HISTORIA DE LA PINTURA ESPAÑOLA
CAPITULO PRIMERO
LA DECORACIÓN DE LOS MANUSCRITOS
| La Estrella de los Vientos, del Códice Albedense |
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El arte de iluminar precedió con mucho en España,
como en las demás naciones occidentales, al arte de la pintura propiamente
dicho. A las ilustraciones de los manuscritos conviene, pues, recurrir para
encontrar los orígenes, así como los monumentos más antiguos del arte indígena.
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En los tiempos de los reyes godos, las pinturas sobre
pergamino no consisten, con frecuencia, más que en titulares muy sencillas
trazadas con minio y realzadas con algunos toques de oro. La figura de Cristo
crucificado se encuentra en un misal cuya fecha, según Eguren, se remonta al
siglo VII. El manuscrito Comes que forma parte de la colección de la Academia de la Historia de Madrid, fue
comenzado en 744 por el abad del monasterio de San Emiliano. El dibujo de las
figuras y de las formas aparece allí de la manera más rudimentaria y bárbara.
Bajo este aspecto ofrece ciertas analogías con la manera del dibujante de las
figuras de los evangelistas del códice de San Gall, que se cree ser obra de un monje irlandés.
La primera página del Comes está adornada con una cruz formada por cintas entrelazadas, de donde penden
las letras alfa y omega. Esta cruz está coronada con dos ángeles cuyos pies
son demasiado pequeños y de un modelado muy deficiente. El nombre de este
manuscrito le viene de la inscripción trazada debajo de la representación de un
guerrero armado de lanza y que lleva un escudo de forma redonda marcado con una
cruz. En una leyenda posterior a la del título hay estas palabras: Tellus comes Ruconum sub era 756, fecha que parece ser la de la terminación del manuscrito.
Passavant, en su estudio sobre el Arte cristiano en España señala, en la biblioteca de San-Gall, otro manuscrito de la misma época, que
parece igualmente haber sido ejecutado en España por algún monje irlandés o
anglo-sajón. Debajo de la figura de un hombre, colocado bajo un arca morisco y
que ofrece los mismos caracteres de dibujo que se nota en el Comes, se lee la
firma Vandalcarius
fecit.
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La Academia de la Historia de Madrid posee un Apocalipsis del
siglo X, obra de Beatus. El título está adornado con una representación del Cordero,
colocado en un medallón y en el centro de una cruz, cuyas extremidades están
formadas por los animales simbólicos, atributos de los evangelistas; los
colores empleados por el iluminador son el púrpura, el amarillo y el verde. Las
hojas siguientes están adornadas con diversas miniaturas, entre las cuales se
ve a San Juan escribiendo, con un ángel que le sostiene el libro, y a la
Virgen representada en pie. Estas figuras son de un dibujo todavía muy
rudimentario, y sus pies, unidos y colocados como en las pinturas egipcias,
están presentados de perfil. Bajo arcos revolotean ángeles; uno de estos arcos
es de forma árabe. La ornamentación de los márgenes y de las titulares no
difiere sensiblemente de los manuscritos franceses o alemanes de
la época carolingia. Nuestra Biblioteca Nacional ha adquirido
otros tres manuscritos del mismo Beatus, que contienen Comentarios del Apocalipsis y están enriquecidos con figuras de un dibujo atrevido, entre las cuales se ve
a los diez reyes aliados de la Bestia, vestidos de juglares o de locos, precipitándose en el
abismo a la vista del Cordero triunfante. Uno de los ejemplares, poco posterior
al siglo X, ofrece un síntoma naturalista que merece ser notado: una inicial,
una M mayúscula, formada por dos músicos bailando. Uno de éstos tiene un arco
y con él rasca las cuerdas de un instrumento que se parece mucho a una
guitarra.
