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Maitines sobre la Historia I Ciencia e Ideología La oposición enconada de una ideología científica que niega su existencia para desde su imparcialidad pretender que su discurso no tiene más interés que la verdad, cuando la verdad es que asistimos al baile de las organizaciones e individuos entregados a la investigación y trabajo científicos alrededor del becerro de oro de la globalización contemporánea, producto de la impotencia política para transformar la relación entre el hombre y el universo, fracaso visible que se pretende vestir de totalitarismo libertario a fin de hacer pasar por Victoria lo que es un rotundo Fracaso: Semejante baile de la clase científica, liberadora en su día, es motivo suficiente para devolverle el guante y hacernos los nuevos defensores de su proclama independista: “Pienso, luego existo”, derivando esta conclusión hacia la necesidad de la Duda, esta vez contra la propia Ciencia. No en cuanto Ciencia sino en cuanto Ideología. Es cierto que los científicos suelen decir que no tienen ninguna Ideología, que lo ideológico es cosa de filósofos. Pero lo cierto es, como voy a demostrar enseguida, que la Cosmología del Siglo XX fue ideología pura y dura, y que su continua postura ideológica sigue poniendo, como ya lo hiciera en el siglo XX, en peligro a la Humanidad entera. De hecho, y contrariamente a lo que se piensa, la Globalización no es más que un Neonazismo seudo-científico, dulcificado por la coalición de los G8, para entenderse a nivel mundial a pesar de las irreconciliables diferencias entre las naciones: al precio del respeto mutuo hacia la tiranía de cada cual en tanto que limitada a las fronteras nacionales. Coalición Globalizadora a la que el Islam no quiere agarrarse porque tiene su propia visión del mundo, que no es más ni menos que la destrucción de los G8 mediante la reconquista del Imperio Perdido. Lógicamente esto es propaganda de los líderes religiosos y coronas musulmanas para mantener dentro de sus fronteras sus teocracias a salvo de críticas e injerencias internacionales extranjeras; de puertas para adentro todos los miembros de la Conferencia Islámica Mundial saben que de pretender llevar a la realidad semejante locura, estarían acabados. Como no somos pobres analfabetos nacidos en tierras sometidas al eslavismo, no tenemos por qué entrar en discursos para ignorantes -según entendemos nosotros lo que es la Razón y la Inteligencia. (El problema del mundo musulmán es que la necesidad de esta propaganda antioccidental surge del Poder mismo a fin de desviar la vista del pueblo hacia fuera, y el pueblo, sumido en la opresión y la miseria impuesta por ese mismo Poder, es incapaz de ver el quid de la cuestión en función de la ceguera con la que es bombardeado desde las escuelas por el Islam. El Islam, al fin y al cabo, en cuanto brazo teocrático del Poder, es el verdadero enemigo de la libertad de los pueblos hoy musulmanes.) El caso es que la Cosmología del Siglo XX, heredera de la Ciencia del XIX, fue la Madre putativa de ambos monstruos, los Gog y Magog que llevaron a las naciones a la Guerra de exterminio del oponente, uno en nombre del Proletariado y el otro en nombre del Fuerte. Que ambos monstruos tuviesen un nombre, Stalin y Hitler, no es trascendente. Las personas todas tenemos un nombre y no es este nombre el que hace las cosas, porque sería acusar a sus padres de haberlos parido, cosa imposible de aceptar; somos los hombres los que acabamos afinando la estructura melódica de nuestros nombres a ciertos comportamientos, que pueden ser malignos o benignos. Así el de Satán se asocia a la locura total. El de Franciso de Asís a la bondad sin limites. Y sigo. Nos toca a nosotros, actores del Siglo XXI, echar abajo la Cosmología del Siglo XX, no en cuanto ciencia sino en tanto que ideología. Podemos preguntarnos si acaso la Ciencia no tiene derecho a tener su propia ideología. Y yo digo que sí pero que no. ¿Tiene ideología el electrón que orbita, o el Sol que ilumina, o el viento que