Cuando empecé
a pensar en el Futuro del Hombre en cuanto Ser y Género en la Historia y la
Historia como espacio de desarrollo y crecimiento de la Plenitud de las
Naciones, casi puedo afirmar que lo tenía demasiado fácil. Sólo tenía que darle
cuerda a mis manos y poner en las de mis semejantes un tomo tan grande como
2.000 mil años de experiencia política bajo las ruedas de la Ciencia del bien y
del mal. Digo 2 y no 6 ó 7 Mil Años porque antes de Cristo, exceptuando el
breve ensayo de la Grecia Antigua, no se hacía Política; el Poder se limitaba a
imponer su ley a base de sangre y fuego. (Digamos aquí que Darwin se limitó a
constatar la Ley del Poder y se conjuró con su clase para ¡contra natura! darle
una Ley Natural al Poder. La ley de la selva en la que se cría y desarrolla el
hombre por selección natural es la ley del Poder que hemos experimentado en
nuestras carnes desde los días de aquella Babilonia y las Ciudades Perdidas.
Flaco favor le hizo a la lucha del Derecho contra la tiranía del Poder el
famoso genio, y una inmensa gracia fue la que la Ciencia le concedió al Poder
legitimando su naturaleza despótica de vocación imperial, fuerza antinatural
que sólo puede desarrollarse bajo las condiciones sociales de una Ley sometida
a los principios de las bestias. Pero si en una bestia cazar para comer no es
un crimen, en el mundo humano matar es un delito, y su justificación en la
Selección Natural fue la llave que le abrió a las fuerzas asesinas más salvajes
la puerta del Siglo XX. Evidentemente lo que Ayer fue dogma Mañana deviene
herejía; el problema no está por tanto en el principio y el fin sino en el
camino; pues unos porque ya están muertos y otros porque tienen que nacer, el
dilema reposa a los pies de los vivos. Sigamos, pues).
La Política
nació con el Cristianismo, y de aquí que el Cristianismo y la Ciencia Política
hayan evolucionado en paralelo desde el momento en que el Cristianismo comenzó
a mover el mundo en base a una Idea. El Cristianismo es, al término de todo el
Camino, eso y sólo eso: una Idea. Y la Idea es precisamente el núcleo del que
parte la actividad política. Pues, como todos sabemos, a diferencia de las
otras ciencias donde los problemas se resuelven con sus propios métodos, la
ciencia de la Política se resuelve con ideas. De aquí que Ideología y Política
sean las dos caras de la misma moneda, y el Cristianismo en cuanto Movimiento
sea Ideología Política.
No hay que ser
muy listo, solamente un mínimo honesto, como lo fueron consigo mismos los
grandes revolucionarios del XIX, para descubrir que la Izquierda revolucionaria
del XX no fue más que el intento de aplicar la Ideología del Cristianismo a la
Sociedad a raiz del fracaso del Cristianismo para hacerlo por sí mismo. Dado el
alejamiento cada vez mayor del Cristianismo respecto a la Necesidad que la
Civilización tenía de la aplicación de su propio Programa Político, pasando así
de la Palabra al Acto la Ideología Social legada por Cristo al Mundo,
alejamiento cada vez más vasto a medida que la sociedad occidental fue
derivando hacia la sustitución de la Ley de Cristo por la ley del Capital como
fundamento de su estructura internacional, y puesto que esta deriva se mostró
irreversible, la Necesidad Revolucionaria se hizo todopoderosa, y en cuanto tal
provocó el terremoto histórico que sacudió la conciencia cristiana y la
enfrentó a su propio Programa, del que se había alejado y al que tenía que
regresar.
Ciertamente
las causas de aquel distanciamiento podríamos radiografiarlas y a la vez
concentrarlas en la alianza Jerarquía eclesiástica-Aristocracia absolutista,
tan típica de los siglos anteriores a la Gran Revolución Francesa. Pero perder
el tiempo buscando excusas, justificaciones, pretextos y demás chucherías para
alegría de los amigos de los meas culpas sería hacer el ridículo. ¡Allá cada
cual con sus delitos!