M. L. Delisle ha descrito en sus Misceláneas de paleografía el tercer manuscrito de Beatus que no contiene menos de sesenta miniaturas, de
una ejecución bastante grosera por lo demás. El sabio paleógrafo ha comparado
este ejemplar con otros muchos de la misma obra, ejecutados en los monasterios
de España, en la Cogulla, en San Isidoro de León, en Silos y en otras partes, y
de su examen saca, entre otras, esta observación: que los iluminadores de
entonces no eran aficionados al azul, y que lo reemplazaban casi constantemente
con el púrpura o el violeta. Nota que este último matiz alterna con el rojo en
la mayoría de las iniciales y que el colorido está avivado a menudo por una
goma de reflejos argentinos.
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Débese al monje Vigila, del convento de San Martin de Abelda, un manuscrito, fechado en 976, relativo a diversos concilios generales, uno de ellos celebrado en Toledo, y que pertenece a la Biblioteca Nacional de Madrid. Entre otras miniaturas, este Códice vigilano encierra los retratos de los reyes D. Sancho el Craso y D. Ramiro, de la reina Doña Urraca, y hasta el del iluminador, quien, según su propio testimonio, se hizo ayudar en este trabajo por los monjes Saracino y García. Otro manuscrito conservado en el Escorial, relativo igualmente a la historia de los concilios, y que parece datar de la misma época que el precedente, nos muestra en su primera página al artista iluminador, sentado bajo un pórtico de aquitectura morisca. Más allá representa a Adán y Eva bajo el árbol de la ciencia del bien y del mal; después se ve la imagen del Salvador bendiciendo a la manera griega. El dibujo de estas
miniaturas, bizantinas por la inspiración, pero donde los personajes no tienen
más que apariencias de pies, y cuyas manos son de dimensiones
desproporcionadas, es excesivamente brutal y arcáico; no ofrece ningún
progreso sobre las iluminaciones del siglo VIII, y queda por debajo, como arte, de las miniaturas alemanas, pero bizantinas por la inspiración, del Códice áureo, regalo del emperador Conrado
II, en 1020, que posee igualmente el Escorial.
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En el Tesoro de la catedral de Toledo, en la
Colombina de Sevilla y en la Biblioteca de la Academia española de la
Historia, se conservan numerosos manuscritos, que se remontan a los siglos XII y
XIII, donde se encuentran miniaturas, interesantes por los detalles de trajes
y de a maduras, y cuyo dibujo comienza a aproximarse al de los artistas
flamencos, franceses o alemanes contemporáneos. Una Biblia escrita para el rey
Alfonso el Sabio por el pintor Pedro de Pamplona, y perteneciente a la
Colombina, es particularmente notable por las numerosas representaciones de
asuntos sagrados de que se compone su ilustración, donde aparecen
frecuentemente detalles de arquitectura morisca. Gran interés artístico tiene
igualmente el manuscrito del Escorial, ejecutado en Sevilla para el mismo rey
Alfonso, y titulado: Juegos
diversos de Axedrez, de dados y tablas; abunda en curiosas
iluminaciones acuareladas, representando señores y personajes pertenecientes
a las diferentes clases de la sociedad de la época, jugando éstos a diversos
juegos, y al rey Alfonso mismo sentado bajo un pórtico y enseñando las piezas
del juego a un paje; en otra parte, es un príncipe moro que habla con un profesor
de ajedrez; en una bellísima pintura a la aguada, colocada al principio del
manuscrito, el artista ha representado al rey dictando a un escriba las reglas
de diversos juegos, teniendo a su izquierda un grupo de personajes; todos están
sentados bajo arcos de estilo gótico.
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El Pontifical de la catedral de Sevilla, comenzado en 1390 y no
terminado hasta 1473, encierra numerosas composiciones iluminadas, de ejecución muy diversa, pero que recuerdan, en su
mayoría, el estilo de la escuela franco-flamenca contemporánea. Algunas son de
gran interés, tanto por la importancia de los asuntos representados, como por
sus extraordinarias dimensiones, y sobre todo por la extrema habilidad
desplegada por el artista. Encuadradas en ornamentos formados de ingeniosos caprichos y de detalles exquisitos, destácanse sobre fondos de oro, rojos y azules, dispuestos en cuadraditos variados de color, sobre los cuales están pintados en realce adornos de oro.