sopla? Si la Naturaleza y el Universo tuvieran una ideología política el sol iluminaría exclusivamente para sus adoradores, el viento para los suyos, cada elemento le daría vida y muerte a unos u otros según se postrasen o no ante su fuerza. El Hijo de Dios se hizo eco de esta realidad universal indisociable de la Creación entera cuando vino diciendo que Dios hace salir el sol sobre justos e injustos. Es decir, si el objeto de la Ciencia, que es el Universo, no tiene Ideología política, el hecho de tener la Ciencia una ideología debe entenderse como una patología del aparato intelectual que le es propio para realizar su trabajo. Tengamos en cuenta que todas las partes del organismo viviente están sujetas a una patología. Lo contrario, que todo el cuerpo y el propio cerebro fuesen potencialmente y activamente, como se ve, campo de autodestrucción, y en cambio el aparato intelectual - parte interna del cerebro que se encarga del proceso de la abstracción científica - existiese como entre murallas de un olimpo gobernado por dioses a la luz de un todopoderoso dios supremo, mantener esta afirmación esquizoide sería típica de un comportamiento patológico de ese mismo aparato teleonómico de cuyo sano funcionamiento depende la naturaleza del conocimiento. Un verdadero científico, por tanto, no puede tener ninguna ideología política. Una inteligencia científica sana, activa, fuerte en su salud, tiene su libertad en la independencia frente a un comportamiento que le es natural a la clase política. Y no puede tenerla porque, como hemos visto, el Universo es ajeno a cualquier Ideología. De manera que si el objeto de trabajo del científico, que es el Universo, no tiene en sí una Ideología, la fusión de la Ciencia con una Ideología es un acto patológico que, dada la importancia del Conocimiento científico para la vida del Género Humano, induce al científico a preestablecer un resultado para su investigación, quedando así determinadas las propiedades de las conclusiones sobre las que de principio y por principio no puede hacerse ninguna imagen preconcebida. Ciertamente tendríamos que demostrar que la Cosmología del Siglo XX fue una Ideología. Y sin embargo únicamente a un analfabeto puede ocurrirsele poner en Duda esta implicación patológica del sistema cosmológico natural a aquel siglo XX. Tendríamos que entrar en una investigación sobre la naturaleza de todo proceso ideológico, claro. Es decir, qué define lo ideológico, por qué una serie de razonamientos conduce a la creación artificial de un comportamiento ideologizado, cuáles son las bases preconscientes y poscientíficas que conducen a la asimilación de un conjunto concreto de resultados racionales a la estación esquizoide-paranoidea de la Ideología PolitiKoide. Más allá del discurso metafísico implícito en una reconsideración de la relación entre Ciencia y Política, por el siglo XX puesta sobre la mesa, la propia estructura de la realidad universal nos arrastra a preguntarnos por qué lo ideológico y lo criminal son las dos caras de la misma moneda. Es verdad que, animal salvaje por fin domesticado, al alba de este Nuevo milenio y siglo, exceptuando casos fenomenológicos específicos, las ideologías han dejado de ser fieras salvajes para convertirse en gatitos domésticos, tipo socialismo europeo. Esto no quita que allá donde una Ideología salta, no importa desde qué terreno, su sino, un sino asesino, criminal, homicida, entre en escena y de nuevo el Género Humano se vea acometido por la necesidad de acorralar a la bestia y ofrecerle un curso de civilización, o destruirla. Esto de un sitio. Del otro, es interesante ver hasta qué punto se ha confundido tener una Ideología con la Inteligencia, como si quien no tuviera ninguna fuera un monstruo indecente y anormal. Cuando la verdad es que quien tiene una ideología es un criminal en potencia que, como la fiera en su zoo está tranquila y si se escapa mata, igualmente en cualquier momento pueden saltar los goznes y el honrado ciudadano se convierte de la noche al día en el peor asesino