Nuestro
problema es un mundo cabalgando bajo presiones irresistibles hacia el abismo,
cabalgata que viene ya de muy antiguo, y que como resultado de las revoluciones
sin control del siglo XX ha emprendido la cuesta abajo del Calentamiento
Global: sin freno, y a toda marcha. Como cuando bajo la lluvia del fin del mundo se
entregan los hombres y las mujeres al delirio del disfrute de los últimos
momentos, siguiendo esta razón sin horizonte de futuro las naciones han entrado
en este Nuevo Milenio sin visión de Siglo y convencidas de tener por única
razón de existencia el hecho de estar vivos.
Pero ¿por cuánto tiempo? es algo
que nadie se plantea y se deja para que el que venga que allá se las arregle con
sus problemas. Razonamiento legítimo que encubre un hecho básico de total
relevancia y mayor trascendencia: ésos que han de venir son nuestros hijos y
los hijos de sus hijos. Nuestro deber es para con ellos. Hacer con nuestros
hijos lo que nuestros padres hicieron con nosotros es un delito ante los ojos
de Dios en la medida que nuestros padres estuvieron sujetos a una ley
invencible, bajo cuyo peso no pudieron hacer sino lo que hicieron; pero
nosotros hemos sido liberados de esa Ley para, deviniendo una sola cosa con
nuestro Creador, superar esa Ley y sujetar el Futuro a la Ley de la Libertad de
los hijos de Dios.
¿Cuál es esa
Ley, sin embargo, bajo cuyo imperio nuestros padres vivieron esclavos de sus
circunstancias, imposibilitados del todo para pensar, obrar y hablar como
hombres creados a la Imagen y Semejanza de Dios?
Podríamos, de
nuevo, regresar a la aurora de los milenios y desde el oscuro origen de las
civilizaciones remontar toda la cuesta desde la Caída a la Resurrección, y
desde ahí a nuestros días. Pero nos ahorraremos todo el camino si,
sencillamente, ponemos esa Ley delante. No que yo me la invente. Lleva siglos
delante de los ojos de todo el mundo. Fue San Pablo quien la descubrió y como
se guarda en el fondo de un joyero una joya toda pequeñita esperando que
alguien la encuentre y la saque y la luzca, esta Ley ha estado de siempre ahí.
Y dice: "Tengo esta ley en mí, que queriendo el bien es el mal el que se
me apega".
Y bueno,
después de haber cerrado el Análisis de la Carta a los Romanos no voy a
importar aquí un libro leĆdo. Basta la simple mirada para
ver que San Pablo aplicaba la Ley a la que está sujeto el Mundo ("busco el Bien pero hago el Mal que no quiero") a fin de
guardarla para el futuro, que procedería a su entendimiento, sin por esto querer
significar que aquél hijo de Dios estuviese bajo el imperio de la Muerte. Nada
más lejos de aquel hijo de Dios que haber estado sujeto a la Ley del Infierno.
Pero habiéndolo estado, porque lo estuvo, y fue su esclavo, un criminal a los
ojos de la Ley de la Vida, mejor que él para ver cara a cara el imperio de la
Ley a la que nuestro Género fue arrojado a causa de la Caída, yo creo que
¡nadie!
Y sí, la
objeción podría parecer correcta, pero es una entelequia, de aquí que ni la
proponga ni le dé curso a la respuesta. Es suficiente leer a los ideólogos de
los dos grandes movimientos sociales del XX: el Liberalismo y el Comunismo,
para ver en su sincero espíritu benefactor de la sociedad y la civilización,
bondad que buscaron tan arduamente como para mover guerras mundiales, y
descubrir de los efectos que procedieron de sus actos, que esa Ley es la raiz
de todos los males del mundo.