El misal del cardenal Mendoza, que pertenece a la misma catedral, está también enriquecido con soberbias miniaturas de tamaño menor que las precedentes,
pero de un carácter artístico que permite atribuir
algunas de ellas a la escuela de los Van Eyck. Ciertos detalles típicos de arquitectura,
de trajes, de fisonomías y un colorido más obscuro en la ejecución de las
carnes, y en general, más caliente que en las miniaturas flamencas, prueban que
el artista que las hizo era español, o al menos, que habitaba en España. Otro
soberbio misal, decorado en el estilo de las escuelas del Norte y que fue acabado
para la reina Isabel, en 1496, por Francisco Flores, se conserva en Granada en
el Tesoro de la capilla sepulcral de los Reyes Católicos.
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El arte italiano tuvo también gran parte de
influencia en la ejecución de algunos manuscritos de la misma época. Cean
Bermúdez, cita entre otros monumentos de este orden, las Decretales, obra
de García Martínez, que trabajaba en Aviñón hacia 1343, así como las miniaturas
que adornan, el misal del cardenal Jiménez de Cisneros; estas obras forman
parte de la biblioteca de la catedral de Sevilla. El último, además de diversas
pequeñas composiciones de carácter italiano evidente, contiene una de mayor
tamaño, donde el artista, seguramente indígena, porque sus tipos de figuras
son muy españoles, ha representado la Crucifixión.
Con los reinados de Juana la Loca y de Carlos V,
vemos reaparecer la influencia flamenca, primero en un Oficio de la Virgen, de la biblioteca del Escorial, y después en un Devocionario que perteneció a Carlos V. El interesante Libro de Montería, o recopilación consagrada a los diversos géneros de caza, que posee la
biblioteca real de Madrid, es una obra del siglo XVI, impregnada del naturalismo
de las escuelas del Norte, pero cuya ejecución no iguala, sin embargo, la
precisión, la finura de dibujo, ni la delicadeza de colorido de los grandes
iluminadores borgonones o flamencos contemporáneos.
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Como había hecho Carlos V con el célebre iluminador Antonio de Holanda, Felipe II
protegió a su hijo Francisco de Holanda, portugués de origen y muy hábil miniaturista a la manera de Julio Clovio. Teniendo que hacer ejecutar los libros del Escorial, Felipe
II no llamó para este trabajo más que a artistas, ya italianos de origen, ya españoles, pero formados en la escuela
romana o florentina. Entre estos últimos nótase, por haber dado pruebas de
especial habilidad, a fray Andrés de León, Nicolás de la Torre, Jusepe
Rodríguez, Francisco Hernández, Simón de Santiago, fray Martín de Valencia,
Juan Salazar y fray Julián de la Fuente del Saz.
Algunos de estos iluminadores colaboraron
igualmente con Francisco de Villadiego y Diego de Arroyo, que había estudiado
el arte en Italia, en la decoración de diversos libros de coro para la
catedral de Toledo. Conviene citar también, como autores de las espléndidas
miniaturas del misal, en seis volúmenes, ofrecido a esta misma catedral por el
cardenal Cisneros, misal que fue terminado en 1518, los nombres de Bernardino
Canderroa, de Alonso Vázquez y de fray Felipe. Con el siglo XVII comienza la
decadencia de la miniatura; sin embargo, aun fue practicada largo tiempo, y
encontramos nombres de iluminadores hasta el final del siglo XVIII. Pero el
estudio de sus obras no ofrecería ya ningún interés artístico.
Del examen cronológico de algunos de los
manuscritos de que acabamos de hablar, despréndese claramente que, unas veces
el arte de las escuelas del Norte, otras veces el arte italiano, inspiró a los
iluminadores españoles, y que éstos obedecieron a una o a otra influencia, no
según, la época y el medio en que vivió el artista, puesto que vemos estas dos
influencias ejercerse simultáneamente en un mismo centro y en un mismo
momento, sino más bien, como consecuencia y como resultado de la enseñanza que
el artista recibiera y que él continuó, por lo demás, mezclando en ella algo
de su personalidad y de las tendencias naturalistas de su raza.