conocido. Recordemos los eventos del nacimiento del Comunismo y los efectos de guerras civiles artificialmente creadas como medio de acceder al trono del rey de la selva nacional. Los ideólogos dirán que un ciudadano sin ideología es un ciudadano sin inteligencia. Bien, yo les respondo que, como hemos visto a lo largo de este Curso sobre Ciencia del Bien y del Mal que ya lleva durando seis milenios, sistemas de lavados de cerebros hay muchos como para perder el tiempo hablando con listos. Las evidencias de correspondencia entre sistemas ideológicos y genocidios, terrorismo y homicidio en masas están ampliamente apoyadas en las lecciones de la Historia Universal. No tenemos por qué perder el tiempo con superasesinos en potencia que se lavan las manos mientras inducen al asesinato por razones ideológicas, sean liberales, comunistas, islámicas, nacionalistas o de cualquier tendencia que, sea partiendo de la Ciencia, de la Religión o de la Política, arrastran al mismo matadero adonde es conducido, de siempre, quien no tiene ese mismo razonamiento ideológico y por su pensamiento es un peligro para la ambición de conquista del espacio vital implícito en esa patología criminal que llamamos Ideología. Luego ¿es más libre quien no tiene ninguna Ideología? ¿Será por consiguiente todo acto ideológico un paso homicida? En fin, ¿qué es la Ideología? ¿Es la ciencia de las Ideas? ¿Pero las ideas no son las luces que anteceden a la investigación, que la encaminan, y cuyos efectos son la propia investigación? ¿Y no está demostrado por ejemplos miles que una idea es un acto racional no suficiente para arrivar a una conclusión tipo ley universal? Lo contrario, que, sin la debida investigación o consiguiente trabajo de creación, tener una idea sea tener la conclusión sería proclamar la naturaleza divina y sobrenatural del aparato intelectual científico y de la propia inteligencia humana. Acto de proclamación que en sí mismo descubre una patología y da por sentada la verdadera naturaleza de la enfermedad típica y propia del aparato intelectual mediante el cual la especie humana investiga el Universo y extrae de su estudio las leyes que lo rigen, para desde ellas articular la verdadera estructura de su sistema social. Es imposible por tanto que la Ideología pueda definirse como la Ciencia de las Ideas. En todo caso habría una Historia de las Ideas, tal que unas resultaron ser meras visiones sin más destellos que mantener activo el proceso intelectivo, y otras fueron las verdaderas fuerzas que condujeron al hombre a un resultado positivo. La Ideología no es pues Ciencia de las Ideas. Y por tanto la Ideología en cuanto Ciencia no existe. De donde se deduce que, cuando absolutiza su Razón, el ideólogo actúa como un agente vírico que se integra en una estructura para destruir el organismo mediante la suplantación de su código natural de conducta. ¿Qué es un ideólogo? ¿Un mago de las Ideas? ¿Y qué es una Idea más que un destello resultante de una operación intelectiva, destello producido por una asociación temporal de conocimientos asumidos e integrados en razón de la búsqueda de la conclusión perenne a que debe llevarlo su investigación? No existiendo una Ciencia de las Ideas, sino en todo caso una Historia de las Ideas, el Ideólogo no es un científico, y en todo caso es un Historiador que juega con las Ideas por otros tenidas y aplicadas a la realidad. Tomemos el caso de Marx. Marx fue un ideólogo de este tipo. Jugó con la historia de la dialéctica, pariendo el materialismo histórico, para desde una revisión de las Ideas poner la suya en circulación, y -en lo que viene está su natualeza destructiva-: sin antes someter esa Idea al correspondiente proceso de demostración. Como ya se ha visto por los hechos y aún debe verse el día que caiga China, el Fantasma del Comunismo estaba condenado a la ruina porque una Idea asumida como omnipotente e infalible es un acto patológico del aparato intelectivo, el producto de una demencia cuya etiología es histórica pero no por ello menos esquizoide y asesina. Los