Otra cosa será
que no se quiera creer en la sinceridad de las palabras de dichos ideólogos. Personalmente creo, sin mella en mis convicciones, tanto en la sinceridad de un
Bakunin como en la de un Adam Smith. Ambos movimientos, lo mismo el Comunismo
que el Liberalismo, buscaron el mismo fin, la felicidad del hombre. Y ambos
condujeron al hombre al mismo término, ser esclavo de sus condiciones de
existencia. La diferencia estriba, a la postre, en que en el mundo poscomunista
las cadenas del hombre son de hierro y las del hombre en el sistema liberal son
de un metal, dicen ellos, más noble. En mi opinión el esclavo es la negación del
Ser, y ya sean de oro o de diamante sus cadenas: la privación de la libertad
es el peor de los males bajo cuya presión puede existir el Ser. El liberalismo
conduce a la transformación de la libertad en una jaula de oro, y el comunismo
a su semejante pero de metal, lo llaman, más bruto. En un caso como en otro,
como se ve por los hechos, ni el Comunismo ni el Liberalismo han conducido a
las naciones al Bien que prometieron, sino que, siguiendo la Ley de la Ciencia
del Bien y del Mal, aun mejorando las condiciones de la esclavitud de la que
partieron y contra la que prometieron el oro de la felicidad, el hombre en
tanto que hombre sigue subsistiendo en condiciones de esclavitud, tanto más
dañina cuanto que el Poder ha aprendido la lección y ahora combate cualquier
movimiento de liberación con las armas de la revolución.
Esta Ley lleva
gobernando el futuro de la Civilización en la Tierra desde que un hombre y su
mundo decidieron acelerar el proceso de crecimiento de su sociedad mediante la
violencia. Dios, que es Eterno y tiene tiempo para cocerse las habas, quiso que
su Creación hiciera de su Inteligencia su caballo de victoria y a sus lomos se
paseara la Civilización alegremente por el valle de los siglos, sin más
preocupación que seguir andando porque andando se llega a todas partes, y no por
correr más: las distancias se van a acortar. Mas al Hombre la Ley de la
Eternidad le pareció una limitación de su pasión, y rompiendo la Ley de la Paz
Universal hizo de la Guerra su Ley, imponiéndole su ritmo al resto
del mundo por la fuerza de las armas. Dios, cuando vio aquello entró en cólera
y puesto que Guerra queríamos, Guerra tendríamos. Y Guerra tenemos.
Nosotros,
hijos de una Guerra Civil Mundial que lleva ya para seis-siete milenios, desde
la cima de la experiencia contemplamos el futuro de este Nuevo Milenio con el
Conocimiento de la respuesta al por qué Dios aborrece con una fuerza tan
todopoderosa la Ley de la Ciencia del bien y del mal, ley de Muerte y
Destrucción; y no podemos más que sumarnos a su aborrecimiento y aplaudir su
Juicio contra Aquel que despreciando la ley de la Vida hizo de la ley de la
Muerte su norma y su caballo de guerra hacia el Imperio mediante la conquista
del universo.
Desde aquel
entonces la Tierra ha hecho un largo camino, como se ve en su piel, seca por
los ardores de la ley de las infinitas guerras que sus hijos se han hecho en
estos milenios pasados. En realidad su cuerpo entero ha sido tocado y herido.
El Calentamiento Global es su manifestación exterior más visible.
Que hay
futuro, por supuesto. Dios no ha terminado su Obra. Que los efectos deben
sucederse a sus causas, ninguna duda, ya los estamos viviendo. Que el fin de
estos efectos sea la destrucción del Género Humano, nuestra respuesta es:
"No. ¡Nunca! El Hombre sobrevivirá al Siglo XXI".
El Futuro es,
por tanto, nuestro campo de trabajo. Labramos en el Presente para que nuestros
hijos cosechen en el Futuro y a la vez ellos labren su Presente para que los
suyos vivan del fruto de su trabajo, y así hasta que Dios lo quiera. Pues si el
Futuro es nuestro, el Mañana es de Dios.