otros amigos suyos, rehuyendo la competencia y ciertas vanas ambiciones para que no sea turbada su gran paz y tranquilidad por aquellos que (como dice) no obran con rectitud sino con doblez, malignamente y sin caridad alguna. En cambio, él quiere vivir simplemente, con cierta bondad natural, sin sutilezas ni astucias. Últimamente ha pintado un bellísimo cuadro para la duquesa de Saboya: es una Venus con un Cupido, que duermen custodiados por un criado. Está tan bien hecho, que no es posible alabarlo bastante.

Pero no omitiremos decir que una clase de pintura, casi abandonada en todos los demás lugares, se mantiene viva gracias al empeño del serenísimo Senado de Venecia: nos referimos al mosaico. Esto se debe principalmente a Tiziano, que, en cuanto ha estado de su parte, siempre hizo ejercer ese arte en Venecia, y procuró honorables provisiones a quienes trabajaron en mosaico, razón por la cual se hicieron diversas obras de tal género en la iglesia de San Marcos, y se restauraron todos los mosaicos antiguos. Así, en Venecia, ese modo de pintar ha alcanzado la mayor excelencia posible y superado lo que se hizo en Florencia y en Roma en los tiempos de Giotto, Alesso Baldovinetti, Ghirlandaio y Gherardo el miniaturista. Y todo lo que se ha hecho en Venecia tiene su origen en Tiziano y otros excelentes pintores, que hicieron dibujos y cartones en color para mosaicos, con el objeto de que esas obras alcanzaran la perfección que tienen las del pórtico de San Marcos donde, en un nicho muy bello, se ve el Juicio de Salomón, tan hermoso que, a la verdad, con colores no se podría hacer mejor. En el mismo lugar está el Árbol de Nuestra Señora, obra de Lodovico Rosso, llena de Sibilas y Profetas ejecutados de suave manera, con bastante buen relieve. Pero nadie ha trabajado tan bien el mosaico en nuestros tiempos como Valerio y Vincenzio Zuccheri, trevisanos, de quienes se ven muchas composiciones en San Marcos y particularmente la del Apocalipsis, en que rodean el trono de Dios los cuatro Evangelistas en forma de animales, los siete candelabros y otras muchas cosas. Está tan bien hecho el mosaico que, mirado desde abajo, parece hecho con pincel y colores. También hay allí muchos retratos, como el de Carlos V Emperador, el de Fernando, su hermano, que le sucedió en el trono, y el de Maximiliano, hijo de Fernando y Emperador actual. También se ve la cabeza del ilustrísimo cardenal Bembo, gloria de nuestro siglo, y la del Magnífico..., hechas con tanta diligencia y armonía, con tanto acuerdo de las luces, las carnaciones, las tintas, las sombras y demás, que no se puede ver mejor obra en semejante técnica. Y, en verdad, es una lástima que este arte excelentísimo del mosaico, por su belleza y eternidad, no se practique más y no sea fomentado por los príncipes, que pueden hacerlo.

Además de los nombrados, trabajó en mosaico en San Marcos, compitiendo con los Zuccheri, Bartolomeo Bozzato, quien se ha lucido de tal modo en su obra, que merece siempre la alabanza. Pero lo que para todos fue gran ayuda en esa técnica ha sido la presencia y el consejo de Tiziano, de quien fue discípulo -además de los mencionados y muchos otros- un tal Girolamo, cuyo apellido no conozco y a quien llaman «di Tiziano».