millones de homicidios causados por el Fantasma del Comunismo, y que aún acomete contra cualquier libertad, genocidio natural a la propia estructura ideológica, como hemos visto, descubre que todo ideólogo no es más que un asesino que encuentra la justificación moral de sus crímenes en la locura de su Ideología. Podríamos seguir poniendo sobre la mesa posicionamientos ideológicos y hacer gala de un conocimiento masivo de la Historia de las Ideas. Pero si algo creo haber dejado claro es que existe Historia de las Ideas pero no Ciencia de las Ideas. Lo cual nos lleva de vuelta al principio de estos maitines sobre la estructura de la relación entre Ciencia e Ideología. Porque si hemos visto que el Fantasma del Comunismo procedió de una matriz polítikoide, sería injusto no extraer de la Lección Siglo XX del Curso de Ciencia del Bien y del Mal que se nos ha da en forma de Historia Universal, la correspondiente relación estructural entre Nazismo y Cosmología del Siglo XX. El Nazismo Hitleriano, en efecto, de la misma manera que el Marxismo Estalinista fue la aplicación de una Idelogía Pura, es decir, esquizoideo-paranoidea, por en cuanto jamás pasó por el proceso intelectivo directo de comprobación sobre el terreno de las leyes que exponía; el Nazismo Hitleriano - digo - fue la aplicación del Darwinismo Científico al sistema social, en el que el Fuerte fue asumido por el propio Líder de la Nación envuelta en las redes de la locura de la Ciencia. Locura en cuanto que toda Ideología que pretende ser ciencia no es más que un acto de demencia. Desde la patología ideológico-científica natural a la primera mitad del XX ciertamente Alemania era la encarnación del Fuerte, el nacido para dominar y someter a su imperio al resto del mundo. Si le echamos un ojo a la Alemania de las década anteriores a la II Guerra Mundial veremos que -independientemente del Canciller Hitler- aquella Alemania era el orgullo de la Ciencia del Siglo XX. Entre sus campeones estaban los Planck, Werner von Braun, Einstein, Freud, Eisenberg, y el resto de los llamados Padres de la Edad Atómica. Ellos pusieron la primera piedra de la Robótica, la Astronáutica, la Informática, ellos crearon toda la tecnología que hoy día está en las manos de nuestros chiquillos y sin las cuales ninguno de nosotros podría concebir la existencia diaria. Con esta prueba en la mesa no había que ser un genio -de hecho el único que no lo era en aquella generación de sabios, militares y economistas impecables fue el propio Adolfo Hitler- para desde semejante constelación de pruebas vivas concluir que Alemania era la nación predestinada a gobernar el mundo. Lógicamente fue en este momento que la Ideología entró en escena. Y este fue el papel de Hitler, ser el ideólogo, es decir, el mago de las Ideas. Y que por tanto había de conducir, en cuanto ideólogo, a su nación a la ruina. Se ve de lo expuesto que aún no hemos llegado a describir qué sea lo ideológico. En cambio hemos pasado todo el tiempo analizando los efectos de eso que sea lo ideológico. Y demostrando que la relación entre Ciencia e Ideología es un acto patológico una vez que el objeto de la investigación científica, el Universo, está libre de cualquier injerencia interna con eso que lo ideológico sea. En la investigación sobre qué es lo ideológico se cifra todo el tema. II La razón política Ciertamente no habría de faltarle razón de peso a quien declarase que un hombre sin ideología es una cáscara de nuez vacía. ¿Y por qué? ¿La apoliticidad es un delito? ¿El desafío a la visión cosmológica tejida con las fibras seudo científicas del siglo XIX y XX es un crimen contra la libertad de pensamiento del individuo? ¿Ha cambiado pues el sentido de la herejía y hoy se es hereje por antilaicista cuando ayer se era hereje por anticlericalismo? ¿Todo ha consistido en una vuelta de tuerca? ¿La evolución de la Historia Universal Humana tiene por ley el bamboleo violento de un extremo al otro del sino de los tiempos? ¿El Mal de ayer es el Bien de Hoy y el Bien de Hoy es el Mal de mañana? ¿Y si fuera ley a qué ciencia le corresponde su comportamiento? Empezemos diciendo que la asociación arquetípica entre Ciencia del Bien y del Mal y Sexo, alienando la Guerra en cuanto fruto del Arbol Prohibido, es una asociación primitiva, ontológicamente infantil, sin más viabilidad intelectiva que la incapacidad para crecer del pensamiento de determinados grupos de intereses primarios. Recordemos que la Humanidad es un Organismo sujeto a un crecimiento histórico universal, cuyas etapas ontogénicas son trasladadas al terreno del individuo. De aquí que se hable de una Infancia Ontogénica, una Adolescencia y una Madurez, y el resto de etapas ontológicas intermedias. Eso que se llama Nacionalismo es una negación de la humanidad universal genérica en el seno de la colectividad afectada, cuyos síntomas externos - una paranoia agresiva, escoltada por un brote esquizoide asesino y ornado por un agudo rechazo repulsivo hacia la naturaleza común de todos los humanos, en este caso representada por las comunidades vecinas - ; el nacionalismo, en cuanto rechazo violento de su pertenencia a la comunidad universal, rechazo encarnado en el odio asesino contra sus vecinos, el nacionalismo es un enfermedad destructora y auto-destructiva. De manera que desde la Unidad Ontológica Viva que es el Género Humano podemos declarar sin miedo a equivocarnos que todo nacionalista es un protonazi que basa su ruptura con la humanidad en la superioridad de su raza y cultura. Lo cual, suene como suene, llana y simplemente se llama Demencia. El punto al que quería llegar, si se puede, parte de una base real, a saber, hay Ciencia del Bien y del Mal, pero no hay Ciencia de las Ideas. Y no habiendo Ciencia de las Ideas es imposible que pueda darse Ideología Científica fuera de ese submundo esquizoide que hemos llamado Demencia. Pero no precipitemos argumentos y recuperemos el hilo de la demencialidad de todo proceso natural no ideológico elevado a la categoría de lo ideológico. Y esto teniendo en cuenta que aún no hemos definido qué sea eso, lo ideológico. ¿Cuándo el cristianismo corrompe su sustancia y esencia y cae en un periodo de inversión histórica, tal que pasa de ser perseguido a ser perseguidor? ¿Bajo qué premisas circunstanciales la mente de una fe cristiana, edificada sobre presupuestos no ideológicos sino revelados, abandona la esfera de su calidad humana más divina para perderse en los pliegues nefastos de un comportamiento neto típico de un pueblo salvaje sin más fuerza moral que el brillo de su acero? Volvemos al tema del Bien y del Mal, del que sí hay Ciencia. E Historia. Y ampliamos el tema del nacionalismo ideológico, es decir, la sacralización de un comportamiento delictivo en el que la mente pensante arma el brazo que ha de apretar el gatillo, mediante esta sutileza limpiándose las manos en la sangre de las víctimas. Realidad universal frente a un múltiple espectro de visiones individualizadas negando el Hecho Existencial del Género Humano como un Todo Vivo cuya Historia es su Ontogenia. Experiencia desde la que podemos afirmar, entrando a matar ya, que el acto ideológico en cuanto razón política busca el Poder para desde el Poder destruir la Conciencia del Ser Humano mediante la alienación del Individuo respecto a la colectividad Universal en la que se integra el desarrollo de la Comunidad de las Naciones de la Tierra, entre cuyo tejido la Historia de una parte no puede ser disociada del Todo sn conducir a dicha parte al suicidio del que muere matando. Observemos cómo todos los regímenes totalitarios, desde la religión, desde la política o la ciencia, tienden invariablemente a alienar la Historia Nacional respecto a la Historia Universal, negando su existencia o supeditándola al contacto con la Historia Casera, como si el resto de la Humanidad no existiera más que para formar la conciencia de raza de tal colectividad hiperfascista. Y sin embargo este acto político es un acto ideológico. Con lo cual volvemos al principio, es decir, a confundir qué sea lo ideológico con el comportamiento destructivo de una Parte de la Humanidad respecto a ese Todo que es el Género Humano. III La Idea en cuanto Revolución Un conocido mío me presentó un día su idea sobre cómo acabar con el hambre. Según su idea la respuesta al hambre estaba en reducir el tamaño del hombre. De acuerdo a su idea si redujesemos la estatura del ser humano unas tres veces, la producción actual serviría para alimentar tres veces las bocas que actualmente alimenta. Y se acabó el problema del hambre en el mundo. Pongo este ejemplo como prototipo de lo que es una idea simpática. Ahora vayamos al extremo opuesto. El fin será el mismo, acabar con el hambre. Pero la originalidad de la idea que vamos a poner sobre la mesa pasa sencilla y llanamente por dejar que se mueran todos los que pasan hambre, y bueno, se acabó el problema. ¿El fin buscado no era acabar con el problema? Pues ya está. Esta segunda postura representa lo que sería un arquetipo de una idea antipática. ¿En qué se diferencia la idea simpática de la antipática mientras sólo se queden en ideas? ¿Y qué las diferenciaría de haber quienes se dispusiesen a ponerlas en práctica? Pero para poner en práctica una idea, que es de por sí la respuesta subjetiva a un cierto problema natural, tenemos que hablar de ideología. Es decir, una ideología es una Idea en Acción. Ahora bien, una idea en sí y de por sí no es absolutamente nada, de manera que su transformación en Revolución requiere por fuerza de una anulación de la definición del ser humano y su lógica evolutiva, por efecto de la cual el ser humano, fruto de la evolución del animal hacia la vida inteligente, da un paso atrás y se reconvierte en una bestia para desde el salvajismo revolucionario elevar la Idea, bajo pena de muerte del enemigo, a la condición de las leyes que rigen el universo. Otro asunto será que fuerzas mayores, asesinas, por llamarlas de una forma directa: záricas y mandarinescas, hayan obligados al hombre a desterrar de su conciencia la evolución histórica del espíritu para desde la desintegración de los valores universales de la inteligencia romper las cadenas de esas fuerzas mayores, asesinas, homicidas y criminales, ruptura que de otro modo sería imposible. Esta necesidad no crea ley sin embargo. Pues lo circunstancial no engendra razones operativas en el espacio y el tiempo, sino que dejan de tener valor moral contingente en cuanto los fines revolucionarios se alcanzan, y una vez alcanzados es la revolución misma la que debe desintegrarse para dejar que las fuerzas naturales de la evolución sigan su curso, ahora libres de las fuerzas mayores que obligaron a dar el paso revolucionario hacia el bestialismo. O sea, contra una bestia era necesaria una bestia más poderosa. El proceso revolucionario, en consecuencia, que hace posible una transformación circunstancial semejante, alcanza su valor perenne en el acto de entrega de su conquista a los pies de la Historia, a fin de dejar que ésta sea quien conduzca al Hombre al paraíso de su existencia en cuanto espíritu vivificante puro ajeno a las contorsiones suicido-esquizoides a que fuera arrastrado por causas circunstanciales remotas. Tenemos pues que una Idea en tanto que Idea no provoca ni beneficio ni perjuicio mientras su posición se mantenga dentro de las esfera de la discusión participativa, y que lo que diferencia a Ideas que tienden al mismo fin no es este fin sino el medio de alcanzarlas. Y finalmente, que una Idea no hace ideología, sino que la Ideología hace de la Idea un medio para conseguir otro fin distinto al que llevaba implícito en sí la Idea. Un ideológo, por tanto, es un manipulador. Marx y Engels usaron la Necesidad del proletariado para un fin distinto al que la Necesidad Proletaria requería respuesta. Marx manipulaba la Necesidad y la convertía en Medio para alcanzar un Fin propio, no otro que una Dictadura Mundial, respecto a cuyo fin el proletariado devenía en una simple palanca de apoyo. En el caso de Mao y aunque el medio era el mismo la Necesidad era tan fuerte que mantuvo como fin su criterio. La degeneración de la revolución china no se vio aquejada de la perversión del sistema ideológico comunista sino cuando el fin había sido netamente conseguido. Fue entonces que la perversión se apoderó del sistema y devino Idea para instaurar una dictadura, en este caso imposible que fuera mundial pero sí dentro de las fronteras del imperio contra cuya dictadura se alzara Mao. Así que una idea en tanto que Idea puede ser simpática o antipática dependiendo de su cáracter moral. En el caso de mi conocido, la moralidad excusa la intemperancia anacrónica de su respuesta al hambre. No hay en el mundo quien compre el fin del hambre a costa de que le corten los pies si se pasa de una estatura homologada; porque quién sabe si en vez de las patillas que arrastran suelo acabarán cortando las de las orejas que pisan cuello. Simpática pues, pero peligrosa. Su homóloga, dejar que se mueran de hambre es antipática y antimoral en la medida que la desesperación en la espera puede inducir a algunos a ayudarles a que se mueran. Reacciones a la Idea en tanto que respuestas que no anulan la naturaleza de la Idea en cuanto enfrentamiento con problemas reales. Pero si el fin es bueno, que siempre lo es, la Ciencia del Bien y del Mal nos ha aleccionado lo suficiente durante estos seis milenios pasados para urgirnos la necesidad y alzar un muro de protección entre la Idea y el Medio. En este orden aquel clásico “pienso luego existo” tuvo una contrapartida demente, esquizoide y peligrosamente destructora. Y es que los pensadores de la Edad Moderna cayeron en el abismo de la omnipotencia del pensamiento, elevando la Razón al altar al concluir, increíblemente, que una cosa por el mero hecho de ser pensada ya existe. Que el hecho de ser una cosa pensada implique su existencia, de otro modo no sería pensada - según se dijeron aquellos genios enloquecidos por sus razonamientos - es una aberración patológica del aparato intelectual. No podemos creer ni mucho menos que con su método Descartes pensara dogmatizar semejante aberración del Pensamiento, de la actividad del Pensador. Otras interpretaciones positivas seguramente vendrían más a cuento, pero el hecho es que esta contrapartida estaba en el seno de su Duda. La Duda en tanto que Método es una conciencia crítica, es el estallido de la consciencia intelectiva contra el complejo mundo de los rituales, tradiciones, sistemas heredados, comportamientos clásicos, nociones preestablecidas. La Duda es autocrítica. Nunca destrucción de todo lo existente con anterioridad para a partir de la Nada hacer lo que no hizo ni Dios, crear a partir de la Nada. Por esta aberración imitativa no buscada pero inconscientemente preconfigurada, la Razón acabó manipulando la Realidad para imponer la dictadura de su Infalibilidad contra y sobre la de la Iglesia. Es decir, y aunque no fuera consciente de este proceso, la Ciencia no buscó la destrucción de la Fe sino como medio para imponer su Omnisciencia. El Ateísmo fue, a todas luces, un credo: la Religión del Materialismo, que al forjarse contra la Iglesia buscaba la Supremacía Universal mediante el argumento inherente a la necesidad de copiar y hacer suyo el Modelo estructural por el que la Fe logró abrirse camino por los siglos. Vemos que el Soviet imitó la estructura zarista a fin de perpetuarse por el crimen en masa contra la propia dialéctica del materialismo histórico que le exigía la entrega del Poder al Pueblo una vez conquistado el Poder. En la Europa burguesa el Socialismo imitó la jerarquía eclesiástica católica como modelo de supervivencia y supremacía sobre las masas. Concluyendo, la Idea en tanto que Idea, es decir, respuesta a un problema, es buena en cuanto su fin es bueno, pero el ideólogo, -sea desde la política, desde la religión, desde el nacionalismo…- al usarla para su propio fin la pervierte y la transforma en un arma criminal. Tanto más peligroso el ideólogo cuanto logre articular un mayor número de ideas y sea capaz de ponerlas a bailar al son de un fin secreto, oculto.
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